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El Editorial del Lobo

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La política de las chancletas

Con un caudal reducido de respaldo electoral propio y apoyos construidos a partir de acuerdos políticos coyunturales, la presidencia del Concejo Deliberante volvió a exhibir una lógica de poder que no es nueva en la política local, pero que reaparece con distintos protagonistas. Promesas que no se sostuvieron en el tiempo, entendimientos sellados fuera del ámbito formal del recinto y una interna que se profundizó en pocos días dejaron al descubierto una dinámica política en la que los equilibrios de poder parecen primar por sobre la representación institucional. En ese proceso, el Concejo Deliberante quedó expuesto a una nueva etapa de fragilidad interna, mientras la agenda de los vecinos volvió a quedar en un segundo plano.

En política, las alianzas suelen ser tan firmes como las condiciones que las sostienen. La reciente elección de Esteban Naudin como presidente del Concejo Deliberante refleja cómo los acuerdos circunstanciales, cuando se apoyan más en conveniencias momentáneas que en consensos duraderos, tienden a mostrar rápidamente sus límites. Su llegada a la presidencia del cuerpo se produjo a partir de un entramado de apoyos diversos que, con el correr de los días, evidenciaron tensiones internas difíciles de disimular.

Lo que inicialmente fue presentado como una fórmula orientada a fortalecer un Concejo que “controle y represente” a los vecinos derivó, en los hechos, en una reconfiguración acelerada de alianzas. Dirigentes provenientes del Frente Renovador, como Naudin y Héctor Bianchi, identificados públicamente con la idea de una “ancha calle del medio”, terminaron participando de negociaciones internas dentro del bloque peronista que modificaron los acuerdos originales y generaron un nuevo reparto de poder. El esquema inicial incluía un compromiso explícito: el acompañamiento del bloque peronista, junto al oficialismo local y el radicalismo, para la presidencia del Concejo estaba asociado a que María Elena Defunchio —ex senadora provincial y referente del peronismo local— asumiera la conducción del bloque. Sin embargo, una vez formalizada la presidencia del cuerpo, ese acuerdo fue revisado. La incorporación de Nancy Grizzutti a un nuevo entendimiento interno, justificada públicamente en la necesidad de garantizar la aprobación del presupuesto municipal, alteró el equilibrio previamente establecido.

Como consecuencia de esta redefinición, Defunchio, al sostener su voto negativo al presupuesto 2026, quedó desplazada del esquema de conducción interna, junto a Julia Crespo, ambas en una posición minoritaria dentro del bloque. Mientras tanto, Naudin, Bianchi y Grizzutti consolidaron una mayoría que les permitió reorganizar el control político del espacio, dejando en suspenso cualquier expectativa de cohesión interna a corto plazo.
En este contexto, todo indica que para Julia Crespo y María Elena Defunchio las alternativas dentro del bloque se redujeron de manera significativa, lo que abre la posibilidad de una ruptura formal. En pocos días, una construcción política que se presentaba como una “gran mayoría” perdió consistencia. Más allá de los nombres propios, el episodio volvió a poner en discusión la solidez institucional del Concejo cuando los acuerdos se redefinen sin un marco de debate abierto.

Naudin ha señalado en otras oportunidades que gobernar implica “escuchar, explicar y dar la cara”. En la práctica, sin embargo, el proceso que derivó en la actual conducción del bloque expuso una modalidad de liderazgo centrada en la reorganización interna del poder más que en la construcción de consensos amplios. La prioridad, según se desprende de los hechos, estuvo puesta en asegurar gobernabilidad interna antes que en sostener compromisos políticos previos. Para quienes siguen de cerca la política local, este tipo de dinámicas no resulta novedoso. Se trata de mecanismos que ya han aparecido en etapas anteriores del Concejo, donde las decisiones centrales se resolvían antes del debate formal y las sesiones funcionaban como instancia de ratificación más que de deliberación. Cambian los actores, pero persisten los métodos.

En ese marco, la expresión popular “al indio le pones chancletas, y te quiere correr carreras” adquiere un sentido ilustrativo. Quien accede a una posición central gracias al acompañamiento de otros, una vez en funciones, puede optar por redefinir el rumbo político priorizando su propio recorrido. Las chancletas, pensadas para acompañar un camino colectivo, terminan siendo utilizadas para avanzar de manera individual, tensionando acuerdos y debilitando proyectos compartidos.

Cuando el ejercicio del poder se orienta de ese modo, no solo se erosionan las relaciones políticas internas, sino que también se resiente la credibilidad institucional del órgano deliberativo. La idea de una “ancha calle del medio” queda reducida a un espacio cada vez más estrecho, donde las decisiones se concentran y las explicaciones escasean. Más allá de los intentos por recomponer equilibrios, el proceso ya dejó marcas visibles. El Concejo Deliberante atraviesa una etapa de reconfiguración marcada por acuerdos revisados y compromisos en discusión. En ese escenario, el principal desafío sigue siendo recuperar una lógica de representación que vuelva a colocar a los vecinos en el centro del debate político. Porque cuando al poder se lo calza con chancletas, no avanza la democracia: apenas corre el oportunismo.

EL LOBO

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