Por Redacción Extra Digital
Los triunfos parlamentarios le permiten al oficialismo exhibir fortaleza justo cuando sus debilidades estructurales empiezan a asomar. “El león no puede protegerse de las trampas y el zorro no puede defenderse de los lobos.” La sentencia atribuida a Maquiavelo funciona como clave de lectura para esta nueva etapa del Gobierno. Tras un año legislativo errático, el oficialismo inauguró el período con un 3 a 0 significativo: avanzó sobre una de las vacas sagradas del sistema político argentino, el régimen laboral. Aunque los proyectos apenas obtuvieron media sanción, todo indica que terminarán convertidos en ley.
Nada de lo aprobado tendrá efectos inmediatos. El objetivo es otro: enviar señales. Hacia afuera, demostrar que La Libertad Avanza puede garantizar gobernabilidad. Hacia adentro, reafirmar que el Ejecutivo todavía conserva capacidad de iniciativa. Es política en estado puro: construir percepción antes que resultados.
Lo más interesante no es el contenido de las reformas sino la ingeniería que las hizo posibles. Cuando un oficialismo obtiene un triunfo electoral inesperado, se genera un clima de condescendencia en la dirigencia y en la opinión pública. El adversario queda descolocado. En términos futboleros: el equipo que recibe un gol suele estar más cerca de sufrir otro que de empatar.
Paradójicamente, la derrota bonaerense del 7 de septiembre terminó siendo un punto de inflexión para los libertarios. Moderaron formas, ajustaron estrategias, ordenaron su sistema de negociación y alinearon su apuesta internacional. El desorden preelectoral, donde cada semana parecía sumar una derrota más, dio paso a una fase pragmática. La administración ahora juega con la pelota en su campo: no puede perder sin pagar un costo reputacional enorme.
El cambio de método es visible. Hay otra lógica de interlocución, menos voluntarista y más quirúrgica. La segunda fase del pragmatismo –la primera fue la aprobación de la Ley Bases– combina presión máxima con concesiones calculadas. Se estira la cuerda hasta donde da, se resigna lo indispensable y se buscan atajos para evitar el offside institucional. El debate sobre el financiamiento universitario ofrece un ejemplo: cumplir formalmente con lo votado sin resignar el control fiscal.
Pero cada victoria deja huellas laterales. Los gobernadores toman nota. Descubren que, coordinados, pueden defender sus cajas; que el Ejecutivo pide diez para quedarse con cinco; y que un oficialismo obligado a ganar cada votación es, en cierto punto, vulnerable a la extorsión política. A la inversa, también aprenden que, cuando un artículo amenaza sus finanzas, la disciplina provincial se impone y cualquier reforma –por disruptiva que parezca– termina acompañada.
El viento sopla a favor mientras la opinión pública respalde el ajuste. En el frente macroeconómico, el Gobierno exhibe indicadores que alimentan optimismo: acumulación de reservas por encima de la meta anual, superávit fiscal sostenido, dólar contenido, expectativas de regreso al mercado voluntario de deuda. La inflación mensual del 2,9% tiene componentes estacionales, pero permite sostener el relato de estabilización.
Sin embargo, bajo la superficie aparecen señales menos celebradas. La Anónima informó que su nivel de incobrables se multiplicó por siete en 2025 respecto del año anterior, sumándose a otros datos de morosidad en aumento. La utilización de la capacidad instalada industrial fue la más baja desde 2011. Los salarios reales acumulan cuatro meses creciendo por debajo de la inflación. Y el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional marcó el peor registro en una década, con el agregado simbólico de ser el primer gobierno no peronista que empeora la situación heredada desde que existe la serie.
Las provincias tampoco atraviesan su mejor momento. La reciente rebelión policial en Santa Fe puso en evidencia tensiones fiscales profundas. El distrito redujo un 25% la coparticipación a sus municipios y anticipó que no habrá alivio inmediato. Córdoba, por su parte, cerró el año con un recorte del 30% en todas las áreas. La estrechez financiera es generalizada.
Y, sin embargo, de esa fragilidad ajena el Presidente supo extraer una fortaleza propia: convirtió la necesidad de los gobernadores en apoyo parlamentario para una reforma laboral estructural. Política clásica. Transformar debilidad en palanca. La gran incógnita, hacia 2027, es de qué material están hechos los pies de este nuevo gigante. Mientras la sociedad tolere los costos del ajuste y el frente macro no se desordene, el oficialismo seguirá administrando su ventaja. Pero la política argentina tiene una tradición obstinada: premia rápido y castiga más rápido aún. Por ahora, la astucia prevalece. Maquiavelo, otra vez, sonríe desde la platea.





