El Editorial del Lobo / La puerta 12

El 23 de junio de 1968, a la salida de un River-Boca, setenta y una personas murieron en la Puerta 12 del Monumental. Querían salir todos por el mismo lugar y el lugar no daba abasto. Desde entonces, en la Argentina, la Puerta 12 dejó de ser un número y se convirtió en el nombre de una salida que nadie debería necesitar.
Nueve de Julio tiene su propia Puerta 12, y queda a cien kilómetros. Es la ruta a Junín. Cuando el problema de salud es serio, cuando hay que operar o hacer un estudio complejo, buena parte de la ciudad sale por esa puerta. Conozco pocas familias que no hayan hecho ese viaje y muchas lo hicieron más de una vez. Hay varios destinos posibles, pero hay un nombre que se repite más que ningún otro, la Clínica La Pequeña Familia.
Conozco de cerca un caso que explica por qué, porque le tocó a un integrante de este medio. Llevaba siete años de controles por un nódulo en el riñón. Después de todos los estudios, el urólogo José Luis Montagna decidió que había que extirparlo. Cuando abrió, encontró detrás un segundo nódulo que ninguna imagen había mostrado. Con una destreza que pocas veces se ve, sacó los dos y salvó el riñón. A los cinco días, el paciente estaba en su casa. Y quien pasó por ahí no habla solo del cirujano. Habla de las enfermeras, del personal de limpieza y de toda una estructura que trabaja como si cada paciente fuera el único. Eso no se improvisa. Se construye durante años.
Lo que se queda en la ciudad es otra cosa. Una medicina de consultorio rápido y, cada vez más, de pantalla. La teleconsulta llegó para resolver lo que no se podía atender en persona, y en Nueve de Julio terminó ocupando el lugar de lo que no hay. Un médico del otro lado de una cámara puede renovar una receta. No puede palpar un abdomen, y mucho menos encontrar un segundo nódulo.
El Hospital Julio de Vedia, que depende de la Provincia, sostiene la guardia y la atención básica con los recursos que le asigna La Plata. En la ciudad hay buenos profesionales, que trabajan sin la estructura, el equipamiento ni los equipos que tiene una clínica de alta complejidad. Pero la medicina privada local, que debería ser la alternativa, no logra retener a los pacientes que pueden elegir. Y la Municipalidad, que tiene a su cargo la atención primaria, no tiene en su agenda la pregunta de fondo: por qué una ciudad cabecera de partido no puede resolver adentro lo que resuelve una ciudad vecina.
El viaje tiene un precio que no figura en ninguna estadística. Es el día de trabajo que se pierde, el combustible, la noche de hotel, el familiar que acompaña. Y para quien no tiene auto, ni una obra social que cubra, ni un pariente en Junín, la Puerta 12 directamente está cerrada. Esa es la parte más injusta: la medicina de excelencia está a cien kilómetros solo para quien puede recorrerlos.
Junín no tiene nada que Nueve de Julio no pueda tener. Tiene tradición, inversión sostenida y profesionales que eligieron quedarse a construir algo. Lo que falta acá es la decisión de discutirlo. El Estado, las clínicas, los médicos y las obras sociales tendrían que sentarse a preguntarse qué especialidades se pueden recuperar, qué equipamiento falta y qué hace falta para que un buen profesional elija vivir en Nueve de Julio.
En 1968, la tragedia ocurrió porque todos quisieron salir por la misma puerta al mismo tiempo. Nueve de Julio lleva años saliendo por la misma puerta, de a uno y en silencio, cada vez que la salud importa de verdad. Que nadie haya contado cuántos salen no quiere decir que sean pocos.

El Lobo

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