Alejandro Uriona: De la soledad rural a las pantallas olímpicas



El reconocido periodista de 9 de Julio pasó por los micrófonos de Supernova (97.9). En una charla íntima en ‘Ficha Técnica’, repasó sus inicios en Santos Unzué pegado a la radio, sus vivencias más intensas cubriendo Mundiales y Juegos Olímpicos, y reveló su otra gran vocación: el rol artesanal de jockey y cuidador en los hipódromos del interior.


Por Carlos Graziolo

El periodista deportivo Alejandro Uriona, invitado al programa ‘Ficha Técnica’ (Supernova (97.9), repasó su trayectoria desde sus inicios en el campo en Santos Unzué hasta su formación en Buenos Aires, impulsado por su pasión radial. Uriona destacó su formación en la Escuela de los Dos Congresos, junto al «Bambino» Pons, y su evolución como relator deportivo desde sus inicios en Radio General Belgrano a través del aprendizaje autodidacta y la mentoría de figuras como Raúl Fernández.
La entrevista destaca los hitos profesionales de Uriona, incluyendo sus años de labor periodística y su posterior labor docente enseñando relato.

Carlos Graziolo: Buenas noches y bienvenido, Alejandro. Gracias por estar acá.
Alejandro Uriona: Hola, Carlos, qué gusto saludarte. Bueno, y gracias por la invitación. La verdad que es un placer poder conversar con ustedes.

CG: Tenemos muchos lugares por donde entrarte para conocer de vos. ¿Naciste en Santos Unzué?
AU: Sí, bueno, en realidad me crie en Santos Unzué. Es una cuestión de que no hay maternidad allá; nací en 9 de Julio, pero mis padres vivían en Santos Unzué. Hice allí toda la primaria, de primero a séptimo grado. Así que ese es uno de mis lugares en el mundo. Después, el secundario lo hice en el colegio Inchausti y más tarde me fui a estudiar periodismo deportivo a Buenos Aires.

CG: Vamos a empezar al revés. ¿Cómo era el vivir en Santos Unzué, donde sobraba tiempo y espacio seguramente?
AU: Totalmente. Yo viví en el campo; mi papá era empleado rural. Soy hijo único y vivía con mis padres ahí. Yo abrazaba la pasión por los medios a través de la radio. Escuchaba los partidos y las tiras deportivas.

CG: ¿Era la época de la radio?
AU: Sí, la radio, absolutamente. En el campo en ese momento no teníamos televisión, y cuando tuvimos, tampoco se veía bien. Recién la primera televisión fue una de 14 pulgadas, blanco y negro, cuando yo tenía unos 15 o 16 años. Se veía un solo canal (Telefé, que lo repetía Canal 10 de Junín) y bajo ciertas condiciones atmosféricas, porque había que orientar la antena y sintonizar con la ruedita. La radio era mi aliada. Escuchaba cuanta tira deportiva había. Inclusive entraban algunas radios uruguayas, como Carve; me apasionaba el estilo de los relatores uruguayos, muy buenos todos ellos.

CG: ¿Y qué te llevó a tomar esa decisión de estudiar periodismo deportivo?
AU: Porque era un apasionado de la radio. Así fue como llegué al periodismo, por el amor a la radio. En esa época escuchaba mucho Las Voces del Fútbol en Radio Libertad, que lo conducían Fernando Niembro y Raúl Fernández. Mi ídolo en el periodismo era Raúl Fernández. Yo no lo conocía físicamente, solo conocía su voz, y uno cuando no conoce al periodista se lo imagina de una determinada manera. Después tuve la suerte de conocerlo el primer día en la escuela de periodismo deportivo en Buenos Aires; cuando entró al aula y escuché su voz, supe que estaba enfrente de mi ídolo. Fue profesor mío, hicimos una hermosa amistad y también, como hincha de Boca, escuchaba la campaña con Pancho Caldiero, con quien años después tuve la chance de trabajar muchos años y generar una linda amistad. Uno idealiza todo: los nombres, las voces…

