29 Mar 2026
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Nueve de Julio

Silvia Zambón: “La esencia de nuestro emprendimiento…”

(Por Mónica Gómez)

“La vida me fue guiando, mostrando por dónde es el camino y así, llegamos a la producción de esencias”. De esta forma define su destino Silvia Zambón, una ingeniera química, docente e investigadora del INTI que junto a su esposo Diego Ayala y su hijo Franco, de 10 años, llevan adelante la difícil tarea de cultivar y darle valor agregado a las esencias que tienen en Paso de la Patria, Corrientes. En las tres hectáreas y media se encuentran plantaciones de citronela, lemongrass y eucalipto citriodora. En el mismo predio, la fábrica donde se finaliza la cadena del proceso productivo.

El origen del emprendimiento “Nuestra esencia nace en el 2001. Silvia y Diego, estudiantes de ingeniería química,  tenían un compañero que presentó como tesis de trabajo final la creación de una industria de aceites esenciales. De todos los proyectos expuestos por los estudiantes, ese fue el de mayor rentabilidad. Para la época eso significó, que sea el elegido por ellos: “no conocíamos cómo era una citronela, sabíamos de que había una producción muy grande en la zona esenciera del país, San Vicente y El Soberbio, en Misiones, pero solo eso. Nos tentó la idea de hacer algo que en Corrientes no es muy conocido y del que se podía obtener buenos frutos”, comenta.

Después de algunos años de trabajo esta pareja, dos conocedores del campo científico, se embarcó en la epopeya de ser productores en Argentina: “En el año 2003 fuimos a Misiones y trajimos las plantas.  Sin luz eléctrica en el campo, sin una bomba y con todos los riesgos que significaba perder la inversión que teníamos hasta ese momento. Realizábamos el primer proyecto juntos, recordar lo que fue esa etapa es muy fuerte, la relaciono ahora con la gran sequía que estamos sufriendo y, ahí, dimensiono los sacrificios que hicimos. En ese entonces padecimos una situación similar, regábamos las 1000 plantas de citronela con baldes, a puro pulmón”, cuenta orgullosa del proceso vivido”.

Y esa plantación rustificada, como la define Silvia,  sobrevivió, y lograron convertirla en esencias: “la primera vez fue emocionante, no fue la mejor, porque no contábamos con los recursos ni la infraestructura pero sí el conocimiento y la mente abierta para hallarlos. Fue un trabajo que fue mutando. Estábamos convencidos de que con el tiempo íbamos a ir  aprendiendo de los errores y mejorando. Le pusimos mucha cabeza y corazón”, dice.

La necesidad de conocimiento de esta Ingeniera la llevó hasta la localidad de El Soberbio donde aprendió de la mano de pequeños latifundistas, los mismos que llevan arraigados, tradicionalmente, esta cadena productiva que comienza desde la planta y continúa con la destilación hasta la extracción del aceite: “cuando tratas de ayudar al prójimo, eso es lo que está bien. Los esencieros somos así, hay una generosidad, se crea una unión, no ves al otro como una competencia. Es un ida y vuelta que te enriquece como persona”, se ilusiona.

Para encontrarle el valor agregado llegaron a la conclusión que debían elaborar sus artículos para la venta directa sin perder la calidad en todo el proceso: “utilizamos nuestros aceites y, además, compramos porque no damos abasto con la demanda. Con el requerimiento que éstos provengan de plantaciones naturales debido a que los aceites se destinan a derivados con base sustentable: aromatizantes de pisos, sanitizantes, velas, jabón líquido o repelentes”. Además, comenta que en el mismo establecimiento la infraestructura y las maquinarias son diseñadas para maximizar la calidad de la esencia: “Los tachos, donde se realiza la extracción del aceite, son de acero inoxidable con soldaduras de acero quirúrgico. También contamos con dos empleados y eso nos genera un compromiso muy grande como emprendedores. Ellos van aprendiendo a la par nuestra y ves que ese compromiso es recíproco. Son personas con la que vos te sentís acompañado y marca la pertenencia con el emprendimiento. Todo esto permite alcanzar los estándares ideales para los mercados internacionales”, cuenta.

Su vínculo con el campo, que llega de la historia familiar materna, no lo perdió ni por el tiempo, ni por vivir en la ciudad: “mi abuelo materno era de Paraguay y él tenía mucho campo, por problemas políticos salió huyendo de ese país y vino a la Argentina, se instaló en el Chaco, que fue una persona que trabajó toda su vida en la tierra y un visionario, también, con su producción de caña, la fermentaban, hacia bebidas espirituosas”.

Los aceites aromáticos han sido parte de la humanidad a lo largo de la historia. Su valor cultural, económico y social, deviene de una arraigada tradición empírica: “la producción de esencia actualmente está muy fuerte en el agregado de valor, se convierten en otros productos. Está generación de trabajo se puede repensar desde los sentimientos, creo que cuando haces tu tarea con amor el dinero, que sea fruto de esa labor, es gratificante. Me siento bendecida porque todos los días trabajo con lo que me gusta, doy trabajo, contribuyo con la economía regional e intento que no se pierda la esencia de una producción cultural e histórica”, cuenta Silvia.

-¿Cuál es la esencia de tu propósito en la vida?, le pregunté a Silvia. Ella hizo una pausa para pensar y contestó: “soy una mujer de ciencia pero tengo pasión por lo que hago y esa mixtura entre la razón y la emoción hacen que todos los días intente que mi labor tenga un impacto social. Que sea un propósito transferible. Soy profesora en la universidad pública y tengo la convicción que el conocimiento debería ser colectivo, es una cuestión de justicia.

No hay dinero ni ganancias que se compare con la felicidad que me da el sentimiento de estar un ratito en el campo trabajando la tierra o haciendo docencia. Mi esencia es mi convicción, el amor de esta familia que lleva adelante una producción”.

Son una familia de mucha fe: en la entrada al campo hay una gruta de la virgen que los protege, la cual expresa que hasta ahí, lo malo no pasará: “estoy convencida que lo que se hace con amor, perdura. Este proyecto será para mi hijo, pero también para los que hoy trabajan con nosotros, ellos son parte de la familia, del proceso de este emprendimiento y todo lo que nosotros hagamos en esta vida es lo que le voy a dejar a los demás. Es ahí cuando te replanteas, ¿qué haces por el otro? ¿Cuánto amor das? Todo eso es lo que importa”, expresa Silvia, quien refleja en su mirada y en cada palabra que el sentir es su guía.

Una de las particularidades que se vive a simple vista cuando se conoce a la familia de Nuestra esencia es el palpar la sensibilidad que transmiten. Ese contacto con la naturaleza, los aromas y la fe, crea la resiliencia que se funde entre el esa comunión con impacto social.

Silvia, Diego y Franco, forjan la raíz de este emprendimiento, para que en cada producto se reflejé el amor que se origina en la tierra, que luego, se convierte en aroma y vuela por el aire.

                  Mónica Gómez

 

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