El jaque de Bullrich

En política, las trampas más eficaces son las que se tienden a plena luz del día. Patricia Bullrich lo sabe mejor que nadie. El ultimátum que lanzó públicamente esta semana en torno al futuro de Manuel Adorni no fue un exabrupto ni un error de cálculo. Fue una jugada deliberada, ejecutada con la precisión de quien lleva décadas moviéndose en tableros donde los errores se pagan caro.
El mensaje fue claro aunque nunca llegó a pronunciarse con esa literalidad: Adorni o yo. Primero circuló por los pasillos del poder en modo reservado. Horas más tarde, Bullrich lo trasladó a una entrevista televisiva que coordinó al margen del equipo de comunicación del Gobierno. Milei, fuera del país y fuera de tiempo, no pudo neutralizar el golpe. Su intento de reducir daños a través de una extensa comunicación telefónica con colaboradores cercanos no hizo más que exponer la fragilidad del momento.
El resultado es una encerrona de geometría perfecta. Si Adorni abandona el cargo después de la defensa cerrada que el Presidente le prodigó hasta último momento, quedará instalada la percepción de que Bullrich tiene poder para imponer condiciones dentro del propio oficialismo. Si permanece, el costo político continuará acumulándose sobre una administración que ya carga con demasiados frentes abiertos. Y si el desafío de la senadora queda sin consecuencias, la autoridad presidencial sufrirá un daño de difícil reparación. Pero aplicarle el mismo rigor que a otros dirigentes díscolos implicaría fracturar al oficialismo en el peor momento posible.
Bullrich no es una challenger menor. Su trayectoria política, larga y no exenta de episodios de tensión con sus propios aliados, le otorga una habilidad para leer coyunturas que pocos dirigentes argentinos pueden igualar. Es, además, la figura con mejor imagen dentro del espacio oficialista y cuenta con una red de vínculos en el mundo empresario y mediático que le permitiría articular bloques legislativos propios en ambas cámaras si la situación lo requiriera. Ya trabaja en su maquinaria electoral de cara a 2027. En público acota su ambición a la Ciudad de Buenos Aires. En privado, los horizontes que maneja son más amplios.
Detrás de ella se alinea un sector del establishment que, ante la ausencia de otras opciones con peso propio, la ha elegido como garantía de continuidad del rumbo económico. Es un respaldo que va más allá de las simpatías personales y que incluye nombres de peso en los mundos empresario, mediático y político, además de una reconciliación con el expresidente Mauricio Macri que parece tener más sustancia que el abrazo protocolar que ambos se prodigaron la semana pasada.
Pero la hipótesis electoral no agota el escenario. En algunos despachos circula con creciente seriedad la posibilidad de un rol ejecutivo más inmediato para Bullrich, en caso de que la deriva del Gobierno se profundice hasta poner en riesgo la estabilidad del mandato o las perspectivas electorales del espacio. Una jefatura de Gabinete con atribuciones amplias y capacidad real de decisión es el nombre con el que se rotula esa hipótesis en las conversaciones reservadas.
Por ahora son escenarios. Pero en política, los escenarios que se discuten en voz baja suelen anticipar lo que después ocurre a la vista de todos. El Gobierno tiene por delante horas decisivas. Y Bullrich, por primera vez en mucho tiempo, juega con las fichas a su favor.

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