Por Javier Pappalardo
El próximo jueves el INDEC difundirá la inflación de julio. Las consultoras la ubican entre 1,9 y 2,1 por ciento, en línea con el 1,9 de junio, mes en el que el índice acumuló 16,8 en el primer semestre y 33,5 interanual. El Banco Central proyecta que el año cierre en torno al 30. Para un país que hace tres años discutía si el número tenía uno o dos dígitos mensuales, es una noticia.Y no es la única.
Las reservas del Banco Central se acercan a los cincuenta mil millones de dólares, su nivel más alto en una década. El riesgo país ronda los cuatrocientos puntos básicos, tras haber perforado los quinientos en enero por primera vez desde 2018. El tipo de cambio se sostiene dentro de la banda. Quien mire solamente el tablero financiero encontrará el mejor cuadro argentino en mucho tiempo, y sería deshonesto negarlo. El problema aparece cuando uno baja del tablero al mostrador. El estimador de actividad crece y la góndola se achica, al mismo tiempo y en el mismo país. Esa contradicción tiene una explicación, y no está en las planillas. Está en el mapa.
La Argentina tiene hoy tres motores potentes. Petróleo y gas, minería y agro, con dinámica sostenida y horizonte largo. Tiene otros tres que operan muy por debajo de su capacidad histórica. Construcción, industria y comercio, que son precisamente los que emplean gente y sostienen el consumo cotidiano. Los primeros dinamizan Neuquén, Cuyo y la pampa exportadora. Los segundos golpean al conurbano bonaerense, que es el corazón del consumo masivo argentino. El especialista Guillermo Oliveto lo resumió mejor que nadie cuando dijo que la geografía del dinero está cambiando.Donde la renta exportadora derrama se compra el bien durable financiado. Donde no llega, el ajuste recae sobre el detergente.
Nueve de Julio está exactamente sobre esa línea de falla y conviene decirlo con precisión. El motor que anda es el nuestro. La campaña se levanta, el productor liquida y la maquinaria agrícola se mueve. Pero el empleo de esta ciudad no vive del campo, vive del comercio de la avenida, de los servicios, del taller mediano y de la construcción. Vive, justamente, de los tres motores que están abajo. Que al partido le vaya bien no significa que a la ciudad le vaya bien, y esa distinción, que en el debate porteño se pierde, acá se ve caminando cuatro cuadras.
Los números del bolsillo confirman el diagnóstico. En mayo los salarios privados registrados subieron 2 por ciento nominal contra un índice de precios de 2,1, y acumulan 3,2 por ciento por debajo del mismo período de 2025. El Salario Mínimo, Vital y Móvil, según el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina, perdió más del cuarenta por ciento de su poder de compra desde diciembre de 2023. El ingreso disponible, lo que queda tras pagar los gastos fijos, cayó 5,1 por ciento interanual en mayo según Equilibra, con las tarifas explicando buena parte de esa contracción.
Y lo que queda, se decide. El consumo masivo cerró junio con una baja de 2,7 por ciento interanual en volumen, según Scentia, con los kioscos y almacenes de barrio cayendo 4,6. Las pymes minoristas encadenaron once meses consecutivos de retroceso según la CAME. Desayuno y merienda cayeron 7,7 por ciento y limpieza del hogar 6,2. La única categoría que creció en los canales físicos fue la bebida con alcohol.
Hay algo más incómodo. El Centro de Estudios sobre Trabajo y Desarrollo de la UNSAM comparó los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares del primer trimestre de 2025 con los de 2026 y encontró unos 213.000 nuevos ocupados junto a unos 192.000 subocupados adicionales. El empleo crece y se degrada a la vez. La estadística cuenta cabezas y no cuenta horas. Los economistas más ortodoxos responden con un argumento atendible. Sostienen que la desinflación es condición previa de cualquier recuperación, que las mejoras salariales empezaron a ubicarse por encima de los precios y que el ingreso real se recuperará cuando la estabilidad se consolide. Puede ser. Las proyecciones más razonables ubican ese alivio recién hacia 2028. Tres años es mucho tiempo para una familia que hoy elige entre el guardapolvo y la garrafa.
La política ya registra la diferencia. La evaluación negativa de la gestión nacional se ubica entre el 55 y el 63 por ciento según la consultora que se tome, y esa caída dejó de explicarse por la herencia recibida. Lo que cambió no es el número. Es el criterio con que la gente juzga. Se pasó de evaluar promesas a evaluar resultados, y la reforma laboral de febrero terminó leyéndose en buena parte de la sociedad como una concesión al empleador antes que como un triunfo propio.
Y sin embargo la oposición no capitaliza. Un tercio de los consultados afirma directamente que carece de líder. Las mediciones muestran a La Libertad Avanza aventajando al peronismo por doce puntos, incluso con el PRO compitiendo por separado. El peronismo suma alrededor del 35 por ciento en respuesta espontánea, repartido entre tres o cuatro nombres que hasta hoy no acordaron nada. Un gobierno mayoritariamente desaprobado que igual gana la elección hipotética describe menos una fortaleza oficialista que una orfandad de alternativas.
Esa combinación empieza a inquietar a quienes se benefician del modelo, y con razón. Un esquema económico se sostiene sobre expectativas, y las expectativas se sostienen sobre la creencia de que el orden va a durar. Cuando una mayoría desaprueba la gestión y al mismo tiempo no encuentra a quién votar en su lugar, el malestar deja de tener cauce institucional y busca otros. Nunca los mejores. La gobernabilidad tiene ese defecto. No cotiza en ninguna pantalla, no tiene símbolo, ningún banco la proyecta en su informe trimestral y no aparece en el relevamiento del Central. Es la única variable de la economía argentina que se mide siempre tarde, y siempre del mismo modo, cuando ya no está.