CG: ¿A qué lugar fuiste puntualmente a estudiar en Capital? ¿Era específicamente de periodismo deportivo?
AU: Estudié en una escuela privada que se llamaba La Escuela de los Dos Congresos, que ya no existe más. Estaba en la calle Florida, entre Lavalle y Tucumán, y sí, era solamente de periodismo deportivo. No ofrecía ni prometía salida laboral, pero ahí se fue gestando todo. Como dato, ahí también estudió Carlos Bilardo; nos encontrábamos en los pasillos de la escuela y conversábamos con él, un verdadero personaje, muy cálido.

CG: De ahí salieron tus primeras prácticas, entonces.
AU: Claro. Surgió la posibilidad de que seis o siete alumnos de ese curso de la noche hiciéramos un programa en Radio General Belgrano. Lo teníamos al «Bambino» Pons de profesor; él nos daba televisión en esa oportunidad. Se compró un espacio en la radio y empezamos con un programa que se llamaba Hablemos de Fútbol. El Bambino seleccionó a esos alumnos y a mí me tocó estar en esa selección.

CG: Estabas trabajando de lo que te gustaba.
AU: Sí, porque la verdad era algo soñado. Yo soñaba con ser parte de ese medio. Más allá de que por ahí era un programa que no tenía mucha llegada, sentía que estaba haciendo lo que realmente había soñado toda la vida.

CG: Qué bárbaro. Hay infinidad de historias de gente que ha trascendido en la radiotelefonía argentina haciéndolo desde los lugares más insólitos, imaginándose desde niños que transmitían y luego lo logran. Por eso lo bueno de lo tuyo. ¿y cuál fue tu recorrido a partir de ese momento?
AU: Ahí tuve la posibilidad de relatar. Mi primera incursión como relator fue en Buenos Aires, también en Radio General Belgrano. Con un compañero de la escuela de periodismo hacían el ascenso (la B Nacional) y habían decidido formar dos duplas de relato y comentario para cubrir el ascenso y Primera División. Justo estaban buscando un relator y surgió la posibilidad de que empezara con ellos. Así estuve varios años.

CG: ¿Eso lo enseñaba la escuela también?
AU:No, el relato no lo enseñaba la escuela. Después traté de ir perfeccionándome por mi cuenta, escuchando a muchos relatores y vinculándome con los que iba conociendo en el camino; les preguntaba e iba incorporando cosas. Después se abrió el abanico: tuve la posibilidad de dar cursos de relato y comentario, dar clases en la escuela de periodismo y enseñar el relato, porque en sí no había un lugar determinado donde uno pudiera ir a aprender a relatar.

CG: El camino del periodismo deportivo tiene muchas ramas, pero vos te inclinaste por una de las más complejas.
AU: Claro, uno hace la carrera de periodismo deportivo, pero después la orienta hacia donde está su vocación. La mayoría va hacia el comentario o al análisis, y no son muchos los que buscan el relato. Había que perfeccionarlo y demás, y así fue que en AM 840 empecé a relatar el ascenso.

CG: ¿Y habías tenido previamente en 9 de Julio alguna experiencia similar? ¿En fiestas escolares, actos o subiéndote a algún escenario?
AU: Sí, siempre en la escuela, cuando había actos del 25 de Mayo o del 9 de Julio, me gustaba ser partícipe. Me gustaba leer algún escrito o presentar a mis compañeros que hacían alguna actividad. Pero la verdad es que era una persona muy tímida, me costaba un poco.

CG: Pero después te fuiste soltando.
AU: Sí, con el paso del tiempo. En la radio o en la televisión, cada vez que me tocaba enfrentar un micrófono o una cámara, yo sentía que ese era mi mundo y que sabía lo que iba a hacer. Más allá de que fueran actividades nuevas, me sentía muy cómodo. Eso me ayudó y me permitió hacer muchas de las cosas que hice.

