“¡Y la ganadora en la categoría Trabajo social/comunitario rural, es… Irene Escalante!”. Estas fueron las palabras que se escucharon desde el escenario montado para entregar los premios Lía Encalada, de Mujeres Rurales Argentinas, en marzo último. Los aplausos no se hicieron esperar, las mujeres a su alrededor gritaban de emoción, ella sollozaba de alegría, se cubría el rostro y repetía sin parar: “no lo puedo creer”.
Irene Escalante, una catamarqueña nacida en las sierras de Ancasti, fue una de las 16 mujeres premiadas: “desde ese día mi vida cambió, el reconocimiento a mi trabajo me reafirma a continuar por este camino”.
Una de las grandes proezas que Irene sorteó, fue el acceso a la jubilación para un pueblo entero, allí en El Milagro, donde vive actualmente. Las 40 familias, todas con el mismo apellido, las cuales no sabían de subsidios o retiros, accedieron a estos derechos: “Muchas mujeres enfermas que toda su vida habían hecho quesillo, con artrosis en sus manos, tenían derecho a pensiones por discapacidad: insistí por todos lados hasta que las obtuvieron y llegaron. Mi lucha es por los derechos de las mujeres rurales que están aisladas dentro de los campos. Los organismos del estado tienen la obligación de salir en su búsqueda”, dice.
A pesar de los pesares
Su madre, su abuela y bisabuela fueron mujeres rurales y de ellas mantiene esa sangre de trabajo y de lucha. Llegó al mundo en uno de esos pueblos aislados, con mujeres invisibilizadas, que viven en la ruralidad. Con 54 años, su mayor desafío es transformar la realidad de los otros para evitar los pesares de la dolorosa historia de su madre quien, a los 14 años y por una imposición familiar, tuvo que casarse con su padre. Como él era de las sierras, ella pasó su niñez entre el clima árido, los ríos y las cabras. “Él era un hombre del campo, duro, que tenía la idea que la mujer debía trabajar y tener hijos. Entonces mi mamá empezó a labrar, hacer dulces. La imagen que tengo de ella es arriba de un burro, cargando leña para el fuego. Aprendimos mucho, mi padre se iba por meses a trabajar en las cosechas. Para comer, mi madre cuidaba cabritos, se cocinaba con lo que había. El azúcar lo conocí cuando bajé del cerro: en mi casa el cocido se endulzaba con la miel”, recuerda Irene.
“En nuestra adolescencia nos bajaron del cerro: éramos 17 hermanos. La hermana Marta Peloni- conocida por el caso Maria Soledad- fue la monjita que nos trajo al pueblo: ella junto al cura, daban la misa en una casa de campo, debajo de un árbol de algarrobo, bajo el que estudiamos para la comunión”. La monja, a la que hace referencia Irene, le sugirió a su mamá que los hijos se fueran al pueblo y así fue que las 10 hermanas fueron pupilas en un convento, en Valle Viejo, y los varones fueron a la casa hogar, internado fundado por Eva Duarte de Perón. “Si no nos traía la hermana, aun seguiríamos en el campo, sin estudios y trabajando como lo hizo mi madre”.
Irene pudo hacer dos años de la carrera de trabajo social: “Ahí me enamoré de ese mundo, no fue fácil, no tenía plata, así que hacía quesadillas o empanadas para vender en la puerta de la facultad. A la hora de ingreso guardaba mis cosas y entraba a estudiar. Finalmente me mudé a Valle Viejo, a los 35 años, por amor, donde comencé a trabajar en lo social y tuve a mi hijo, que hoy tiene 17 años y estudia en una escuela rural. Entonces veía la emoción en el rostro de las personas al finalizar los trámites cuando recibían la pensión, era de no creer”.
Su madre falleció a los 56 años por una enfermedad. A partir de esa pérdida se planteó la lucha por la salud pública de la mujer, para que alcance a las familias en el campo, que la ruralidad sea partícipe de una sociedad con derechos. “Pienso mucho en ella, tan jovencita, como una mujer desamparada, con tantos hijos… Verla entre paredes de adobe y sentir que no tuvo posibilidades: eso me hace preguntarme qué es ser una mujer rural”, reflexiona Irene.
El compromiso con la mujer rural
Para Irene la mujer rural es aquella que atraviesa fronteras, la que va en busca de su subsistencia y la de los suyos:”Hace muy poco volví a mi lugar con una campaña solidaria y vi la escuelita que mi abuelo paterno donó en la sierra de Ancasti, una casona vieja convertida en una tremenda escuela. Miraba y no lo podía creer: ahí estaba el nombre de mi abuelo y mi origen, eso es lo que trato de inculcarle a mi hijo, Osvaldo, la solidaridad, las raíces y el trabajo”.
Actualmente lidera el proyecto Curtiendo nuestras raíces: “el 80 % del cuero en Argentina se tira, el resto se exporta; entonces esta iniciativa fue pensada para fomentar el uso de los cueros de los animales, enseñándoles a los jóvenes que tienen una valiosa materia prima en su hogar, que la pueden trabajar disponiendo de una hermosa salida laboral. Cuando empecé a hacer los relevamientos en el campo, la gente carneaba los cabritos para comer pero el cuero era desperdicio. Entonces recordaba a mi padre trenzar el cuero y a mi madre poniéndolo en cal. Son técnicas ancestrales que no utilizan cromo para curtir el cuero, generando una conciencia social y ambiental”, informa.
La iniciativa cuenta con el acompañamiento del INTA y la Escuela de Artesanías Provincial San Juan Bautista. “Ellos les enseñan a curtir el cuero. Está destinado a mujeres víctimas de violencia de género, bajo el programa Acompañar, que brinda La Nación. Todas las que sufrimos violencia de género sabemos que con 6 meses no haces ni los trámites en la fiscalía. A una mujer violentada hay que acompañarla siempre, la angustia la persigue y, como sociedad, debemos ayudarla para que esas cicatrices sanen”, comenta.
Es una defensora de los movimientos sociales y de la fortaleza de las economías regionales, un motor productivo silenciado. “Con las capacitaciones las mujeres valoran lo que pueden hacer con sus manos y toman conciencia de ellas: el patriarcado te sesga, no te permite desarrollarte y cuando vos decís basta, te encontrás con una sociedad que también te limita. Las organizaciones, como Mujeres Rurales Argentinas, tejen redes de acompañamiento y nos visibilizan: ese es el lugar donde quiero pertenecer y participar”, concluye Irene Escalante.









