Las tranqueras semiabiertas, las cosechas que forman terraplenes de un lado y del otro, los animales en manadas como pequeñas manchas en el suelo verde, colores que se mezclan entre el cielo y la tierra. Y es que la provincia de Buenos Aires lo tiene todo. De camino por ruta Nac. N° 3 en dirección al sur, por el tramo que conecta Tres Arroyos, Cascallares y finaliza en el tranquilo pueblo costero de Reta, detenernos a escuchar el rugir del mar en combinación con el paisaje melancólico del campo es uno de los privilegios que nos brindan estas latitudes. Aquí hay historia, raíces y es donde el respirar se convierte en un llamado a la calma, donde el encanto de los lugareños nos aventura a descubrir cada pueblo y a cada vecino.
El programa “Cambio Rural Turismo” tiene por objetivo promocionar los atractivos que los pequeños productores de los pueblos ofrecen a los viajeros. Mediante el trabajo grupal, el acompañamiento de técnicos y del intercambio de experiencias se busca generar acciones para potenciar las actividades de cada productor en el desarrollo de su producción. Dejando Huellas es un grupo de emprendedores de turismo rural, vecinos de los pueblos: Tres Arroyos, Cascallares y Retas, que llevan más de 10 años trabajando para transmitir a la gente su pasión por el cuidado de la naturaleza y el respeto por la diversidad cultural. Ellos saben que en el encuentro se dan las oportunidades de formar una misión coordinada y cooperativa para dar impulso a la economía turística regional.
El grupo cuenta con una red de individuos con gran potencial social, tejido que se fortalece y se construye en conjunto, su coordinadora Natalia Cubiatehbere promueve el desarrollo del distinto establecimiento rural a fin de concretar una oferta atractiva para el turista. Una de las integrantes del equipo es Maria José González, quien vive a 22 kilómetros de la ciudad de Tres Arroyos, en un encantador pueblo llamado Micaela Cascallares. Localidad tradicionalista, con historia gauchesca y de domas que con tan solo 800 habitantes resguarda la tranquilidad y la calma que mantienen todas las tierra agrícola ganadera: “mi papá fue empleado rural, cuando yo tenía 6 años nos vinimos a vivir a esta zona. Él hacía agricultura y como no tenía empleado que lo ayudara, lo hacíamos junto a mi mamá y mis hermanas. Somos cuatro mujeres, desde chiquitas aprendimos lo que era andar en el campo arriba de los tractores. Cuando llegaba el momento de la cosecha, una cocinaba, la otra en los silos, si pasaba algo con la cosechadora había que ayudar a repararlas, nos encantaba andar entre los fierros” recuerda ella que, con sus 45 años, es instructora de yoga y dueña de una casa de comidas.
Hace 30 años que María se enamoró de su esposo, ellos viven en el campo, junto a sus dos hijos, Andrés (21) y Lucrecia (18). Desde ese momento iniciaron una sociedad como contratistas rurales: “nos casamos, nos quedamos a vivir en el campo de mis suegros para ayudarlo y compramos una máquina cosechadora. Ellos nos prestaron un tractor, un carro y así empezamos a trabajar afuera en la época de cosechas. En el 2014 me mudé al pueblo para estar cerca del colegio de los chicos y desde hace 10 años empecé con problemas de salud en la columna a raíz del gran esfuerzo que tiene esta actividad y tuve que dejar. Empecé a hacer yoga por recomendación médica y terminé siendo profesora, hace 8 años que doy clases” comenta.
Las ideas que proyecta María en cuanto a la actividad rural son con el propósito de formar un espacio donde su comunidad encuentren, donde se pueda disfrutar de comidas típicas y en donde los jóvenes puedan disfrutar sin tener que viajar a localidades más grande: “tuve a cargo el buffet del pueblo, fue una experiencia hermosa, ahora tengo mi lugar para la venta de comidas y estoy en proyecto para un restaurante para que haya donde almorzar. Pensando en un futuro me encantaría construir alojamientos donde los viajeros que llegan y se sienten atraídos por el encanto del pueblo puedan pasar la noche, ya que no contamos con cabañas o hoteles”.
El turismo rural tiene un sin fin de atractivos que deslumbran, actualmente cuenta con la ventaja debido a la situación de pandemia que atravesamos son requeridas las experiencias al aire libre y ese contacto con la tierra nos conmueve y nos emociona: “somos muchos y eso es lo nutrido del grupo. Hay un matrimonio que tienen una quinta que hacen cabalgatas, asados, la señora hace empanada casera y es impresionante lo que atrae a la gente estas lindas jornadas. La tranquilidad, estar al aire libre, con los animales y con la naturaleza es lo que las personas buscan, más en estas épocas. También hay un matrimonio que tiene una granja escuela y es muy lindo el proyecto. Hace poco se incorporó una chica que se recibió de licenciada en turismo, ella está vinculada con los caballos, su familia tiene caballada y la idea de muchos es apuntar a realizar visitas guiadas contando la historia del pueblo de cada lugar de cada edificio. Por ejemplo tenemos un río con una formación que lo hace pintoresco y un lugar muy tradicionalista y popular que es el “Campo del Zorro” el caballo de doma que durante 23 años de jineteadas los jinetes no duraban en su lomo era de 2,5 segundos. Llegó a convocar a 25.000 personas en una doma, se retiró invicto y es muy conocido en el mundo de las domas”. Cuenta Maria sobre la historia del caballo que recorrió 82.063 kilómetros por siete provincias y fue durante 19 años Reservado Premio Especial.
Las historias, las proezas, los museos y su gente convergen entre el asombroso paisaje y la paz de cada pequeño pueblo. La sensibilidad se magnifica y las experiencias son dominio de lo inmediato, del ahora. Te recomiendo que al pasar por la ruta te detengas en los arcos de las entradas que dan la bienvenida a estas pequeñas comunidades y que puedas deslumbrarte con la con atención en tus sentidos: “en el grupo dejando huellas somos muy unidos, hay mucha gente con muchas buenas ofertas de turismo” finaliza Maria José, esta contratista que hace camino por el sendero del turismo campestre.