CG: Lógicamente, te debes acordar cuál fue el primer partido que transmitiste desde una cancha.
AU: Sí, claro. El primero que transmití para la televisión, para T y C Sports, fue en Córdoba, en el Chateau Carreras: Talleres contra Platense. En esa época no iban todos los partidos en vivo; se pasaban dos y de los otros ocho se hacía un compacto que se mostraba en un programa llamado El Nacional, que era como el Fútbol de Primera, pero de la B Nacional.

CG: Un programa emblemático para el fútbol del ascenso.
AU: Todo el mundo de la B Nacional estaba ahí. Me tocó hacer ese Talleres-Platense, que ganó Platense 4 a 2, y me dejó una gran enseñanza porque cometí un error tremendo. Cuando fui a buscar la formación, el planillero me dio un número cambiado de los jugadores de Platense: uno era «Trapito» Vega (el 9 goleador) y el otro era el «Mono» Madrid (que jugaba de 5). Como yo no los tenía muy vistos todavía, relaté los goles bien, pero con los nombres intercambiados. Cuando mostraron el compacto en El Nacional, lo vio Alejandro Fabbri, que es hincha de Platense, y saltó: «¿Pero ¿quién fue la bestia que fue a relatar ese partido?». Fue una tremenda anécdota que me enseñó a nunca más confiar en una planilla ajena. Desde ese día, mi rutina fue ir a golpearle la puerta al vestuario del árbitro para chequear los números uno por uno.

CG: Creo que todos, sin excepción, han tenido una deuda de esas primeras veces. Recuerdo que el gran relator Walter Saavedra —recientemente fallecido— vino una vez a la Liga de 9 de Julio a dar una charla y contaba que su primer trabajo fue en Mar del Plata.
AU: Walter fue un verdadero trotamundos. Estuvo muchos años viviendo en Mar del Plata, aunque creo que era santafesino porque después transmitía las campañas de Colón y de Unión en Buenos Aires. Cuando venía un equipo santafesino se alternaba. El hincha es muy sensible con esos errores. Una vuelta me tocó relatar a Newell’s para la televisión y en el relato dije «Newell’s» (acentuado en la e). Me llegó una catarata de insultos por las redes sociales por no decir «Newell’s». El hincha está en el detalle de si es Atlético Tucumán o Atlético de Tucumán, o Atlético de Rafaela. Se enojan mucho si nombrás mal a su equipo.

CG: ¿Y se le da bolilla a ese tipo de críticas despiadadas en las redes sociales durante el trabajo?
AU: Yo tenía por costumbre no leer Twitter ni ninguna red social durante los partidos, porque te puede condicionar. Si cometés un error, la respuesta del otro lado es al instante y, si no estás bien emocionalmente, te saca de partido. Después de que terminaba, sí lo leía. Muchos colegas trabajan así hoy en día.

CG: Después de Radio General Belgrano, ¿cómo siguió tu camino?
AU: Peregriné por varias radios más: Radio Nacional, Radio América, Splendid, El Mundo y Radio Argentina. Después, en el 2007, llegó la oportunidad de dar el salto a la televisión.

CG: Todo ese recorrido radial demuestra que a veces hay mucho brillo por fuera, pero cuando ‘rascás’ un poco el rendimiento económico no es tan bueno. Hay que tener varios «kioscos» para sobrevivir.
AU: Te cuento, yo trabajé diez años en radio y la verdad es que en esos diez años no vi un peso. Tenía mi otro trabajo que me permitía vivir y, en paralelo, hacía lo que me gustaba por pura pasión y vocación. Mi primer sueldo real, con el que pude vivir del periodismo, lo tuve recién cuando entré a Torneos y Competencias en la televisión. Antes había estado en Radio del Plata con Pancho Caldiero y Costa Febre haciendo el superclásico (yo cubría la campaña de Boca con Caldiero). La productora era de Costa Febre y nos pagaban un pequeño sueldo, pero en la radio siempre era complicado cobrar, venía con atrasos. Por eso era obligatorio tener otra actividad económica.

