Un verano de temperaturas extremas y condiciones climáticas implacables puso a las autoridades en estado de máxima alerta. Mientras el sur del país lucha contra focos fuera de control que devoran bosques milenarios, la provincia de Buenos Aires comienza a registrar indicadores de peligro «extremo» que evocan los peores escenarios de desastres ambientales.
En el corazón de la Patagonia, el paisaje idílico de lagos turquesas y bosques densos ha sido reemplazado por columnas de humo que se divisan a kilómetros de distancia. La región atraviesa una crisis de magnitudes históricas, con focos activos en Chubut, Santa Cruz y Río Negro que ya han consumido miles de hectáreas y forzado la evacuación de turistas y residentes en pleno pico de la temporada estival.
El foco más crítico se localiza en el Parque Nacional Los Alerces, en la provincia de Chubut, donde las llamas avanzan con una voracidad que desafía los esfuerzos de cientos de brigadistas y aeronaves hidrantes. La preocupación no es solo ambiental, sino también patrimonial y simbólica: el fuego se encuentra a una distancia peligrosa de «El Abuelo», un alerce milenario que ha sobrevivido a siglos de historia y que hoy se encuentra bajo la amenaza directa del cambio climático y la negligencia humana.
El gobernador de Chubut, Ignacio Torres, ha sido contundente al señalar que gran parte de estos incendios tienen un origen intencional. Las investigaciones preliminares han hallado rastros de materiales acelerantes en zonas donde el fuego comenzó de manera súbita, lejos de cualquier actividad eléctrica natural. Esta situación ha reabierto un debate nacional sobre la necesidad de endurecer las penas para quienes atentan contra el patrimonio natural del país.
Sin embargo, el drama no se limita al extremo sur. A cientos de kilómetros de allí, en la provincia de Buenos Aires, el panorama ha comenzado a tornarse sombrío. Un informe oficial reciente ha encendido las alarmas en el territorio bonaerense al confirmar que amplias zonas de la provincia atraviesan niveles de peligro de incendios calificados como «muy altos» y «extremos».
La combinación de una sequía persistente, la acumulación de pastizales secos y ráfagas de viento inestables ha creado un cóctel explosivo en los alrededores de ciudades costeras y zonas rurales. Las autoridades bonaerenses observan con atención lo que sucede en el sur, entendiendo que la experiencia patagónica sirve como un espejo de lo que podría ocurrir en sus propios distritos si no se extreman las medidas de prevención.
El desafío para los servicios de emergencia es doble. Por un lado, la logística para combatir incendios en terrenos de difícil acceso, como los cañadones de la cordillera, requiere de una infraestructura técnica que a menudo se ve desbordada. Por otro, la vasta extensión de la llanura pampeana exige una vigilancia constante para evitar que pequeños focos de quema de pastizales se conviertan en incendios de interfase que alcancen zonas residenciales.
Mientras los brigadistas en el terreno describen escenas de un agotamiento extremo, la comunidad científica advierte que estos eventos ya no pueden considerarse anomalías. La crisis climática ha extendido las temporadas de riesgo y ha intensificado la severidad de los fuegos, transformando los veranos argentinos en una carrera contra el tiempo y los elementos.
La emergencia actual pone a prueba no solo la capacidad de respuesta del Estado ante los desastres naturales, sino también la responsabilidad civil. En una región donde el 95% de los incendios son causados por la mano del hombre, ya sea por negligencia o intención, el mensaje de las autoridades es de una urgencia desesperada: la prevención es, en este momento, la única barrera real entre la conservación de los ecosistemas y la devastación total.






