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Nueve de Julio
jueves, 2 julio, 2020

Historias de runners

Hoy transcribimos la anécdota de Walter Rodríguez, contada en primera persona.

“Dos días antes de la competencia fuimos hasta Tigre a retirar el kit y a la charla técnica.
Estacionamos el auto y de camino al lugar de entrega pasamos junto a una cafetería y a través de la vidriera ví una copa de chocolate que, camino de vuelta, no resistí la tentación de comprarme, sin saber que ese mismo acto sería mi sentencia.
Esa misma noche y durante todo el día siguiente sufriría un ataque de hígado como pocos recuerdo haber tenido.
Tendido en la cama sin poder levantarme y vomitando lo que tratara de ingerir, me pasé todo el sábado sin poder retener siquiera una cuchara de sopa, ni una cuchara de té.
Al otro día, aquel domingo, debía levantarme muy temprano, tenía un Ironman 70.3 que correr.
Me levanté y me sentía un poco mejor aunque seguía con dolor de cabeza y malestar estomacal.
7:30 de la mañana tocaba mi salida: 1,9km de nado, el agua estaba helada, se podía ver el vapor desprenderse de la laguna, yo, el único de los cientos, mil y pico de corredores que no tenía traje de neoprene.
Me tiré al agua y apenas unas brazadas después me agarró un espasmo por la temperatura del agua, como pude me acerqué a un kayak de la organización y me sostuve, el flaco me dice: estás bien? -sí, le digo. Compuse como pude los temblores y me puse a nadar.
En ningún momento de la etapa pude terminar de entrar en calor, incluso con la misma actividad física que nadar los casi 2km me demandaba, aún así, los pude completar.
Al salir vi a mis suegros gritando y alentando, al querer contestar note la mandíbula pesada y la lengua hinchada y entumecida, y ahí tome real dimensión del frío que había pasado.
Luego me subí a la bici, me esperaban 90km de pedaleo constante, esa fue una historia completamente distinta. Inusitadamente me sentí bien. Muy bien.
Pero la energía mi reserva de energía no tardaría en acabarse, y el ayuno del día anterior no tardaría en pasarme factura, una que no podría pagar.
Al desmontar de la bici y colgarla en la zona de transición me dispuse a correr los 21 finales.
No voy a decir que al primer km, tampoco a los primeros 10 metros sino que al mismísimo primer paso de la media maratón ya no tenía fuerza.
Mi primera reacción fue asombro, luego desconcierto. Mi mente daba la orden de dar los pasos y mis piernas simplemente no respondían.
No entendía que pasaba, me dije: debe ser que tanto pedalear quede acalambrado si camino un poco me voy a acomodar y se me va a pasar.
Caminé 100, 200, 400 metros… intentaba trotar duraba 50 metros y no podía más.
Que me pasa? Y así segui un largo tramo.
Caminaba 100, trotaba 200, caminaba 200 y trotaba 100.
Me fui poniendo pequeñas metas, camino un poco y hasta no hacer 400 metros no vuelvo a parar y de a poco ir sumando hasta que así fue que logré hacer todo un km sin parar.
El sol abrazaba fuerte, muy fuerte, en los puestos de hidratación consumía todo, agua, fruta, coca, lo que hubiese.
Solo iba porque iba, finalmente, en el último km la veo venir a Lourdes, otra corredora, toda golpeada y ensangrentada, avanzando a duras penas.
¡Qué te pasó! Exclamé, con lágrimas en los ojos me contó que había chocado con la bici, estaba muy dolorida y yo a sabiendas de todo lo que le faltaba por recorrer me hice eco de su dolor y lloré.
-¿Qué vas a hacer? Vas a seguir?
-Sí
-La abracé, nos dimos un beso y sin mediar mas palabras salimos en direcciones opuestas.
Me sequé la cara y me dije a mi mismo: si ella es capaz de correr en ese estado yo tengo que correr este último km sí o sí, y salí a 4km/minuto, sentía que se me partían lis gemelos y crucé la meta.

Al día de la fecha no hay carrera que hayamos corrido en la que al finalizarla yo no me haya vuelto al encuentro de Lourdes para acompañarla en sus últimos kms.
Así que ese día, caminé para atrás, volví 2 o 3 km hasta verla.
Y la ví, ahí venía y pensé en el tamaño de su espíritu y la acompañe hasta la meta.

Cuando todo había terminado ya, yo no podía subir la bici al auto, respiraba 2 o 3 veces y alzaba una rueda, respiraba otras 2 o 3 veces más y empujaba e cuadro, habré tardado unos 15 minutos.

Mi cuerpo ya no daba más, se había apagado.”

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