Por Redacción Extra Digital
El sábado encontraron el cuerpo de Agostina Vega en un descampado del barrio Ampliación Ferreyra, en las afueras de Córdoba. Tenía 14 años. Llevaba una semana desaparecida. La autopsia confirmó lo que muchos temían: asfixia mecánica, violencia extrema, indicios de desmembramiento, signos de abuso sexual. El único detenido es Claudio Barrelier, un ex empleado municipal. Y el único escándalo visible, hasta ayer, era el tono de la conferencia de prensa del fiscal, quien hablo como si investigara una escapada adolescente, no un crimen.
El femicidio de Agostina no es solo una tragedia individual: es el espejo de un sistema que recibe denuncias y las archiva, que busca cuando ya no queda nada que salvar, que organiza conferencias de prensa donde el fiscal se felicita a sí mismo antes de dar explicaciones. El colectivo Ni Una Menos Córdoba pidió jury para ese fiscal y la destitución del ministro de Seguridad. No es una reacción desproporcionada. Es la respuesta lógica a años de falla institucional sistemática.
Hoy, 3 de junio, se cumple otro aniversario del primer grito de Ni Una Menos. La fecha no pudo ser más cruel, ni más elocuente. Córdoba marcha. El país mira. Y la pregunta que ningún decreto, ninguna conferencia de prensa y ninguna carátula penal puede responder ya sigue en el aire: ¿cuántas Agostinas más necesitamos para que el Estado llegue a tiempo?
La noticia es Agostina. La verdad, sin embargo, es la del sistema que la dejó sola. Escuchar esa verdad —las dos partes de esa verdad— es lo único que puede cambiar algo.





