Los árboles no mueren de pie

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Los árboles no mueren de pie

La semana pasada una gran parte de los ciudadanos asistió a la inauguración del Vía Crucis “Papa Francisco” que más allá de su significación religiosa constituye la excelente noticia de incorporar 30.000 metros cuadrados de espacio verde a la ciudad. Es sabido que su tradicional pulmón verde (el parque San Martín) ya había quedado exiguo para Nueve de Julio, cuyo avance en materia asfáltica e inmobiliaria,  durante estos últimos años, es por demás notorio.

Este esfuerzo lo celebra la mayoría de la población desde antes de su acto inaugural. Todos los fines de semana puede constatarse la concurrencia masiva de jóvenes, niños y familias al nuevo espacio recreativo. La mayor parte de la población así lo manifiesta en cuanta oportunidad surge. A apenas unos días de inaugurado, numerosos vecinos de la zona ya manifiestan su ansiedad para que se finalice el  tramo restante (hasta la avenida Urquiza).

Sin embargo, estos 30.000 metros cuadrados de espacio verde se incorporaron al ejido urbano en una época en que la ciudad parece ir perdiendo paulatinamente su tradicional fisonomía de ciudad verde. Un fenómeno que sucede al igual que el resto de las urbes argentinas: hasta hace unas décadas sus  calles y avenidas arboladas eran una característica propia de nuestro país y distintiva respecto a la mayoría de las ciudades europeas. Los recuerdos de la infancia, remitían a los juegos en las veredas donde eran aliados indispensables los árboles y también en los enormes patios, entre frutales, ceibos e higueras. Pero hoy muchos de ellos ya no están…

En nuestra ciudad la urbanización permanente, la pseudo modernización con la explosión inmobiliaria y la obligada exposición de los comercios así como también la falta de comprensión sobre la coexistencia pacífica entre hombre y naturaleza han hecho que los árboles de grandes copas vayan desapareciendo de los frentes. Y basta con comprobarlo en algunas cuadras céntricas en donde los nuevos edificios inmobiliarios y comercios han primado su estética y su exhibición por sobre la naturaleza. También en muchos domicilios (frentes y patios) donde los nuevos parámetros de la parquización han reemplazado radicalmente a estos árboles por plantas arbustivas de mucho menor porte y también de menor mantenimiento.

Seguramente muchos pensarán que existen otros grandes problemas en la ciudad como para dedicar un editorial a la, en apariencia trivial,  silvicultura urbana. Sin embargo, muchos otros nuevejulienses, miran con alerta este fenómeno que también ha sido denunciado a nivel mundial por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación. Sin ir más lejos, el diario Clarín  el 12 de  febrero pasado, denunciaba las intensiones del macrismo de transformar en obras de arte los ejemplares viejos en  Capital Federal en vez de reemplazarlos por otros nuevos, tal como designa la legislación vigente.

Es sobresabido las propiedades visuales y del embellecimiento paisajístico que ofrecen a una ciudad. Nueve de Julio tiene numerosos ejemplos como los azulinos Jacarandaes de algunas avenidas como la Río Paraná. O el túnel abovedado de los gigantes árboles sobre la avenida Uruguay a la altura del parque.

Más allá de la estética a nadie escapa los beneficios que tiene la vegetación para la calidad de vida de las poblaciones: mejoran el estado de ánimo de las personas,  purifican el aire cada vez más envevenado por elementos combustibles y moderan el clima. Algunos especialistas aseguran que “un buen arbolado reduce entre 5 y 10 grados la temperatura”, en un mundo donde el recalentamiento global vaticina que dentro de 20 o 30 años el sol será cada vez más insoportable debido al cambio climático .  Otros entendidos garantizan que un solo árbol joven y saludable es equivalente a diez aires acondicionados lo que redundaría en el beneficio también del ahorro de energía.

Todos sabemos que nuestro planeta está en colapso ecológico. También sabemos que desde un pequeño lugar como Nueve de Julio no podemos cambiar el mundo. Pero sí podrían establecerse políticas ambientales para evitar la erradicación u obligar al re transplante de los árboles que cada ciudadano por ignorancia o por desidia lo condena a no morir de pie, como es su destino natural.  Es necesario que todos comprendamos que debemos aprender a convivir hombre y naturaleza y que el uno no puede prescindir del otro. Sí, es cierto: no podemos cambiar el mundo, pero sí podemos contribuir con nuestra parte. Esperamos que así sea.