La semana en que la estabilidad dejó de alcanzar

Mientras Milei y Caputo buscaban certezas en Nueva York, el INDEC publicó la peor caída mensual de la actividad desde la pandemia y la primera suba de la pobreza en dos años. El riesgo país volvió a superar los 600 puntos y el mercado empezó a ponerle precio a 2027.

Por Javier Pappalardo

Hay semanas que un gobierno preferiría no haber vivido, y la que termina fue una de ellas para Javier Milei. Mientras el Presidente hablaba ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y su ministro de Economía, Luis Caputo, intentaba convencer a medio centenar de inversores, en la sede de JP Morgan, de que el programa llega intacto a 2027, en Buenos Aires el INDEC publicaba, con horas de diferencia, los dos números que la administración libertaria más temía ver juntos. La actividad económica cayó 2,9 % en julio respecto de junio, el peor registro mensual desde abril de 2020, y la pobreza subió al 32,3 % en el primer semestre, cuatro puntos más que a fines del año pasado.

El Gobierno tiene una respuesta para cada dato, y no son respuestas vacías. Caputo recordó que la pobreza sigue muy por debajo del 52,9 % de comienzos de 2024 y atribuyó la caída de julio a shocks transitorios, entre ellos la menor disponibilidad de gas, el clima y hasta las horas de trabajo perdidas durante el Mundial. La inflación de agosto fue de 1,7 %, la más baja en catorce meses. Son argumentos atendibles. El problema es que ya no alcanzan para explicar lo que ocurre a su alrededor.
La economía crece donde no se ve. En julio subieron la pesca, la minería y el agro, y cayeron el comercio, 5,1 % interanual, y la industria, 4,6 %. Avanzan los sectores que generan dólares y pocos puestos de trabajo, y retroceden los que generan empleo y viven del consumo en pesos. Después de un segundo trimestre en el que el producto retrocedió 0,6 %, los economistas privados ya calculan que será muy difícil esquivar la recesión técnica. La pobreza cuenta la misma historia desde el otro lado del mostrador. Según advirtió Matías Surt, de Invecq, es la primera vez desde los años noventa, pandemia aparte, que la pobreza sube sin que la empuje una devaluación o un salto de precios. La inflación baja y el ingreso igual no alcanza.
El mercado leyó la semana antes que nadie. El riesgo país, que el 7 de julio había tocado un piso de 403 puntos, encadenó diez ruedas de suba y el viernes llegó a marcar 628, su nivel más alto desde marzo. Hay una causa externa, porque el bono del Tesoro estadounidense a diez años superó el 5 %, algo que no ocurría desde 2007, y una doméstica, más incómoda. El Banco Central, que había comprado más de 14.200 millones de dólares en el año, redujo en septiembre sus adquisiciones a menos de 10 millones diarios, y las reservas brutas perdieron casi 2.000 millones desde el máximo del 3 de septiembre.
Ese mismo viernes vencían 800 millones de dólares con el Fondo Monetario, cuya misión técnica revisa desde el lunes los números de la tercera evaluación del acuerdo. El Tesoro los pagó con los depósitos en dólares que guarda en el Central, a la espera de un desembolso que depende de que el organismo apruebe unas cuentas fiscales que en el primer semestre quedaron apenas por debajo de lo pactado, con un superávit primario de 0,6 % del producto frente al 0,7 % comprometido. El lunes, además, el Tesoro volverá a refinanciar deuda sin colocar títulos en dólares, porque el equipo económico se niega a convalidar tasas superiores al 10 %. A comienzos de año Milei prefirió postergar el regreso a Wall Street antes que pagar cerca del 9 %, con la apuesta de que el riesgo país seguiría bajando. Bajó, y después volvió a subir.

La semana tuvo además su capítulo en el surtidor. Con el Brent por encima de los 100 dólares, Shell, Axion y Puma rompieron el acuerdo que amortiguaba los precios y aumentaron entre 2 % y 5 %. YPF resistió unos días y anunció una suba del 1 % desde este sábado. Su presidente, Horacio Marín, ya había admitido que si el barril se sostiene en esos valores el país terminará pagándolos. En el interior bonaerense, donde el gasoil mueve la cosecha y el camión, ese aumento entra directo en la cuenta de cada productor y de cada comercio de ciudades como la nuestra.
Milei ordenó su promesa en etapas. Primero el equilibrio fiscal, después la inflación, al final el crecimiento. Las dos primeras se cumplieron. La tercera se demora, y el calendario ya no es infinito. Las dos primeras etapas son hoy un activo político que nadie le discute en serio, pero la tercera es la que decide elecciones. En abril, Caputo aseguró ante la Cámara de Comercio de los Estados Unidos que los últimos dieciocho meses del mandato serían los mejores de la historia argentina. Pasaron cinco de esos dieciocho meses, y la economía está más cerca de la recesión técnica que del despegue.
El riesgo país mide la capacidad de pago y también la confianza en que el rumbo sobreviva a la próxima elección, y el mercado empezó a cotizar 2027 con más de un año de anticipación. Ahí está la paradoja de esta etapa. El Gobierno exhibe los mejores números fiscales en décadas y, sin embargo, necesita convencer a los mismos inversores que lo aplaudían en julio de que la estabilidad alcanza para ganar.
La semana dejó una advertencia que excede las planillas. La estabilidad fue la condición de todo lo demás, pero la sociedad ya la dio por adquirida y ahora pregunta por el salario, el empleo y la góndola. Un gobierno que hizo de la baja de la inflación su bandera empieza a descubrir que las banderas, una vez conquistadas, dejan de ser un argumento y pasan a ser un piso.

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