CG: ¿Y las canchas del ascenso en esa época eran picantes? Porque todavía había público visitante.
AU: Sí, totalmente, había visitantes y eran bravas. De esa época tengo una linda anécdota de cuando relataba para Radio General Belgrano y me tocó ir a la cancha de All Boys. Yo había pegado una linda relación con la gente de All Boys”.

CG: pero me dijiste que la verdadera aventura fue en la Isla Maciel…
R:
¡Exacto! Me tocó ir a relatar un partido a la Isla Maciel y yo jamás había pisado ese lugar. En esa época los GPS no existían ni en la fantasía de nadie, así que agarré la Guía T, miré el plano y arranqué en mi auto. La Isla Maciel tiene una sola entrada y una sola salida por debajo de un puente; cuando cruzás, es territorio de nadie, una verdadera boca de lobo. Por suerte el partido era un sábado a las tres de la tarde.

CG: ¿Y cómo hiciste para encontrar la cancha de San Telmo en ese laberinto?
AU: Entré al barrio por unas callecitas muy angostas y me crucé a un señor con un carrito que juntaba cartones, totalmente borracho. Le pregunté por la cancha y me dijo: «Dale derecho por acá y, cuando veas un paredón, doblá a la izquierda». Mientras avanzaba por esas cuadras, se abrían las puertitas de las casas y las caras que asomaban eran de película. Apenas estacioné el auto, se me vino encima un enjambre de chicos de 12 o 13 años a «bolsiquearme», a meterme las manos en los bolsillos para ver si tenía alguna moneda. Salí corriendo hacia la cabina y llegué justo cuando los equipos pisaban la cancha.

CG: Un debut para el infarto…
AU: Imagínate. Transmitimos todo el partido en una cabina de chapa, sosteniendo el picaporte con una mano y trabando la puerta con el pie. Si nos descuidábamos, los chicos metían la mano por cualquier lado y nos manoteaban las cosas de los bolsos. En ese momento me acordaba de Santos Unzué y pensaba: «¿Qué hago acá?». Por suerte pudimos hacer la transmisión completa, pero la Isla Maciel es realmente muy heavy.

CG: ¿cómo se dio tu llegada a la televisión? Porque pasaste de la radio a las grandes pantallas.
AU: Fue un gran momento. Yo jamás había soñado con trabajar en la televisión, pero la oportunidad llegó en el 2007. De ahí en más, todo lo que vino fue una enseñanza permanente y pasé por todas las facetas posibles. Hice campo de juego en transmisiones deportivas e incluso me tocó comentar un partido una vez porque el comentarista oficial se había enfermado. Le hice el favor al productor, pero le aclaré que era por única vez; no me siento cómodo analizando los partidos, lo mío es el relato. Después tuve la posibilidad de conducir noticieros, programas especiales, Mundiales y Juegos Olímpicos. La televisión me dio una visibilidad y un lugar que jamás imaginé cuando salí de mi querido Santos Unzué.

CG: Si no tengo mala información, cubriste dos Juegos Olímpicos y un Mundial, ¿verdad?
AU: Así es. Hice los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y Río 2016. En cuanto a Mundiales, estuve cubriendo el Mundial de Brasil 2014.

CG: ¿Qué se siente estar en un Juego Olímpico? Debe ser la máxima fiesta del deporte mundial.
AU: Es una experiencia maravillosa. Los Juegos Olímpicos son la mejor fiesta del deporte por la concentración de disciplinas, la atmósfera y la convivencia de atletas de todo el planeta. Es algo realmente inigualable.

CG: Personalmente, me parecen mejores los Juegos Olímpicos que un Mundial de fútbol.
AU: No tengas dudas, Carlos, por escándalo es mejor. Además, la adrenalina que se vive en un Juego Olímpico es permanente; todos los días tenés competiciones que definen una medalla o una clasificación. En el Mundial tenés que esperar tres o cuatro días entre partidos y está circunscrito a un solo deporte y a una cantidad limitada de equipos. En cambio, en los Juegos Olímpicos están absolutamente todos los países del planeta.

