La trampa cambiaria

Desde el acuerdo con el FMI, los argentinos compraron dólares mes tras mes aunque la tasa en pesos les ganaba. No es irracionalidad, es la encuesta de bolsillo más grande del país, y su resultado anticipa la herencia que alguien va a tener que pagar.

Por Javier Pappalardo

Hay encuestas que se contestan con la boca y encuestas que se contestan con el bolsillo. Las primeras pueden mentir. Las segundas, nunca. Y la encuesta de bolsillo más grande de la Argentina lleva contestándose todos los meses desde el 14 de abril de 2025, cuando el gobierno de Milei firmó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y abrió el cepo para las personas humanas: desde entonces y hasta fines de abril de este año, los argentinos compraron, en números redondos, 42.000 millones de dólares entre billetes y transferencias de divisas.
Detengámonos en la anomalía, porque es enorme. Durante todo ese período, la tasa de interés en pesos le ganó cómodamente al dólar. El que hizo plazo fijo o compró títulos en pesos obtuvo un rendimiento en dólares extraordinario: el famoso carry trade. El gobierno tuvo, además, todo el viento a favor imaginable: el respaldo explícito de Estados Unidos y de Trump, los desembolsos del Fondo, y una fortaleza política inédita, con el macrismo y buena parte del radicalismo como aliados y hasta sectores del peronismo dialoguista acompañando la gobernabilidad. Reservas creciendo, riesgo país bajando, inflación cediendo.
Y sin embargo, mes tras mes, alrededor de un millón y medio de personas pasaron por el mostrador a comprar dólares. Perdiendo plata contra la tasa. ¿Son un millón y medio de irracionales? ¿O saben algo que las planillas de Excel del equipo económico no computan? La respuesta es la segunda, y tiene nombre: atraso cambiario. El público argentino, que tiene un doctorado en devaluaciones pagado con su propio patrimonio, mira el dólar planchado, mira sus vacaciones en Brasil más baratas que en la Costa, mira las góndolas llenas de importados, y saca la única conclusión que la experiencia le permite: este dólar no es el dólar de equilibrio, es el dólar de la foto. Y cuando el dólar de la foto y el dólar de la película difieren, el ahorrista compra la película.
Ahora bien: ¿cuál es exactamente la trampa? Porque decir «atraso cambiario» es describir el síntoma. La trampa es la arquitectura completa, y funciona en tres pisos.
El primer piso es el ancla. El dólar barato es el corazón del programa de desinflación: abarata importados, disciplina precios, mejora salarios medidos en dólares y fabrica sensación de bienestar. Es política monetaria y es política electoral al mismo tiempo. Por eso no se puede tocar: cada mes de dólar quieto es un mes de inflación a la baja, y cada punto de inflación a la baja es capital político.
El segundo piso es el financiamiento del ancla. Ese dólar quieto no se sostiene con dólares genuinos de la economía real — se sostiene con deuda del Fondo, con apoyo del Tesoro americano, con liquidación adelantada del agro y con la tasa en pesos alta que convence al capital financiero de quedarse «un mes más» en el carry. Mientras tanto, por la puerta de al lado, se van los dólares de verdad: los 42.000 millones del atesoramiento, el déficit turístico récord, los intereses de la deuda. El esquema compra estabilidad presente con dólares prestados y la paga con dólares futuros.
Y el tercer piso es donde está la trampa propiamente dicha: la asimetría de salida. Corregir un atraso cambiario tiene un costo — devaluación, salto inflacionario, caída del salario real — y ese costo lo paga íntegro el que corrige, mientras que el beneficio del atraso lo cobró íntegro el que lo generó. Ningún gobierno corrige su propio atraso antes de una elección; lo hereda el siguiente. El próximo gobierno — sea de este signo o del otro, sea incluso este mismo reelecto — recibirá un tipo de cambio que el propio mercado, con sus 42.000 millones de votos verdes, declaró insostenible; una montaña de deuda en pesos que medida en dólares no para de crecer; vencimientos con el Fondo; y una población íntegramente dolarizada esperando el ajuste con el dedo en el gatillo. Cuando la corrección llegue — porque siempre llega — el salto será proporcional al tiempo que se lo reprimió. Esa es la trampa: no es un error del programa; es el diseño del programa.
Seamos justos con la otra campana: el gobierno exhibe superávit fiscal genuino, algo que ningún antecesor reciente puede mostrar, y sostiene que con las cuentas ordenadas el atraso es opinable y la convergencia, posible. Puede ser. Ojalá. Pero el superávit fiscal cura la macro fiscal, no la externa: se puede tener caja ordenada y quedarse sin dólares, como sabe cualquier almacenero que cobró en pesos y debe en mercadería importada.
En el campo se decía que hay que desconfiar de toda abundancia que no venga de la cosecha: la plata prestada se festeja el día que entra y se llora todos los días que hay que devolverla. Cuarenta y dos mil millones de dólares de ahorristas ya hicieron la cuenta. Y compraron.

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