Guillermo Blanco: charla con un apasionado

Por Carlos Graziolo

Días atrás, en «Ficha Técnica» (Supernova 97.9), estuvo como invitado Guillermo Blanco. Entre anécdotas de pueblo y nostalgia deportiva, la entrevista fluyó con la naturalidad de dos vecinos que comparten un café. El amigo de Maradona rechaza con humildad los títulos pomposos: «¿Ciudadano ilustre de 9 de Julio? No, con ser considerado un buen vecino me basta», afirma entre risas. La conversación surgió tras una reciente visita de Fernando Signorini para dar una charla en el Club Atlético, un viaje que sirvió también para reencontrarse con su amigo de la infancia, el «Negro» Pirez, y compartir un asado sorpresa en Quiroga.
La charla actual rompe un largo silencio mediático que arrastraba desde diciembre de 2012. En la mesa descansa el libro «Deporte Nacional, dos siglos de historia», una obra realizada junto a Ariel Scher y Jorge Búsico disponible en la biblioteca José Ingenieros, que amenaza con dejar la hora de entrevista demasiado corta ante tanta historia por recorrer.

Los primeros pasos en las letras y la cancha

El viaje  de Guillermo Blanco hacia el periodismo comenzó mucho antes de su traslado a Buenos Aires. Sus primeras armas las hizo en el Colegio Nacional local, participando en la revista estudiantil La vaca Apolo. «Eran épocas donde varias publicaciones escolares llevaban nombres de vacas, no sé bien por qué», recuerda el protagonista, quien hoy promedia los 70 años. Sin embargo, en aquellos años de la década del 60, su verdadera obsesión se dividía entre la música y el Club San Martín. Su fanatismo era tal que dormía con la camiseta del club debajo de la almohada.

Un debut precoz y la radio en la plaza

El destino le otorgó un hito difícil de igualar: debutar en la primera división local en 1968, con apenas 15 años de edad, bajo la dirección técnica de Rodolfo ‘Fito’ Micheli. A pesar de su timidez para hablar de sí mismo, los recuerdos de sus días como goleador de la quinta división de San Martín afloran con nitidez. Revive con gracia la sana competencia que mantenía con uno de los mellizos Melian, jugador de San Agustín, por ver quién anotaba más goles cada fin de semana. Eran tiempos sin radio, sin transmisiones instantáneas, donde los sábados por la tarde la cita obligada era en la publicidad ‘El Imparcial’, frente a la plaza principal, el único rincón del pueblo donde se devoraban las noticias de las otras canchas. Blanco recuerda: “Llegué a debutar en primera contra Atlético. Fue un partido oficial en el que toqué el cielo con las manos: atajé y, además, hice goles en otros partidos”. Pero su destino no estaba en la cancha, sino en las palabras.

A los 17 años, con la inocencia típica del chico de campo, dejó su ciudad y aterrizó en el cemento de Buenos Aires. El impacto fue tremendo; la cantidad de gente lo abrumaba. Atraído por la creatividad, la publicidad y el periodismo, intentó ingresar a la Universidad del Salvador para estudiar Artes y Ciencias Publicitarias. Reprobó el examen de ingreso. “Era, como suelo decir, un provinciano «muy blandito» para las exigencias de la gran ciudad. Para no perder el tiempo, me anoté en una escuela de periodismo”. Ese error de cálculo inicial disparó una carrera que despegó a una velocidad increíble. Para 1970 apenas pisaba las aulas. En 1976, ya lo llamaban para trabajar en El Gráfico. En el periodismo deportivo de la época, estar en ‘El Gráfico’ era tocar el cielo con las manos.

