7 Feb 2026
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Nilda Leaño: “En Jujuy vivir de lo que da la tierra es difícil pero no imposible”

(Por Mónica Gómez)

Jujuy y sus colores, sus carnavales, sus quebradas, su puna y su selva: sus regiones que albergan historias como la de Nilda, que vive en Patacal, una aldea de la provincia, situada al este de La Ciénaga, y al norte de Quisquiri. Junto a sus padres y su hija, Eluney de 10 años, conviven en una pequeña chacra en esta localidad a las afueras de Purmamarca.

“Para acceder a mi casa, a 8 km del pueblo, hay que adentrarse 1 km desde la ruta y cruzar un río. No es tan lejos pero muchas veces, esta situación se padece bastante. Aun así, en Jujuy, vivir de lo que da la tierra es difícil pero no imposible. La dificultad más relevante en esta zona es la falta de transporte público, para los que no tenemos vehículos se nos hace complicado llevar a los chicos a la escuela o ir a hacer un trámite en la ciudad”, explica Nilda, que hace diariamente este recorrido para que su hija asista a clases.

Son una familia productora que tienen la huerta para su abastecimiento, venta o trueque del excedente: “Vivimos en una zona frutihortícola; en el  terreno tenemos plantas frutales de manzana, durazno, pera, uva y membrillo. Sembramos maíz, papa andina y hortalizas. Criamos animales como vacas,  gallinas ponedoras y criollas, de las que obtenemos los huevos para vender. También cerdos y tenemos un caballo”, comenta.

Antes de llegar al campo, que hoy es su hogar, Nilda y su familia vivieron en zonas donde plantar no era tarea fácil: “Nos criamos en una  localidad  minera, Aguilar: mi papá trabajaba allí. Era un lugar donde no había nada más que la explotación de los minerales, no se podía cultivar, era una tierra árida, muy seca. Cuando lo despidieron en los 90 con el dinero de la indemnización decidió comprar un terreno en un área que fuera productiva y así no pasar necesidades. Hace más de 25 años que trabajamos en nuestra tierra”, cuenta con orgullo.

Con 45 años, Nilda, reconoce que criar a su pequeña en el campo es una gran enseñanza de vida: “Cuando llegué me enamoré de este lugar, acá uno anda a su tiempo, la gente se apoya y acompaña, somos muy solidarios entre los vecinos. A mí me reconforta llevar todos los días a la mesa lo que sale de mi tierra y que Eluney aprenda el valor del trabajo y de lo que se cosecha”, dice esperanzada.

Los tres pueblos que se mantienen en la periferia de Purmamarca Ciénaga, Quisquiri  y Patacal, se organizaron para consolidarse como comunidad: “somos tres parajes de alrededor de 80 familias que vivimos de la producción. Pertenecemos todos a la comunidad CiPaQui y, a partir de ésto, conseguimos un tractor por un proyecto que presentamos ante el Ministerio de Producción de la Nación”, explica Nilda.

Además de esta adquisición, pudieron acceder a un espacio físico  para la organización, donde se guarda el tractor y todo el equipamiento. La forma de administración del uso lo hacen desde la comunidad entre las familias: “el tema del agua también es una actividad  comunitaria, el agua potable o el agua de riego se regula por jueces de agua, así como el manejo de las herramientas. Gracias a esta forma de representación pudimos obtener nuestra sala de producción de dulce, que se utiliza para dictar clases de cocina regional y para que las familias que tenemos producción frutihortícola elaboremos las conservas.  Contamos con muchas actividades para sortear las dificultades que se ven en el trabajo rural”, comenta.

Callecita gastronómica

También, de esa organización en cuanto al trabajo primario de la producción en la tierra, los productores de la comunidad se han presentado para pedir una locación para comercializar en la ciudad de Purmamarca. La exposición y venta de comidas y productos  regionales, denominada «callecita gastronómica purmamarqueña», es el espacio en que la gente degusta, conoce los productos, comidas típicas para que se revalorice y no se pierda la identidad que se origina en esta tierra, como el queso de cabra, los papines y los tacos realizados con harina de maíz morado, los tamales.

“Las mujeres de mi comunidad estamos organizadas hace 10 años. Vendemos dulces, chacinados, masas dulces, empanadilla, pasta frola, y hay otra señora que hace comidas como empanadas o humita, para que la gente deguste la cocina regional. Tratamos de que no todos tengan los mismos productos; yo llevo verduras, frutas, dulces y escabeches. Estamos frente a la iglesia porque la mayoría de los turistas circulan por la calle principal, ahí se toman las fotos y pasean por el pueblo”, explica.

Este paseo turístico que encanta a todo aquel que disfruta su estadía por el norte del país se presenta los fines de semana, feriados o en  las vacaciones de verano o invierno.

“Vendo frutas frescas y desecadas: como en el pueblo hay mucho turismo, se nos hace rentable. Porque los intermediarios pagan el cajón  de durazno, que pesa entre 16 y 18 kg, $800, y cuando nosotros vendemos en el pueblo lo hacemos a 200 el kilo, que ya es un ingreso mucho más elevado. Por su parte, en el mercado está 350 el kilo”.

Esta forma organizada de trabajar en comunidad los lleva a repensar la economía y a encontrar sus métodos de comercialización: “Aparte de las la venta en el pueblo, también asistimos a las Ferias Trueque en diferentes lugares que nos invitan. En mayo tenemos una en Susques, localidad que queda casi en la frontera con Chile”. Nilda comenta que este tipo de intercambios comerciales viene de hace mucho tiempo y que es una raíz cultural que va más allá de lo económico.

En algunas zonas el acceso a ciertos productos sólo es posible  gracias a esta forma de comercialización. “Mis padres se conocieron en las ferias de trueque: la familia de mi mamá era de esta zona que es más fértil y mi papá era del Paraje Pozo Dulce, cerca de la salinas donde tenían carne, sal y tejidos. Desde esa época ya se utiliza este tipo de intercambio que perdura hasta hoy”. Y, continua: “hacemos el intercambio de dos cajones de frutas por una “abierto” que es, como lo llamamos a un animal como el cordero o chivo, completo. La gente no tiene otra forma de acceder a las frutas o verduras sino es en estos espacios de encuentro. La municipalidad nos brinda un camión y desde aquí salen cargados. Llegamos a la zona y la desesperación de la gente es increíble. Esta es la única fruta que llega hasta el lugar. Creo que es por el acceso, no es por lo económico. Por eso todavía persiste este tipo de  intercambio de lo que se produce en la zona alta por lo que se produce en la zona baja. Este mercado es una cuestión cultural”, concluye Nilda.

Esta es la misma provincia que fue tierra de batallas, conquistas y colonización, que con impoluta blancura se manifiesta desde el altiplano. La que seduce con su cerro de los 7 colores, con Humahuaca, Tilcara y Purmamarca, La que se resigna al  frío que se apodera de la noche y al sol que incendia las calles coloniales. La misma que con encanto y distinción recibe a viajeros que encuentran en su gente la magia de  celebrar la fecundidad de la tierra y honrar a la Pachamama. Jujuy, es esa  misma, que con su geografía, sus puestos y mercados que acercan a cada rincón lo que crece en las diversas latitudes, RESISTE.

 

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