20 Abr 2026
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Nueve de Julio

El Editorial del Lobo / El último límite al Poder

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Hay relatos oficialistas que, bajo una apariencia de equilibrio institucional, deslizan una idea peligrosa: que el conflicto democrático es un problema. Y no lo es. El conflicto, el disenso y la tensión política son parte del sistema republicano. Lo preocupante no es la confrontación, sino su ausencia. Cuando se habla de “no obstruir”, muchas veces se sugiere que el control molesta, y eso invierte el sentido del Concejo Deliberante.
En la Provincia de Buenos Aires, el Concejo no está para acompañar automáticamente, sino para examinar, exigir y, si corresponde, frenar. Si un acto de gobierno es irregular, opaco o perjudicial, no avanzar no es obstruir, es cumplir con su función.
La idea de que todo debe resolverse sin fricciones es, en el mejor de los casos, ingenua. En el peor, funcional al poder. También se idealiza el trabajo en comisiones como un ámbito técnico donde se perfeccionan las políticas públicas. La práctica muestra otra cosa ya que  muchas veces se dilatan temas sensibles, se posterga la decisión y se evita el debate real. No toda demora es obstrucción, pero tampoco es virtud. Cuando no hay dictamen ni posición, lo que hay es falta de decisión política.
Algo similar ocurre con los pedidos de informes. Lejos de ser un recurso excepcional, son una herramienta central. En contextos donde falta información o sobran dudas, no solo son legítimos sino que son necesarios. Preguntar y exigir respuestas es ejercer control. Cuando la información no aparece, insistir deja de ser una opción.
En ese marco, lo que ocurre en el Concejo Deliberante de 9 de Julio no es una anomalía, sino la expresión concreta de esas tensiones. Expedientes que no avanzan al ritmo esperado, debates que se estiran y pedidos de informes que incomodan, no hablan de un sistema roto, sino de un Concejo en funcionamiento. Pretender lo contrario —rapidez sin conflicto— es desconocer su naturaleza.
El verdadero riesgo no es un exceso de oposición, sino un Concejo que evita incomodar. Cuando el debate se vuelve formalidad y el control se diluye, el cuerpo deja de representar a la comunidad para convertirse en una extensión del Ejecutivo. Ahí sí aparece un problema serio que es un poder sin límites.
En una ciudad como 9 de Julio, donde los problemas se acumulan y las respuestas no siempre llegan con claridad, hablar de “no obstruir” suena fuera de lugar. Cuando hay dudas, se controla, cuando hay opacidad, se exige, y cuando no hay respuestas, se insiste.
Deliberar no es evitar el conflicto sino ejercerlo. Porque cuando el control incomoda, no falla la democracia. Lo que empieza a sobrar es el límite al poder.

EL LOBO

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