El inicio en paralelo con un mito

Guillermo Blanco recuerda que “curiosamente, mi camino arrancó junto al de Diego Armando Maradona. Nos cruzamos por primera vez cuando él tenía solo 12 años. Más tarde, la profesión nos unió en una trayectoria inmensa: compartimos momentos en Barcelona, en Nápoles y hasta tuve el privilegio de llevarlo a conocer a Pelé. Diego llegó a la cumbre del fútbol a fines de 1976. Yo, tras foguearme en Crónica, Goles y varios diarios, entré a El Gráfico en esa misma fecha. Solíamos decir, entre risas, que habíamos empezado juntos. Cada uno en lo suyo, claro”.
En aquellos años, la mística de los medios impresos era total. El deporte se leía con devoción. Formar parte de esa revista te otorgaba un pasaporte al respeto internacional: “Viajabas a Yugoslavia y la gente conocía la marca. En todo el mundo de habla hispana, El Gráfico era la biblia del deporte. Mi debut en la revista ocurrió de una manera muy particular. Entré al edificio y, esa misma semana, mi nombre ya figuraba impreso. Coincidió con el número de la histórica tapa de Yazalde con la camiseta de Independiente y la inauguración del autódromo de 9 de Julio”.
Los editores buscaban estudiantes de periodismo para una sección interactiva llamada «La hinchada pregunta, Silvero responde», donde el director técnico de Boca contestaba las dudas de la gente. Como recién llegaba de mis pagos, mi cabeza todavía estaba en mi tierra natal. Mientras todos le preguntaban al DT por figuras consagradas como Antonio Rattín, yo levanté la mano y le consulté cuándo iba a debutar José Luis Zavala, un pibe desconocido de mi pueblo, 9 de Julio. La pregunta rompió el molde y, poco tiempo después, José Luis terminó debutando en primera”.

El salto a la gestión de medios

La gráfica argentina le dio una escuela todoterreno que le abrió las puertas de Europa y de la gestión pública. Blanco pasó por la redacción de la revista Don Balón en España y dirigió publicaciones como Auto 2000. Sin embargo, uno de sus mayores desafíos profesionales fue ponerse el traje de director en la agencia estatal Télam, donde se desempeñó como jefe de Deportes durante dos años. Sobre esto, el periodista recuerda que “gestionar la información deportiva de todo un país, coordinando corresponsales en cada provincia a los que muchas veces ni siquiera les conocía la cara, fue un ejercicio de atención y rigurosidad extrema”. Una experiencia totalmente distinta que terminó de moldear una carrera que empezó con 40 goles en divisiones inferiores de San Martín y se convirtió en una vida entera dedicada a contar historias.

La escuela de la calle: por qué el «periodista deportivo» no existe

A lo largo de los años tuvo experiencias periodísticas inmensas, pero su paso por el diario Crónica fue, segun declara, un ejercicio profesional maravilloso y único. Hoy en día se suele encasillar muy rápido a la gente con la etiqueta de «periodista deportivo», como si fuera una categoría menor. Sobre esto guardo una enseñanza imborrable de Carlos «El Negro» Juvenal, un enorme profesional y gran amigo que ya no está. Él se plantaba con firmeza frente a ese prejuicio: «A mí me da por las bolas que me digan periodista deportivo. Me hacen sentir un tipo con un jogging puesto que sale a correr. Yo soy periodista, a secas», me decía. “Tenía toda la razón del mundo. En la redacción de Crónica nos bajaban el precio o nos confundían con otra cosa, pero la realidad de la calle nos obligaba a ser todoterreno. Cubrir un partido de fútbol era apenas una fracción de nuestra jornada laboral. Si a la salida de la cancha se armaba un disturbio o un escándalo judicial, terminábamos la noche metidos en una comisaría. Para moverte en ese barro tenías que saber de leyes, conocer los rangos de la policía y descubrir quiénes eran los verdaderos hilos conductores del conflicto. Esa versatilidad obligatoria nos demostró que el rigor es uno solo: antes de la especialidad, está el oficio”.

