Por Javier Pappalardo
El martes el INDEC informó la inflación de junio, 1,9 por ciento, la primera por debajo del 2 en casi un año. Los diarios nacionales contaron el mismo dato como si fueran dos noticias distintas, y las dos tienen razón. La clave para el lector está en saber qué mira cada uno.
Hay semanas en que el kiosco de diarios parece exhibir la prensa de dos países diferentes. Esta fue una de esas. El martes a la tarde el INDEC publicó el índice de precios de junio y el número fue 1,9 por ciento, el registro mensual más bajo en diez meses y el primero que perfora el piso del 2 desde agosto del año pasado. Con ese dato, el semestre acumuló 16,8 por ciento y la medición interanual quedó en 33,5. Hasta ahí, los hechos. Lo que vino después fue el desdoblamiento.
Para los grandes diarios y la prensa económica, la noticia fue el hito. El piso perforado, la núcleo en 1,6 —la más baja desde julio de 2025—, la racha de tres meses seguidos de desaceleración y la celebración oficial, con el ministro de Economía difundiendo el desagregado apenas salió el dato y el Presidente festejándolo en redes. Perfil venía publicando, además, la letra fina de las proyecciones, el Relevamiento de Expectativas de Mercado que anticipa una inflación anual en torno al 30 por ciento, un dólar oficial deslizándose de los 1.482 pesos de julio a unos 1.673 en diciembre, y un crecimiento del producto cercano al 3 por ciento para el año. En esa lectura, la película es la de una estabilización que se consolida.
Del otro lado del kiosco, la lectura fue la composición del número, no su tamaño. Tiempo Argentino tituló que el 1,9 muestra “la dificultad del gobierno para eliminarla” y recordó que la cifra apenas repite los valores de julio y agosto de 2025, casi un año atrás. Página 12 corrió el foco hacia las canastas que el propio INDEC actualizó con el índice. Una familia tipo necesitó en junio 1.531.473 pesos para no ser pobre y 689.853 para no caer en la indigencia. El Destape publicó el sendero del dólar que espera el mercado, con la pregunta implícita de qué pasa con los precios si el tipo de cambio empieza a correr más rápido que el índice, como ya ocurrió en junio.
¿Quién tiene razón? Los dos, y ahí está el trabajo del lector. La primera clave para entenderlo es una brecha que casi ninguna tapa mostró con el tamaño que merece. Los bienes subieron 1,4 por ciento y los servicios 2,9, más del doble. La ropa aumentó 0,4 y los alimentos 1,3, pero la vivienda con la luz, el gas y los combustibles trepó 3,3 y la recreación 4,2. Traducido, la desinflación es sobre todo una desinflación de las góndolas, mientras las tarifas, los alquileres y los servicios siguen corriendo aparte. Por eso el promedio del INDEC se siente distinto en cada casa. Un hogar donde la boleta de luz, el alquiler y el transporte pesan mucho vive una inflación bastante más alta que el 1,9 de los titulares, y en pleno invierno esa diferencia se nota en el ingreso disponible antes que en ninguna estadística.
La segunda clave es la carrera de los ingresos, que corre con rezago. Las jubilaciones de julio subieron 2,1 por ciento porque la fórmula ajusta por la inflación de mayo, siempre dos meses atrás, y la mínima con bono quedó en unos 482.000 pesos, con el refuerzo clavado en 70.000 desde marzo de 2024, sin actualización alguna en más de dos años. Los salarios registrados, según el último índice disponible, le ganaron por poco al costo de vida en abril, aunque de manera despareja entre privados formales, empleados públicos e informales. Y quedó flotando esta semana una discusión técnica nada menor, la medición oficial todavía usa una canasta de consumo de hace dos décadas, y con la canasta nueva —que pesa más los servicios— el índice habría dado más alto. El termómetro mide bien, pero mide una fiebre de otra época.
Para nuestra región, el desdoblamiento se ve a simple vista. El comercio local recibe la parte amable del cuadro, alimentos casi quietos, financiación que vuelve de a poco y un consumo que deja de achicarse. Los hogares y los tambos, los talleres y los galpones reciben la otra, tarifas invernales que muerden y servicios que no aflojan. Y el campo mira de reojo ese dólar del relevamiento del Central que sube más despacio que los precios, una película de atraso cambiario que en esta zona ya vimos varias veces y que nunca terminó bien para el que produce.
La síntesis honesta es que las dos familias de tapas describen el mismo proceso desde pisos distintos. La desinflación es real, sostenida y es el principal activo del programa económico. El costo distributivo también es real, y la pregunta que importa hacia adelante la resumió un economista citado esta semana, lo relevante será sostener el número en el tiempo, con las tarifas pendientes, el dólar deslizándose y los ingresos corriendo desde atrás. Festejar un mes es fácil. Encadenar doce es otra cosa.
Mañana, por una vez, todos los diarios del kiosco van a tener la misma tapa, cualquiera sea el resultado de esta tarde en la final. Con la economía eso todavía no pasa, y mientras no pase, al lector le queda el método de toda la vida en los mostradores de este partido. La verdad, como el vuelto, conviene contarla uno mismo.





