El poder económico en Argentina atraviesa una fase de reconfiguración marcada por una mezcla de pragmatismo y tensión institucional. Tras meses de fricciones públicas, el denominado «círculo rojo» —el selecto grupo de los empresarios más influyentes del país— ha decidido cerrar filas en torno al programa macroeconómico del presidente Javier Milei, a pesar de las recientes críticas cruzadas.
Este giro hacia el alineamiento estratégico se produce tras un periodo de «chispazos» especialmente intensos con dos de las entidades patronales más poderosas: la Unión Industrial Argentina (UIA) y la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Ambas organizaciones habían expresado recientemente su malestar por el tono de las descalificaciones presidenciales hacia el sector privado y por la profunda caída de la actividad industrial, que registra cifras de retroceso histórico.
Sin embargo, el establishment corporativo parece haber optado por priorizar el rumbo general de las reformas sobre los roces diplomáticos. El respaldo se centra fundamentalmente en el blindaje del superávit fiscal, la desregulación económica y el control de la inflación, pilares que los empresarios consideran esenciales para una estabilidad a largo plazo, incluso a costa del sacrificio de la rentabilidad inmediata en sectores como la manufactura y el consumo masivo.

La respuesta de la UIA, aunque firme en su defensa de la producción nacional bajo el lema «Sin industria no hay Nación», ha mantenido una línea de apoyo a las reformas estructurales del Gobierno. El titular de la entidad, Martín Rappallini, ha moderado el tono tras los enfrentamientos iniciales, subrayando que, si bien existen sectores en una situación crítica, la institución «celebra» el ordenamiento macroeconómico impulsado desde la Casa Rosada.
Por su parte, la AEA, que agrupa a los dueños de las principales compañías del país, ha reiterado la necesidad de consolidar la estabilidad económica y profundizar la baja de impuestos. Aunque ha solicitado formalmente un diálogo «respetuoso» para remover obstáculos a la inversión, su posicionamiento deja claro que el empresariado prefiere el horizonte que propone Milei frente a las alternativas del pasado.
Este cierre de filas no está exento de matices geográficos y sectoriales. Mientras que sectores vinculados a la energía, la minería y el agro muestran un entusiasmo más explícito, el sector industrial en provincias del interior advierte sobre una erosión peligrosa del tejido productivo. No obstante, la narrativa predominante en el poder económico es hoy la de la paciencia estratégica, confiando en que el «reset» de la economía argentina termine por generar las condiciones de competitividad que el sector privado ha reclamado durante décadas.





