Por Javier J. Pappalardo
Europa no cayó por una guerra. Cayó por una decisión. Durante décadas, el continente construyó su competitividad sobre una base simple: energía abundante y barata, canalizada por gasoductos desde Rusia. No era ideología. Era pragmatismo. Era industria funcionando. Hasta que decidió romper ese equilibrio.
En nombre de valores, alineamientos geopolíticos y una supuesta autonomía estratégica, Europa renunció al gas barato por tubería para lanzarse a los brazos del gas natural licuado. El reemplazo prometido tenía nombre y apellido: Estados Unidos y Qatar. Pero la promesa duró lo que duran las ilusiones cuando chocan con la realidad.
Qatar ya avisó que su capacidad exportadora está comprometida a largo plazo. No hay margen. No hay flexibilidad. No hay salvación. Y Estados Unidos —el supuesto rescatista— no vino a salvar a nadie: vino a hacer negocios. Y los está haciendo. Europa no cambió de proveedor. Cambió de lógica: pasó de la interdependencia a la subordinación. El resultado es brutal. Energía más cara. Industria perdiendo competitividad.
Empresas que empiezan a mirar otros destinos. Y, en el símbolo más crudo de esta decadencia, la gran locomotora europea —Alemania— vuelve a quemar carbón. Sí, carbón. Después de años de discursos climáticos, la potencia que marcaba el rumbo retrocede al combustible del siglo XIX para sostener lo que aún no colapsó. No es una contradicción. Es la confesión de un fracaso.
Europa no solo perdió el gas. Perdió el control. Se vendió soberanía energética y se compró dependencia. Se habló de autonomía y se terminó firmando ataduras. Se prometió futuro y se volvió al pasado.
Cuando la energía deja de ser una ventaja, todo lo demás empieza a caer. La industria se debilita. El crecimiento se enfría. Y el poder político queda condicionado por decisiones que ya no se toman en casa. Europa no fue derrotada. Se entregó.