El éxodo a España tras el Mundial 82 y los secretos de un Diego que los medios no vieron

La debacle de la Selección Argentina en el Mundial de España 1982 no solo marcó el fin de una era deportiva, también detonó una fractura ideológica en los medios. Tras la derrota, la revista El Gráfico soltó la mano de un proceso periodístico y futbolístico que antes defendía por convicción. «Mataron a todos. Cayó Menotti, cayó la selección, cayó Maradona«, evoca Guillermo Blanco, quien decidió emigrar a Europa disgustado por ese giro camaleónico.
Instalado en el viejo continente, se convirtió en el jefe de prensa de Diego Armando Maradona en una etapa de máxima tensión. Había fichado para el club catalán, poco antes de disputar el Mundial de España. Tras la Copa del Mundo, se incorporó definitivamente al mismo y su debut oficial con la camiseta azulgrana se produjo el 5 de septiembre de 1982 en un partido de liga frente al Valencia. Su rol fue clave para la diplomacia del fútbol: tras tres años de absoluto divorcio entre el astro y El Gráfico, logró reconciliar las partes a mediados de 1985. La revista no podía darse el lujo de llegar a México 86 sin el mejor del mundo en sus páginas. Sin embargo, tras cerrar esa grieta y publicar el primer gran libro sobre el «Diez», el periodista emprendió el regreso a Argentina, quedando fuera de la cobertura del mundial.

El contraste de Nápoles: gloria pública y calvario privado

Marzo de 1986. El Castel dell’Ovo, un imponente castillo flotando en el mar Tirreno, fue el escenario para la presentación mundial del libro de Diego: ‘l’uomo, il mito, il campione’ (El hombre, el mito, el campeón). El evento desbordaba celebridades y futbolistas, aprovechando que la Selección Argentina se encontraba en Nápoles para disputar un amistoso contra el club italiano. Pero detrás del brillo de los flashes se escondía un hombre quebrado. «Diego estaba taciturno, con barba, los ojos saltones y llorosos; estaba destruido«, relata Guillermo. Mientras el público solo esperaba ver los goles en la cancha, el entorno íntimo de Maradona asimilaba el impacto de una noticia que sacudiría su vida para siempre: el embarazo de Cristiana Sinagra.
Aquella atmósfera de Nápoles también albergó ilusiones que terminarían en el olvido. Figuras como Ramón «El Pelado» Díaz asistieron al evento con la firme —y luego frustrada— esperanza de ser convocados por Carlos Bilardo para la cita en México. Detalles invisibles de un fútbol de élite donde, muchas veces, lo que se cuenta en los medios apenas roza la superficie de la realidad.

El hombre que guardaba los secretos del Diego: de las Malvinas a la arena con Pelé

El éxito editorial a veces depende de un guiño del destino. El libro de Guillermo tuvo dos ediciones bien marcadas: la primera nació antes de México 86; la segunda, tras la consagración. Con el sello de «campeón del mundo» en la portada, las ventas se dispararon hasta rozar los 100.000 ejemplares. Una auténtica locura impulsada por la efervescencia mundialista.
Habiendo sido testigo directo de ocho Copas del Mundo —aunque su propio libro mencione siete por dejar fuera su última cobertura en Rusia—, el veterano periodista tiene autoridad de sobra para ponderar el peso de la historia frente a la lírica del juego. Al ser consultado por el mejor equipo que vio en su vida, no duda: el Brasil de 1982. «Cuando se habla de merecimiento, me parece que Brasil era mucho más que Italia», afirma, emparentando a aquel ‘Scratch’ con la Holanda del 74. Para él, “el fútbol se define a veces por centímetros, por una pelota que entra o sale, pero el juego de aquel equipo quedó grabado en las retinas del mundo”.

