Desde que empezó la guerra en el Golfo, el 28 de febrero, el gasoil aumentó 23 % en la Argentina. En Brasil, en el mismo período, aumentó 4 %. El dato es de la consultora Economía y Energía y se conoció esta semana. Conviene detenerse en él, porque el barril que mueve los dos precios es exactamente el mismo. El Brent, el petróleo del Mar del Norte que es la referencia de precio para los mercados mundiales, empezó 2026 cerca de los sesenta y dos dólares, superó los ciento veinte a principios de abril, retrocedió a setenta y tres a fines de junio y volvió a subir hasta cerrar agosto en torno a los noventa. El lunes pasado cotizaba a 97,31 dólares y esta semana perforó nuevamente la barrera de los cien. Mismo crudo, misma guerra, misma cotización internacional. La diferencia entre veintitrés y cuatro no la produjo el mercado del petróleo. Se produjo acá.
Para un lector de Nueve de Julio el asunto no es una curiosidad estadística. El gasoil atraviesa el ciclo productivo de punta a punta. Está en la siembra, en la pulverización, en la cosecha, en el traslado del grano al acopio y en el flete al puerto. Un productor argentino y un productor brasileño venden la misma soja al mismo precio en Chicago, y desde febrero uno de los dos vio subir ese insumo casi seis veces más que el otro.
La foto completa es peor que la comparación puntual. Según un relevamiento de Montamat y Asociados, el gasoil argentino promedió 1,50 dólares por litro en el primer semestre, contra una media regional de 1,40, y quedó como el segundo más caro de Sudamérica, detrás únicamente del de Perú. Medido en pesos constantes, el precio promedio de los primeros siete meses fue de $2.333 por litro, un 19 % más que en el mismo período de 2025. Medido en dólares, un 16 % más.
Ese último número merece un párrafo aparte, porque es el que explica la incomodidad que muchos sienten sin poder nombrarla. El productor de esta zona cobra en dólares, y el dólar oficial acumula en 2026 una suba del 3,7 % contra una inflación del 21,3 %. Su ingreso está quieto por decisión de política económica. Su costo de combustible, medido en la misma moneda en la que cobra, subió dieciséis puntos. La tijera no se abrió por el clima ni por Chicago. Se abrió por la combinación de un ancla cambiaria que funciona sobre los precios y de un insumo que se escapó de ella.
Después está el componente que menos se discute y más se decide. Una parte del precio del surtidor es impuesto, y ese impuesto se fija por decreto. El Decreto 693/2026, publicado a fines de julio, dispuso un esquema transitorio para agosto con incrementos parciales y dejó expresamente pendiente para el 1° de septiembre la aplicación del remanente de las actualizaciones correspondientes a 2024, a 2025 y al primer trimestre de 2026. Es decir que hay aumentos impositivos ya devengados, postergados varias veces, que siguen esperando turno. Cada postergación es un alivio de corto plazo y una deuda que se acumula sobre el precio futuro del litro.
Conviene decir que esa postergación existe y que el Gobierno la viene usando. También conviene decir por qué no puede usarla indefinidamente. El equilibrio fiscal es la viga maestra de todo el programa económico, y el impuesto a los combustibles es uno de los tributos de recaudación más rápida y menos evadible del sistema. Resignarlo en un año con la recaudación real en baja no es sencillo. El resultado es una postergación permanente que nadie da por terminada.
Hay un argumento del otro lado que esta columna no puede omitir, porque es sólido. Un Brent por encima de los cien dólares no es una mala noticia para toda la Argentina. Con Vaca Muerta en producción creciente, el país se volvió exportador neto de energía, y estimaciones del propio sector calculan que un crudo en esos niveles puede aportar hasta cinco mil millones de dólares adicionales de divisas en 2026. Esas divisas sostienen reservas, ayudan a mantener el dólar quieto y, por esa vía, contribuyen a que la inflación siga bajando. De modo que lo que el productor paga de más en el surtidor vuelve, por un camino largo, como estabilidad.
El problema es que el camino largo no coincide con el calendario de nadie. La estabilidad se cobra de manera difusa y en el mediano plazo. El gasoil se paga en el momento, al contado, por litro y por hectárea. Y el que lo paga no es el mismo que recibe el beneficio de la divisa energética.
Un dato más, que funciona como termómetro. El consumo de combustibles acumuló en julio su sexto mes consecutivo de caída, con una baja del 5,1 % en gasoil y del 7,4 % en naftas, y una retracción del 2,1 % en los primeros siete meses del año. Cuando el consumo de gasoil cae seis meses seguidos no está cayendo el turismo. Está cayendo actividad, transporte y trabajo de máquina. Ese número dice más sobre la economía real que muchos indicadores de coyuntura, y de paso le pone un techo a la posibilidad de trasladar nuevos aumentos al surtidor.
La campaña que se define en estas semanas se arma con tres números: el precio del grano, el alquiler y el costo de producirlo. Sobre el primero no decidimos nosotros. El segundo se negocia. El tercero, en la parte que corresponde al combustible, depende de un barril que fija una guerra a diez mil kilómetros y de una estructura impositiva que se fija en Buenos Aires por decreto. De esos dos factores, uno solo está a nuestro alcance. Veintitrés contra cuatro es, exactamente, la medida de lo que se decidió acá.





