10 Mar 2026
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Nueve de Julio

El impacto del conflicto de Medio Oriente en el agro

La onda expansiva del conflicto en Medio Oriente no se limita a las estaciones de servicio. Lo que comenzó como un repunte en el mercado energético está mutando rápidamente en una presión inflacionaria que alcanza a los fertilizantes, la logística y, de forma cada vez más evidente, a los mercados agrícolas globales. La reacción de las pizarras no se hizo esperar. Mientras el crudo Brent superaba los 119 dólares por barril, la soja escalaba un 4% hasta alcanzar los 444 dólares por tonelada. Sin embargo, la señal de alarma más aguda proviene de los insumos: en Estados Unidos, la urea —pilar de la producción agrícola— se disparó a 683 dólares por tonelada. Este encarecimiento ocurre en un momento crítico, justo cuando el hemisferio norte se prepara para la siembra de primavera.
El maíz en la línea de fuego


A diferencia de crisis anteriores, donde el impacto fue fugaz, los analistas advierten sobre la persistencia de esta escalada. Dante Romano, investigador de la Universidad Austral, señala que el conflicto actual se traslada a los granos de forma sostenida. En este tablero, el maíz es el cultivo más vulnerable debido a una triple dependencia: su necesidad de fertilizantes nitrogenados vinculados al precio del gas, su relación directa con el petróleo a través del etanol y su rol estratégico en la seguridad alimentaria mundial.
Esta presión llega en un momento de extrema fragilidad para los agricultores estadounidenses. Con márgenes de ganancia ya reducidos, el alto costo de la urea podría forzar un recorte de hasta 1,5 millones de hectáreas en la superficie destinada al maíz, un movimiento que, a mediano plazo, solo empujaría los precios aún más al alza.


El panorama para otros granos es dispar. El trigo presenta un escenario de relativa ventaja para Argentina, que mantiene una estrategia agresiva de ventas externas frente a una Europa con dificultades para colocar sus excedentes. No obstante, los elevados stocks globales y la incertidumbre sobre el final del invierno en el norte actúan como un freno para una tendencia alcista definitiva.En el caso de la soja, los fundamentos son más débiles. China continúa priorizando el grano brasileño por su competitividad, mientras que las exportaciones de Estados Unidos avanzan a un ritmo moderado. En este contexto, la compleja relación política entre Beijing e Irán podría terminar favoreciendo a los proveedores sudamericanos como una forma de asegurar el flujo de suministros ante la inestabilidad global.

El costo de la geopolítica

Para las economías agroexportadoras, el escenario es agridulce. Si bien el aumento en el valor de las materias primas promete mayores ingresos, este beneficio se ve erosionado por el encarecimiento de los fletes marítimos y de los fertilizantes importados. Además, el riesgo de interrupciones en el comercio con Medio Oriente, un destino clave para la agroindustria, añade una capa extra de incertidumbre. La tendencia ya es visible en los indicadores internacionales. El índice de precios de la FAO subió un 0,9% en febrero, una cifra que aún no captura la totalidad de la reciente escalada militar. En definitiva, mientras la tensión geopolítica siga dictando el ritmo del petróleo y el transporte, el precio de los alimentos seguirá operando bajo una «prima de riesgo» que ignora las reglas tradicionales de oferta y demanda.

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