La bolsa de naranjas

Los científicos anticipan una primavera y un verano de lluvias intensas por El Niño. En Nueve de Julio el agua va a encontrar caminos rurales destruidos y una maquinaria vial gastada. El clima es inevitable, el abandono no.

Por Redacción Extra Digital

Hay una regla de almacén que ningún manual de administración pública se tomó el trabajo de escribir. Si de una bolsa se sacan naranjas todos los días y nunca se reponen, un día la bolsa queda vacía. No hace falta un economista para entenderla. Hace falta, en cambio, una gestión dispuesta a aplicarla, y esa es la parte que suele faltar. La red vial rural de Nueve de Julio está por someterse a la prueba que pone en evidencia si alguien estuvo reponiendo naranjas.

La prueba viene del Pacífico. El fenómeno de El Niño, el calentamiento de las aguas de ese océano que trae lluvias intensas sobre buena parte del continente, atraviesa hoy América Latina sobre un planeta distinto del de hace tres décadas. «El Niño ya no está a la vuelta de la esquina, sino que ha entrado en casa y está echando leña al fuego de un planeta abrasado por olas de calor, incendios forestales y océanos excepcionalmente cálidos», advirtió el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ante la Organización Meteorológica Mundial. En la Argentina, según explicó Marisol Osman, investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (UBA-Conicet), el fenómeno puede ser muy fuerte entre septiembre y diciembre, el período del año en que su influencia sobre el Cono Sur es mayor.

Conviene despejar una exageración. La investigadora Gabriela Müller, de la Universidad Nacional del Litoral, aclaró que el «Súper Niño» es una construcción mediática, ajena a la nomenclatura académica, aunque los modelos proyectan un evento de fuerte a muy fuerte. La argentina Celeste Saulo, que conduce la Organización Meteorológica Mundial, fue más concreta. Dijo que es un hecho que El Niño acentuará las lluvias y las tormentas, y que el desafío pasa por anticiparse. La palabra describe con exactitud lo que la política argentina hace peor. Los especialistas coinciden en que el daño depende menos de la lluvia que de la vulnerabilidad del lugar donde cae, y en eso Nueve de Julio tiene mucho para decir.

Nueve de Julio pertenece a la cuenca del Salado, un territorio llano donde el agua tarda en escurrir y se acumula. La zona conoce de memoria lo que significa una sucesión de lluvias por encima de lo normal, y no hace falta ir muy atrás para comprobarlo. En septiembre del año pasado, el presidente de la Sociedad Rural de 9 de Julio, Hugo Enríquez, describió el cuadro con una palabra que no admite matices. «Es un estado de catástrofe», dijo, y advirtió que el partido empezaba «a transformarse en un reservorio natural de agua en campos productivos». Campos anegados durante meses, rodeo que no puede moverse y cosecha que no puede salir. En ese escenario, el camino rural deja de ser un detalle de infraestructura. Es la única vía por la que la producción llega a la ruta, el tambo a la usina láctea, el chico al colegio y la ambulancia a la chacra. Un camino intransitable equivale a un campo aislado, y un campo aislado pierde valor aunque haya llovido lo justo.

El partido de Nueve de Julio tiene alrededor de 2.500 kilómetros de red vial rural, más que la distancia que separa Buenos Aires de La Quiaca. El problema es que esos caminos llegan a esta primavera en un estado que cualquiera que los transite puede describir sin ayuda técnica. Huellas profundas, alcantarillas tapadas, banquinas comidas y tramos que con la primera lluvia fuerte se vuelven barro. El diagnóstico tampoco es nuevo. En 2023 la Sociedad Rural consultó a 140 productores del partido. El 55,7% calificó sus caminos como malos y el 22,1% como regulares, y uno de cada cuatro afirmó que las máquinas no pasaban por su camino desde hacía más de seis meses. Un año antes, la entidad se había sumado al pedido para que la Provincia autorizara al municipio a tomar créditos para comprar equipos viales. El reclamo apunta a una maquinaria municipal gastada por años de uso sin una renovación a la altura. Motoniveladoras y retroexcavadoras no son eternas. Se amortizan, se rompen y se reemplazan, o se acumulan en el corralón esperando un repuesto.

Aquí vuelve la bolsa de naranjas. Los productores pagan una tasa por la conservación de la red vial, y la Ordenanza Fiscal 7330/2025 creó un fondo específico para invertir en maquinaria vial, con la obligación de reglamentarlo. El Tribunal de Cuentas de la Provincia, al analizar la rendición de cuentas municipal de 2025, observó que esa reglamentación no fue acreditada y que la respuesta oficial llegó sin la documentación respaldatoria. El organismo no imputó faltantes ni desvíos, y corresponde decirlo con todas las letras. Lo que señaló es más sencillo y, en cierto sentido, más elocuente. El instrumento para reponer las naranjas existe en el papel, y nadie pudo mostrar que esté funcionando.

Hay una lógica perversa en la forma en que se gestiona la infraestructura rural en la provincia, y no es exclusiva de este municipio. El mantenimiento no inaugura nada ni se corta con cinta. Sus beneficios son invisibles, porque consisten en que nada pase, y sus costos son inmediatos. La tentación de postergarlo es permanente, y cada gestión que la cede le traslada el problema a la siguiente, agrandado. Durante los años secos el déficit queda oculto. El agua es la auditoría que ningún funcionario puede eludir.

La ciencia hizo su parte. Avisó con meses de anticipación, explicó el fenómeno y desarmó las exageraciones. Lo que queda por delante corresponde a la gestión. Hace falta un relevamiento del estado real de la red vial y del parque de máquinas, un plan de trabajo para los tramos críticos antes de que lleguen las lluvias más fuertes y, sobre todo, información pública sobre qué se hace con lo que se recauda para los caminos. El Niño, como dijeron los especialistas, no puede evitarse. Sus consecuencias, en cambio, dependen de lo que se haya hecho antes. En Nueve de Julio el pronóstico ya está escrito, y la incógnita es cuántas naranjas quedan en la bolsa.

 

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