26 Ene 2026
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Nueve de Julio

Macri-Awada-PRO: El ocaso del encanto

Podría leerse como una noticia íntima, pero en el caso de Mauricio Macri no hay vida privada. La separación de Juliana Awada no es solo el final de un matrimonio, sino el cierre de una etapa en la que la vida familiar funcionó como sostén simbólico del poder. Durante años, la imagen de equilibrio, estilo y armonía doméstica operó como contrapeso frente a las tensiones políticas. Hoy, esa escena se apaga al mismo tiempo que el proyecto macrista pierde orden, aliados y centralidad. La ruptura sentimental y la dispersión política avanzan en paralelo, como dos caras de un mismo proceso de desgaste.
Macri y Awada ya no viven en la casa de Acassuso que durante años funcionó como base familiar y búnker social y político. En ese lugar se instaló otra inquilina: hoy allí vive María Luján “Lulú” Sanguinetti, pareja de Martín Redrado. En el entorno de ambos se comenta que no solo se separaron, sino que también rearmaron sus vidas. Macri estaría teniendo un affaire con una ex empleada de la empresa Globant; Awada, con un financista. La separación está atravesada por el mundo de los negocios y las relaciones que rodearon a Macri durante años y que Awada conoce en detalle. Todavía no comenzó el juicio de divorcio, porque la ruptura, hasta ahora, viene siendo ordenada. Ambos llegaron al matrimonio con posiciones económicas sólidas. Juliana continúa al frente de la marca de ropa familiar Awada y acaba de lanzar una línea de vinos con su nombre junto a la bodega Casa Petrini.

Del universo empresario de Macri se conoce menos desde que dejó la función pública, pero Awada sigue con atención los movimientos de amigos históricos del ex presidente, como Alejandro Braun o Martín Migoya, fundador de Globant y habitué de los veranos en Villa La Angostura. Son empresarios con acceso directo a la intimidad del ex mandatario y a su rol internacional. Migoya es el caso más elocuente: Macri lo incorporó a la estructura de la FIFA, el espacio desde el que intenta sostener influencia global. También sumó a Francisco Mayorga para impulsar la plataforma de streaming del universo FIFA.

La intimidad de la separación

La división de bienes se hará sobre un mapa amplio: propiedades en la Ciudad de Buenos Aires, una casa en Villa La Angostura dentro del country Cumelén, otra en Córdoba y una más en José Ignacio, Uruguay. A eso se suma un proyecto inconcluso: una vivienda en Vicente López, sobre la calle Gaspar Campos, pensada para reemplazar la mansión de Acassuso como hogar familiar. La obra quedó en pausa. Hay dos propiedades que no entrarían en la división: antes de casarse, Macri ya tenía su histórica quinta Los Abrojos, en Malvinas Argentinas, y Awada un departamento en Palermo.
Durante años, la familia funcionó como una fuente de legitimidad política. La figura de Awada, el cuidado de las formas y una estética de calma operaban como blindaje frente a las tensiones del poder. Macri la llamaba “hechicera”, quizá porque había logrado algo infrecuente en su historia personal: ordenarlo. Incluso retirarlo de las pistas. En una biografía marcada por la competencia y la seducción —heredadas de su padre, Franco—, Awada representó una pausa. Pero ese encanto empezó a resquebrajarse cuando Macri era jefe de Gobierno porteño y aspiraba a la presidencia. Desde entonces, todo fue en subida. Hasta que dejó de serlo.
La separación no llega cuando Macri está fuerte, sino cuando está corrido. Javier Milei ya no lo consulta, el PRO no lo obedece como antes y la idea de un regreso nacional quedó reducida a una misión defensiva: sostener la Ciudad de Buenos Aires, con Jorge Macri como apuesta hacia 2027. El encanto ya no protege. Macri perdió protagonismo político y estabilidad personal al mismo tiempo. Aun así, sigue gravitando desde los espacios donde siempre se sintió más cómodo: la red internacional, el fútbol como plataforma, los negocios como idioma y los vínculos como herramienta. Ese equilibrio entre declive doméstico y proyección global marca el inicio de una etapa distinta: menos visible, más estructural y decididamente más solitaria.

Un partido que se vacía

El PRO atraviesa su crisis más profunda desde su fundación. El partido que Macri creó para ordenar a la centroderecha terminó funcionando, en el gobierno de Javier Milei, como un vivero de cuadros para La Libertad Avanza. Lo que se imaginó como cogobierno derivó en una transferencia paulatina de dirigentes, técnicos y armadores. Patricia Bullrich fue el caso más extremo: candidata presidencial del PRO, hoy es pieza central del dispositivo de poder libertario.
La fuga continuó por la segunda línea —la verdadera caja de herramientas de la política— y se extendió a áreas clave del Estado. Federico Sturzenegger, Juan Ernesto Curutchet, Luis Caputo, Diego Santilli: nombres que alguna vez orbitaban el universo Macri hoy responden a otra lógica de poder. Milei se quedó con el control del rumbo, el relato y la capacidad de premiar o castigar. Al PRO le dejó el rol más ingrato: acompañar sin conducir. Macri quedó atrapado en el peor lugar posible: demasiado afuera para mandar y demasiado adentro para romper. El resultado es un partido sin épica, sin liderazgo claro y con dirigentes que ya no le contestan al fundador, sino al poder real.

El arte de quedar en pie

Cristian Ritondo leyó antes que otros el dilema central del PRO en la era Milei: desaparecer por absorción o sobrevivir como aliado. Eligió conservar el bloque, retener poder parlamentario y funcionar como intermediario profesional. Su rol, más táctico que ideológico, también le sirve a Macri: ese bloque es una de las pocas herramientas institucionales que todavía conserva. Macri abandonó la fantasía de un regreso nacional. Su apuesta para 2027 es más acotada y concreta: retener la Ciudad de Buenos Aires. Perderla sería quedarse sin red. En paralelo, profundiza su apuesta por el fútbol. Sigue de cerca la interna de la AFA, observa la fragilidad de Claudio “Chiqui” Tapia y vuelve a pensar ese territorio como plataforma de poder. Desde su lugar en la Fundación FIFA mantiene vínculos, influye y es consultado.
El presente del ex presidente es incierto. Publicó un libro sobre la vida de su padre, como gesto de cierre de una historia personal que lo marcó. Al mismo tiempo, cierra una relación de quince años. Sale del centro del sistema político mientras intenta sobrevivir como actor de poder desde los márgenes que le quedan. No hubo un quiebre abrupto ni una escena final. El proceso fue silencioso y, por eso mismo, efectivo. Macri dejó de ordenar, el PRO dejó de marcar el ritmo y el poder empezó a circular por otros carriles. Hoy no hay magia ni blindaje, ni liderazgo compartido. Solo un ex presidente con influencia limitada, un partido que acompaña más de lo que decide y un sistema político que ya no lo espera. El encanto, finalmente, entró en su ocaso.

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