Cuarenta años separan a la maestra que escribía tres renglones en el cuaderno de comunicaciones de la que hoy sostiene sola treinta biografías por aula.
Por Javier Pappalardo
Hoy se conmemora el Día del Maestro, en el aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, ocurrida en Asunción en 1888. Habrá actos, habrá aplausos y habrá, como todos los años, algún discurso sobre la vocación. Vale la pena aprovechar la fecha para mirar otra cosa, que es cuánto cambió el oficio en cuatro décadas sin que casi nadie lo dijera en voz alta.
Quien hoy tenga cuarenta o cincuenta años recuerda una escena. La maestra escribía tres renglones en el cuaderno de comunicaciones y esos tres renglones llegaban a una casa donde había alguien esperando. Casi siempre era la madre. No trabajaba fuera de la casa, o trabajaba adentro sin que eso se contara como trabajo, y estaba ahí cuando el chico volvía del colegio. Leía la nota, la firmaba, y muchas veces agregaba la frase que ordenaba el resto de la tarde. Cuando venga tu padre le voy a contar que no hiciste los deberes.
Lo eficaz de aquella escena era la continuidad. La maestra y la casa hablaban el mismo idioma y jugaban para el mismo lado. La palabra de la maestra no necesitaba defenderse, porque atrás tenía una familia dispuesta a sostenerla, aun cuando en el fondo pensara distinto. El chico sabía que entre esos dos mundos no había grieta por donde escaparse.
Conviene decir también que aquella escuela tenía sus zonas oscuras, y la nostalgia es mala consejera. El chico que no entendía repetía dos veces y después se iba a trabajar, y nadie se preguntaba qué le pasaba. Al que llegaba sin desayunar no se lo miraba dos veces. Lo que ocurría puertas adentro de las casas no tenía nombre, ni protocolo, ni a quién contarse. Y la autoridad del maestro se ejercía a veces con métodos que hoy resultarían indefendibles. Aquella continuidad tan sólida también servía para tapar.
Cuarenta años después el mapa es otro y el cambio empezó por las casas. Hoy trabajan los dos. La jornada arranca antes de que el chico se despierte y termina bastante después de la cena, con la cabeza gastada y el tiempo contado. El cuaderno de comunicaciones se convirtió en un grupo de mensajería donde la nota de la maestra llega a las nueve de la noche y compite con veinte mensajes más. Y la respuesta que vuelve ya no siempre es voy a hablar con él. A veces es una pregunta sobre por qué la maestra le puso esa nota, formulada en el mismo tono con el que se reclama un servicio.
Ese desplazamiento explica buena parte de lo que hoy carga el maestro de grado, que es el que más carga de todos. No tiene módulos ni especialidad, tiene un grupo entero durante toda la jornada. Da clase, desde luego. Y además sirve el desayuno, se da cuenta de cuál no comió, de cuál se duerme en el banco, de cuál llegó callado un lunes a la mañana. Cuando corresponde hace la denuncia y llena la planilla. Recibe al padre que viene enojado y al que no viene nunca. Arma la carpeta del alumno que necesita acompañamiento, adapta la actividad para el que no sigue el ritmo, y muchas veces paga las fotocopias de su bolsillo. Treinta biografías distintas por aula, cada una con su historia atrás, sostenidas por una sola persona que gana un sueldo que todos conocemos.
Nada de eso se decidió en una mesa. La sociedad fue delegando funciones en la escuela de manera silenciosa, sin debate y sin presupuesto que acompañara, y la escuela las fue tomando porque estaba ahí, abierta, todos los días, y porque adentro había alguien dispuesto a hacerse cargo. La diferencia con 1986 es que aquella maestra tenía una casa detrás y la de hoy, con frecuencia, tiene una casa que llega tarde, cansada y a veces enfrentada.
Hay una cosa que sí mejoró y merece ser dicha. La escuela de hoy ve más. Ve al chico que antes pasaba desapercibido, escucha lo que antes se callaba, tiene herramientas y obligaciones que en aquel tiempo no existían. Lo que pasa es que ver más significa hacerse cargo de más, y ese peso recayó casi entero sobre el mismo par de hombros.
Sarmiento pensó la escuela como el lugar donde se fabricaba un país. Hoy, en muchos barrios de nuestro distrito y de todo el conurbano y el interior, la escuela es el lugar donde se sostiene una comunidad, y el maestro de grado es a veces el único adulto que le pregunta a un chico cómo está y se queda esperando la respuesta. El acto de hoy dura un rato. La pregunta que conviene hacerse, que es cuánto le estamos pidiendo a la escuela y con qué la estamos dejando sola, dura todo el año.





