El índice y el mostrador


Por Javier Pappalardo

Hubo un número esta semana que ordenó todo lo demás. La inflación de julio fue del 2,1%, la medición interanual llegó al 33,8% y el acumulado del año al 19,3%. El registro interrumpió una secuencia de tres meses de desaceleración y dejó atrás el 1,9% de junio, que había sido el primer dato con un uno adelante en casi un año.
El ministro de Economía anticipó que el número no sería sorpresa porque julio es estacionalmente alto, y atribuyó parte del movimiento a que el precio del petróleo se duplicó en los últimos ocho meses. Los datos acompañan esa lectura solo en parte. Los precios estacionales subieron 4,5% por verduras, paquetes turísticos y alojamiento, los regulados 2,1% por transporte público, prepagas y electricidad, y la núcleo se ubicó en 1,8%. Ahí está la discusión de fondo. Lo estacional pasa. Lo regulado vuelve el mes que viene.
Y hay una segunda discusión, más incómoda, sobre la vara con la que se mide. El índice sigue calculándose con la canasta de consumo de 2004/05, cuando estaba previsto pasar este año a la de 2017/18. Dos consultoras hicieron el ejercicio inverso. Con la canasta actualizada, julio habría dado 2,5% para una de ellas y 2,1% para la otra, pero en ambos casos el acumulado del año hubiera sido más alto, de 21,3% en lugar de 19,3% según ese cálculo. Dos puntos en siete meses no cambian la dirección, sino la sensación de quien compra.

El dólar quieto y las reservas frenadas

El mayorista cerró el martes en $1.490,50, con reservas internacionales brutas en u$s49.561 millones. El MEP se ubicó en $1.523,84, el contado con liquidación en $1.612,12 y el blue en $1.550. La brecha volvió a asomar después de meses de estar planchada. Lo llamativo es el ritmo de compra del Banco Central. En agosto promedia 26 millones de dólares diarios, muy por debajo de los 103 millones de julio, los 68 de junio y los 137 de mayo, aunque las compras del año ya suman 13.508 millones. Se entiende por qué.
La cosecha gruesa ya se liquidó. Lo que entra ahora entra a cuentagotas hasta la próxima campaña. En un distrito como el nuestro eso se sabe sin necesidad de leer un informe. El riesgo país, mientras tanto, subió a 465 puntos básicos, el nivel más alto desde el 10 de junio. El Gobierno rechazó semanas atrás una propuesta de bancos internacionales para emitir deuda por 5.000 millones de dólares, al considerar excesiva la tasa del 9% exigida.
El miércoles hubo licitación. El Tesoro enfrentaba vencimientos por 4,5 billones de pesos, recibió ofertas por 6,49 billones y adjudicó 4,49 billones, con un rollover del 100,26%. La Lecap a noviembre cortó a una tasa efectiva mensual del 2,11%, equivalente al 28,54% anual. Contra una inflación mensual del 2,1%, el Estado paga apenas por encima de lo que suben los precios. Quien tiene pesos y los coloca, empata. Quien necesita pesos y los pide prestados, paga bastante más que eso. Es la fotografía completa del momento. El que tiene liquidez la cuida. El que necesita capital de trabajo lo consigue caro.

Las dos economías

Y acá aparece lo que un pueblo del interior ve todos los días. Las pymes industriales cayeron 11% en producción y 4,5% en empleo durante el segundo trimestre, con pedidos e insumos en niveles contractivos y una inversión que no reacciona. Una encuesta entre pymes arrojó que el 62,5% considera que su situación empeoró y solo el 2,6% que mejoró. El consumo masivo encadena once meses consecutivos de caída y los salarios reales del sector privado registrado acumulan una pérdida cercana al 3,5% en el año.
La explicación más clara que leí en estos meses la dio un especialista en consumo. Hay tres motores que andan fuerte: petróleo y gas, minería y agro. Y hay otros tres, construcción, industria y comercio, que operan muy por debajo de su potencial. Los primeros dinamizan el interior, donde están los recursos. Los segundos golpean donde vive el consumo masivo.
Nueve de Julio está partido exactamente por esa línea. El campo local pertenece al grupo que tracciona. El comercio de la avenida, la metalúrgica que hace tolvas, el corralón, el que emplea cuatro personas, pertenecen al otro. Las dos economías conviven a treinta cuadras de distancia. Una liquida en dólares y la otra vende en cuotas. Mientras el índice mensual y el mostrador de la esquina sigan contando historias distintas, cualquier discusión sobre si la inflación fue del 2,1% o del 2,5% le va a resultar lejana a quien mira su caja los sábados a la noche.

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