CG: Además de la variedad de disciplinas, el cruce cultural que se genera debe ser único.
AU: Totalmente. Hay una convivencia mágica entre las mega estrellas del deporte mundial y atletas que son completamente amateurs, compartiendo el día a día durante un mes en la Villa Olímpica. En su momento veías convivir mano a mano a Usain Bolt o Michael Phelps con «Manu» Ginóbili, y al mismo tiempo aparecía un Sebastián Crismanich —que era un desconocido para el gran público en la previa de Londres 2012— y terminaba ganando la medalla de oro para la Argentina. Eso es lo más lindo que tiene el olimpismo. Y después, por supuesto, la sensación inigualable de ver cómo izan la bandera de tu país mientras escuchas el himno; es algo que te pone la piel de gallina.


CG: Cambiando drásticamente de tema, hablemos del turf.
AU: Lamentablemente, en el último tiempo han cerrado muchos haras reconocidos como La Biznaga, La Quebrada u Ojo de Agua, y hoy quedan solo tres o cuatro grandes con sus propias dificultades.

CG: En Azul, por ejemplo, se corre con gateras, ¿no?
AU: Sí, hoy en día todas las carreras se corren con gateras; son partidores automáticos. En Carlos Tejedor no hay, pero en los hipódromos de Carlos Casares o Bolívar sí.

CG:¿Y cómo te acostumbraste a eso? Debe tener sus bemoles.
AU: Sí, totalmente. Sobre todo, en las carreras de distancias cortas —que acá en el interior son de 400 o 500 metros—, la suelta es fundamental. Si largás bien, tenés media carrera asegurada. En Azul, que es un hipódromo más grande, el recorrido mayor cerraba con un clásico de 2200 metros, pero como en el interior no hay tantos caballos para esa distancia, ahora se bajó a 2000 metros. Yo ahí he corrido carreras de hasta 1600 metros.

CG: Ya nos habías contado tu experiencia en el Encuentro Provincial en Palermo, que está reservado para jockeys con licencia del interior. ¿Tenés stud propio?
AU: Sí, tengo el Stud Los Pipos, que es un emprendimiento familiar. Es un manejo completamente artesanal porque yo hago todo: soy el peón de mi caballo, el cuidador, el jockey, el transportista y el vareador. Uno lo hace por pura pasión, no como un negocio.

CG: Pero el jockey tiene su remuneración, sobre todo en las carreras oficiales.
AU: Seguro. Yo empecé corriendo mis propios caballos, pero ahora me buscan otros cuidadores y corro muchos de afuera. En las carreras oficiales, el jockey se lleva el 10% del premio del marcador (del primero al quinto puesto). Por ejemplo, si en una carrera común en el Hipódromo de La Plata el premio al ganador es de 2.500.000 pesos, al jockey le corresponden 250.000 pesos.

CG: ¿Recomendarías esta actividad para el que nunca fue a las carreras?
AU: Totalmente. Invito a cualquiera a que vaya porque se va a encontrar con un ambiente hermoso y muy familiar, ideal si te gustan los animales. El turf del interior tiene un folklore único: la gente va con la familia, lleva el asado al mediodía, comparte las carreras y pasa un gran domingo entre amigos.

CG: ¿cómo se manejan las apuestas en el interior? Porque en Palermo, San Isidro o La Plata están las famosas revistas informativas (la rosa, la celeste, la blanca) con todo el historial, pero acá, ¿cómo es?
AU: Acá es a ojo y por conocimiento de los caballos. La gente de la actividad ya tiene la data en la cabeza: «Este corrió en Casares y le ganó a tal, ahora corre en Bolívar contra este otro que viene de perder en Tejedor…». Así van sacando sus conclusiones. Claro que la data fina no te la dan tan fácil. Además, si corren diez caballos, los diez van con el mismo objetivo de ganar, pero gana uno solo. Por eso no es nada fácil.

 

 

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