Las tensiones en torno al Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz recuerdan hasta qué punto la estabilidad económica global sigue dependiendo de corredores estratégicos extremadamente sensibles. En ese contexto, el conflicto adquiere un significado que trasciende la disputa entre actores regionales. El control —o la amenaza sobre el control— de esas rutas marítimas impacta directamente sobre el precio de la energía, el comercio internacional y, en última instancia, sobre la estabilidad económica de Europa, Asia y América.