Por Redacción Extra Digital
El mundo del jazz y la música popular argentina se viste de luto tras confirmarse el fallecimiento de Roberto «Fats» Fernández, considerado de forma unánime como el trompetista más influyente de la historia del género en el Cono Sur. El músico, que supo combinar la técnica depurada del bop estadounidense con una sensibilidad profundamente porteña, murió rodeado de su familia tras complicaciones de salud que lo habían mantenido alejado de los escenarios en los últimos tiempos.
Su apodo, heredado de su admiración por el pianista Fats Waller, terminó siendo una marca de identidad que trascendió fronteras. A lo largo de una carrera que se extendió por más de seis décadas, Fernández no solo dominó el lenguaje de la trompeta, sino que se convirtió en un embajador cultural que logró sentarse a la mesa de los grandes maestros internacionales.
Un legado entre el asfalto y el swing
Nacido en Buenos Aires, su ascenso en la escena musical fue meteórico. Desde sus inicios en las orquestas de baile hasta su consagración como solista, Fernández destacó por un tono cálido y una capacidad de improvisación que dejaba sin aliento tanto a puristas como a neófitos. Su paso por agrupaciones emblemáticas como los Bubbling Boys y su labor en grabaciones históricas junto al Gato Barbieri lo posicionaron como una figura central del movimiento del jazz moderno en la región.
Sin embargo, su reconocimiento no se limitó a los clubes locales. Su talento lo llevó a Nueva York, donde grabó y compartió escenario con leyendas de la talla de Wynton Marsalis y Paquito D’Rivera. Marsalis, en diversas ocasiones, se refirió a Fernández como uno de los instrumentistas más talentosos que había escuchado, destacando su capacidad para inyectar una «melancolía tanguera» a las estructuras clásicas del jazz.
La voz de un instrumento
Para quienes lo conocieron, Fats Fernández era mucho más que un virtuoso de la trompeta; era un narrador de historias. Sus discos, entre los que destacan trabajos como «New York Sessions» y «La Música y la Vida», son testimonios de una búsqueda constante por la belleza melódica. Su técnica era impecable, pero siempre estuvo al servicio de la emoción, evitando el exhibicionismo gratuito en favor de una nota bien colocada que pudiera conmover al oyente.
La noticia de su partida ha generado una ola de tributos en redes sociales y medios de comunicación. Colegas y admiradores coinciden en que con su muerte desaparece el último gran referente de una época dorada del jazz argentino, un hombre que supo sonar universal sin perder nunca su acento porteño. Sus restos serán despedidos en una ceremonia íntima, mientras el eco de su trompeta permanece como un pilar fundamental del patrimonio musical latinoamericano.