En la vereda opuesta, analiza con indulgencia la suerte de la Selección Argentina en España 82. «No creo que haya sido un fracaso, porque el equipo murió con su estilo», sostiene. El plantel arrastraba el desgaste de una exigente preparación física comandada por el profesor Pizzarotti, un factor que el propio Diego Maradona le confesaría años después. A esto se sumó la violencia tolerada en la cancha, como la célebre y asfixiante marca personal de Claudio Gentile o las patadas sufridas ante El Salvador, que obligaron a la FIFA a cambiar los reglamentos para proteger a los habilidosos.
Sin embargo, el contexto más difícil se jugaba fuera de los estadios: la Guerra de Malvinas. El viaje a Alicante se inició en un clima de irrealidad, contagiado por el falso jolgorio de los comunicados oficiales que aseguraban que Argentina estaba ganando el conflicto. En pleno vuelo, el periodista le entregó a Maradona una carta enviada por un joven soldado a la redacción de El Gráfico. Diego la guardó con respeto. Aquel episodio dejó una de las mayores lecciones de su carrera periodística. Dos décadas después, movido por el afán de saber si ese soldado había sobrevivido, Blanco rastreó pacientemente el apellido del remitente. Tras llamar a más de veinte personas en todo el país, localizó al autor de la carta en Mar del Plata, trabajando como filetero en el puerto. Desde entonces, mantienen una amistad telefónica inquebrantable. «En tiempos de streamers y redes sociales, hacer ese periodismo de búsqueda era dificilísimo. Es una enseñanza para las nuevas generaciones«, reflexiona.
Su cercanía con el astro no era casualidad. Se remonta a los inicios de la leyenda, en pleno Sudamericano Juvenil. Aprovechando el día libre otorgado por César Luis Menotti, se sumó al grupo junto al futbolista tucumano Mesa. Fue allí, compartiendo la arena en las primeras vacaciones familiares de los Maradona, donde se terminó de forjar un vínculo de confianza que le permitiría, años más tarde, traer a 9 de Julio país al mismísimo «Don Diego» y a los hermanos del diez. Historias de un fútbol que ya no existe.

El día que Dios conoció al Rey: la verdadera historia del encuentro entre Maradona y Pelé

A más de cuatro décadas de la mítica portada de El Gráfico, Guillermo Blanco reconstruye los secretos de un viaje relámpago, la intimidad de los Maradona y el desmontaje de un mito televisivo, en un testimonio periodístico de un valor histórico extraordinario cuando organizó el mítico primer encuentro entre Diego Maradona y Pelé en Río de Janeiro en 1979.
“Parecía una milanesa el viejo, se revolcaba en la arena feliz”. Así recuerda Guillermo Blanco a Don Diego Maradona en enero de 1979. Era un hombre grande, pero aquella era la primera vez en su vida que disfrutaba de unas vacaciones. A su lado estaba Doña Tota, vestida con un camisón playero que al periodista le recordaba a su propia abuela. “Esos eran los Maradona que yo conocí”, evoca con nostalgia. En medio de la tranquilidad de la playa, surgió una de esas preguntas ingenuas que se disparan sin pensar:

—Diego, ¿cuál es tu sueño?
Y, la verdad… conocer a Pelé —confesó el joven de Fiorito—. Aunque a mí me gusta mucho Rivelino, Pelé es Dios.

Aquella respuesta quedó flotando en el aire. De regreso en Buenos Aires, durante la habitual reunión de redacción de los martes en la revista El Gráfico, Blanco soltó la idea sobre la mesa. Corría febrero de 1979. Apenas dos meses después, el lunes 9 de abril, el sueño se volvía de carne y hueso.

El fotógrafo legendario y un viaje en solitario

Estábamos adelante de Pelé y yo no lo podía creer. No quería ni que me vieran”, relata Blanco. En la escena, Pelé sostenía una guitarra; a su lado se ubicaban Diego, Don Diego y Jorge Cyterszpiler, el primer representante del Diez. Del otro lado de la lente, a unos cinco metros, se movía Don Ricardo Alfieri, el legendario fotógrafo de la revista. Alfieri era una pieza clave. Pelé le tenía un respeto profesional enorme. Para amenizar la hora que tenían pautada con el astro brasileño, el fotógrafo comenzó a desplegar un arsenal de anécdotas maravillosas que rompieron el hielo de inmediato. Hoy, Blanco mira hacia atrás y reflexiona sobre la magnitud del evento: “Si esa nota se tuviera que hacer hoy para un canal de televisión, necesitarías cincuenta tipos entre camarógrafos, iluminación y producción. En ese momento, fui yo solito”. El viaje se financió con la mística de la época de oro del periodismo gráfico. El Gráfico pagó todo. Volaron en primera clase por British Caledonian, una aerolínea que el tiempo ya borró del mapa.

