30 Mar 2026
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Nueve de Julio

El Editorial del Lobo / Cuando gobernar es esperar

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Gobernar no es diagnosticar. Gobernar es decidir, ejecutar y hacerse cargo. La frase de la intendente María José Gentile —“hoy la plata no está, pero podría ser un alivio si esos fondos llegan”— no es una explicación. Es, en realidad, una confesión. Una confesión de dependencia, de falta de iniciativa propia y, sobre todo, de una preocupante naturalización de la inacción. Porque cuando un intendente habla en potencial, gobierna en diferido. Y cuando gobierna en diferido, en verdad no gobierna.
La escena es conocida: reunión en La Plata, diagnóstico compartido, preocupación generalizada y la eterna espera. Siempre la espera. Esperar que la Provincia envíe fondos. Esperar que la Nación transfiera recursos. Esperar que un reclamo judicial prospere. Esperar, en definitiva, que alguien más resuelva lo que el municipio no logra resolver por sí mismo.Pero Nueve de Julio no votó una administración para que espere. Votó una gestión para que haga.

Vivir de prestado no es solo una metáfora. Es un modelo de gestión. Es administrar con recursos que no se generan, planificar con dinero que no está y sostener el funcionamiento del municipio sobre expectativas ajenas. Es gobernar sin autonomía, sin previsión y sin responsabilidad directa sobre los resultados. Porque cuando todo depende de lo que otro decida transferir, lo propio desaparece: no hay política fiscal, no hay estrategia, no hay conducción. Solo hay dependencia. Y la dependencia, en política, siempre se paga cara: se traduce en menos obras, peores servicios y un Estado local que se achica en su capacidad de dar respuestas.
La caída de la actividad económica, la baja de la recaudación y la tensión sobre los servicios no son fenómenos nuevos ni exclusivos. Son el contexto. Y el contexto, precisamente, es donde se prueba la capacidad de gestión. Es ahí donde se distingue a quien administra de quien conduce. Sin embargo, lo que se observa es otra cosa: una lógica de gobierno apoyada en la expectativa de recursos ajenos. Una administración que parece más preparada para justificar que para ejecutar. Una intendencia que habla como si fuera comentarista de la realidad y no protagonista de su transformación.

Decir que “podría ser un alivio si esos fondos llegan” equivale a admitir que, si no llegan, no hay plan. Y gobernar sin plan es, en los hechos, abdicar. Porque la política no se mide por la precisión del diagnóstico —eso lo puede hacer cualquier economista— sino por la eficacia de las respuestas. Y en ese punto es donde la gestión local empieza a mostrar un vacío cada vez más evidente.
Nueve de Julio necesita decisiones. Necesita prioridades claras, administración eficiente, control del gasto, generación de recursos propios y una hoja de ruta concreta. No necesita relatos sobre lo que podría pasar. La dependencia permanente no es una estrategia: es una forma de resignación. Y cuando la resignación se instala en la conducción, el municipio deja de ser un gobierno para convertirse en una oficina de trámites que espera instrucciones.

Después de años de continuidad política, ya no hay margen para el ensayo. Ya no hay herencias que explicar ni contextos que sorprendan. Hay, simplemente, resultados que rendir. Porque gobernar es elegir. Pero, sobre todo, es hacerse cargo de lo que no se hace.Y en Nueve de Julio, lo que no se hace empieza a pesar más que cualquier fondo que, tal vez, algún día llegue.

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