Brasil en la prórroga

Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta por dos puntos frente a un Lula que se creía ganador sin balotaje. El cansancio que castiga al PT con la economía a favor también ronda el Palacio Municipal de Gentile, que no tiene siquiera ese colchón.

Brasil votó el domingo con la economía a favor del gobierno, y el gobierno salió segundo. Flávio Bolsonaro reunió alrededor del 47 % de los votos contra el 45 % de Luiz Inácio Lula da Silva, la diferencia más estrecha en una primera vuelta desde el regreso de la democracia, y el balotaje del 25 de octubre quedó abierto. El presidente admitió esa misma noche que estaba convencido de ganar sin segunda vuelta, y para describir lo que viene eligió una imagen futbolera: “estamos en la prórroga”. Pocas veces una metáfora retrató tan bien a un hombre.
Porque la carrera entera de Lula se volvió una prórroga. Tiene 80 años y busca su cuarto mandato. Es el político más importante que dio Brasil en lo que va del siglo, el que sacó a millones de la pobreza y le cambió la mesa a la mayoría del país. Lo que nunca hizo fue preparar a alguien capaz de reemplazarlo. Dilma Rousseff terminó destituida, Fernando Haddad perdió en 2018, y dos décadas después el Partido de los Trabajadores sigue dependiendo de la misma figura que lo fundó. Los liderazgos que transforman una sociedad suelen tener ese punto ciego. Saben construir un país y no saben construir un sucesor.

La Argentina conoce esa película de memoria. Cristina Fernández de Kirchner jamás transfirió el centro del espacio que fundó Néstor Kirchner hace más de veinte años. Lo prestó dos veces, a Daniel Scioli en 2015 y a Alberto Fernández en 2019, y en las dos se quedó con la llave. La primera vez terminó en derrota, la segunda en un gobierno sin conducción. Máximo Kirchner heredó el apellido y nunca heredó el lugar. Del otro lado de la frontera, con el padre inhabilitado y condenado, el apellido Bolsonaro pasó al hijo y llegó primero. La derecha brasileña resolvió a su manera una sucesión que la izquierda de los dos países todavía no logra resolver.
Conviene, igual, mirar al ganador sin entusiasmo prestado. El mérito principal de Flávio está en lo que enfrenta. En el propio PT lo consideraban el rival ideal. Tiene poco carisma, una oratoria floja, y sus asesores le recomendaron faltar al primer debate presidencial. Arrastra además sospechas que en otro contexto lo habrían hundido, como las denuncias por las llamadas “rachadinhas” en la Legislatura de Río de Janeiro, una práctica en la que el legislador contrata asesores con fondos públicos y les exige devolverle parte del sueldo, y las acusaciones por la compra de una mansión en Brasilia pagada en efectivo y sin declarar. Es un candidato limitado cuyo gran capital es ser la otra cara de Lula. Por eso se apuró a proclamar “el fin de la era del PT” con dos puntos de ventaja y tres semanas por delante.

Ahí aparece la paradoja que le da sentido a la elección. Brasil no votó en crisis. El desempleo está en su nivel más bajo de la serie histórica, la economía creció 3,4 % en 2024 y alrededor de 2,3 % en 2025, y la inflación viene en baja. El voto bolsonarista expresa un cansancio con el PT, con sus caras de siempre y sus causas de corrupción, y deja a un costado la marcha de la economía. Lula puede mostrar números que cualquier gobierno de la región envidiaría, y aun así le queda chico el electorado.
La Argentina ofrece el espejo invertido. Acá el crecimiento existe, pero se concentra en la energía, la minería y el agro de exportación, y llega con cuentagotas al comercio, a la industria y al salario. En Nueve de Julio se mide en el mostrador, y el mostrador todavía no lo registra. Por eso sería un error para La Libertad Avanza leer lo de Brasil como una ola regional que la empuja hacia 2027. Allá el oficialismo sufre a pesar de la economía. Acá el riesgo del oficialismo es justamente la economía. Y Brasil sigue siendo el principal socio comercial del país, de modo que lo que se decida el 25 de octubre también se va a sentir en el puerto, en la automotriz y en el campo bonaerense.

La lección también baja a escala de Nueve de Julio. El PRO local consiguió lo que Lula y Cristina nunca lograron, y después de los dos mandatos de Mariano Barroso la continuidad pasó a María José Gentile sin sobresaltos. Brasil muestra que resolver la herencia no alcanza cuando el problema de fondo es el desgaste. Once años del mismo signo en el Palacio Municipal acumulan su propio cansancio, y el oficialismo lo registra. Si a Lula el cansancio le come la ventaja con la economía a favor, a una gestión cuya Rendición de Cuentas 2025 fue observada por el Tribunal de Cuentas y desaprobada por el Concejo Deliberante no le queda siquiera ese colchón. El domingo, en la Rural, la intendenta habló de comunión y de mirar hacia adelante. Esa misma noche, en Brasil, Lula también pidió mirar hacia adelante. “Mañana comienza una nueva campaña”, dijo, con dos puntos abajo.
Lula pidió alargue convencido de que todavía le dan las piernas. Brasil ya le había mandado señales, con la derrota de Haddad en 2018 y con la victoria ajustada de 2022, y él las leyó como confirmaciones. El kirchnerismo haría bien en mirar ese partido con atención, y el oficialismo de Nueve de Julio también, porque los dos ya están jugando su propio alargue.

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