Un escape secreto y la mentira de las series

La logística del viaje rozó el espionaje futbolístico. El domingo por la noche, tras un partido entre Huracán y Argentinos Juniors, nadie en el ambiente sabía que la joven promesa del fútbol mundial partiría hacia Brasil. Cyterszpiler y Don Diego se adelantaron al aeropuerto de Ezeiza para hacer el check-in temprano. Blanco esperó a que terminara la conferencia de prensa postpartido y se llevó a Maradona en absoluto secreto. El propio presidente de Argentinos Juniors se enteró en los vestuarios:
Pero ¿cómo te vas a ir? —le reclamó sorprendido.
Por favor —le contestó el jugador—. Si mañana tengo el día libre, puedo hacer lo que quiera.

Llegaron a Río de Janeiro, cenaron cerca de Copacabana y descansaron. Al día siguiente, a las doce de la mañana, Pelé los recibió en su living. Blanco aprovecha el recuerdo para desmentir de forma categórica las versiones ficcionalizadas de la televisión: “En una serie muy conocida de Amazon dicen que llegamos y que Pelé nos recibió con tres o cuatro vedettes casi desnudas y champán. Eso es mentira. Estuvimos ahí una hora felices. Fue lo más sano del mundo y una de las cosas más lindas que vivió Diego en su vida”.

El «otro yo» de Diego

La relación entre Blanco, Cyterszpiler y Maradona nació mucho antes de la fama, en los Torneos Evita de 1973. Se afianzó cuando Diego debutó en Primera División y Blanco ingresó a la redacción de El Gráfico. “Jorge Cyterszpiler era el otro yo de Diego”, define el periodista. “Jorge hacía afuera de la cancha lo que Diego no podía hacer adentro, y al revés: uno era un paralítico para el fútbol y el otro era un paralítico para la economía”. Esa simbiosis perfecta marcó los años más puros del astro. Una pureza que, según Blanco, se terminó desvaneciendo con los años: “Después, la historia de Diego ya fue un caos total que todavía no terminó. Cada vez es más un reality show”.

La pasión por los fierros

CG – ¿De dónde nace esa vinculación tan fuerte con el automovilismo? ¿Cómo llegaste a ese mundo?

GB- El automovilismo, visto desde su arraigo popular y no desde el negocio —que es una locura comercial para los que están metidos ahí—, tiene mucho en común con el fútbol. Ambos conectan de la misma manera con la sensibilidad del público. Es un sentimiento puramente popular. Recuerdo que desde muy chico me marcó una fecha exacta. No me acuerdo de muchas cosas, pero esa no la olvido: el 3 de marzo de 1963. Un día muy triste (NdA: eesa fecha falleció el multicampeón Juan Gálvez en la «Vuelta de Olavarría»)

Siempre con alguna anécdota más en su palmarés, Blanco recuerdo a Julio Guerrieri «un periodista excepcional de 9 de Julio, apasionado y talentoso, que además era poeta. Me identifico con su vena folclórica y musical, algo que también cultivo, especialmente ahora que me alejo un poco del fútbol. Hablando de mi experiencia con Diego en Nápoles, fui pionero en manejar su comunicación y prensa, adelantándome a lo que hoy es común en el fútbol. Logré aportarle tranquilidad en medio del caos mediático y gestioné situaciones importantes, como la foto con Felipe González (ex presidente del gobierno español) y el acercamiento con Isabel Pantoja, siempre priorizando lo humano y sentimental en mi trabajo”.

Guillermo Blanco fue fundador y director de Deportea -Escuela de periodismo deportivo- durante 20 años, la que fundó junto a Jorge Búsico y Juan José Panno “eligiendo siempre a los mejores profesores, lo que fue clave para el éxito de la escuela. Ahora organizo una feria de literatura deportiva instituida anualmente por el Círculo de Periodistas Deportivos (CPD) en su sede de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con invitados destacados y actividades virtuales. Me enorgullece ver egresados de Deportea en cada lugar del país adonde voy”.

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