La quiosquera del Santa Lucía

 

Por Carlos Graziolo

A la casa paterna del pueblo en que vivía llegaba todos los martes, en los años ’60 la revista ASI. que tenía profusión de hechos policiales, pero también de la restringida actividad política (había gobiernos de facto); se publicaban biografías sobre grandes intérpretes de la música popular (Francisco Canaro, Juan D’Arienzo, etc.) y se destacaban grandes plumas: Américo Barrios, Dante Panzeri, en el deporte y los grandes reportajes o coberturas internacionales de Alfredo Serra.
‘ASI’ fue una publicación argentina masiva de actualidad y política, especialmente popular en los años 60, conocida por su formato sensacionalista, pero en esos años no sabíamos aun sobre ese término; su lenguaje cercano a la gente con grandes títulos y abundante material fotográfico, funcionaba como un gran canal de comunicación popular que llegaba a cientos de miles de ejemplares semanales, impreso en blanco y negro. Es más, no tenía avisos de ningún tipo y su tapa y contratapa funcionaban como un gran atractivo para el lector. Era una revista, pero parecía un diario. Cuando el enfrentamiento entre Azules y Colorados que es el nombre con el que es conocido en la historia de Argentina una serie de enfrentamientos armados entre dos facciones de las Fuerzas Armadas argentinas, en septiembre de 1962 y abril de 1963, los hechos no podían contarse a la semana siguiente y así fue como nacieron dos ediciones semanales más: una totalmente de color verde y la tercera de color sepia. De esa manera cada 48 horas había una nueva edición de ‘Así’ en mi hogar.
Por ‘ASI’ nos enteramos del caso Penjerek, un hecho policial aun no resuelto después de 63 años; las fotos de las bodas de Palito Ortega y Leo Dan; de catástrofes ferroviarias y entre muchas otras historias siempre con abundantes fotografías, y cuando un grupo de jóvenes llevó adelante el Operativo Cóndor, desviando un vuelo cuyo destino original era Ushuaia hacia las Islas Malvinas. Héctor Ricardo García, el director y propietario de ‘Así’ estaba en ese avión.
Toda esta introducción viene a cuento porque en algún momento recrearon un episodio de pocos años atrás, de 1957 precisamente, ilustrado con recortes de la sección policiales de El Mundo, Crítica, Noticias Gráficas y La Razón. ‘ASI’ tenía un título de media página: “La verdadera historia de la quiosquera del Santa Lucía”.

El resto de la tapa lo ocupaban dos imágenes grandes. Una es la ampliación de una foto carnet de una mujer joven, seria, con camisa clara, de pelo largo y oscuro peinado de costado. El epígrafe dice: “Isabel Pérez a los 18 años”. La otra es apaisada y más grande, y ahí la misma mujer sonríe sentada junto a un hombre joven de bigotes y uniforme que, también sonriente, le apoya su brazo en el hombro, ante una mesa con platos, vasos y botellas. “Con su esposo, el sargento de policía Rubén Cuitiño, en tiempos felices”, decía el epígrafe. Adentro, la crónica, “Una violenta historia de amor”, alevosamente sentimental y poblada de golpes bajos, estaba muy bien escrita.
“Desde muy piba, Isabel ayuda a su padre Roque en el quiosco de diarios y revistas de San Juan y Pichincha, a media cuadra del Hospital Santa Lucía. El café de la esquina está siempre lleno de gente con un ojo tapado que va o viene de las consultas del hospital. Y el quiosco que está ahí, pegado a una de las ventanas, labura bien. Pero la temprana viudez –Isabel se entera de la muerte súbita de su madre al volver de la escuela, por la gente que llena el pasillo– sumada a la consecuente depresión y el consumo creciente de barato semillón empujan a Roque a un rápido deterioro. Así, Isabel se acostumbra desde muy chica a atender el quiosco mientras su padre lee la Palermo Rosa en la ventana del café y son muchas las madrugadas en que ella es la que abaraja el paquete de diarios que le revolean desde la caja del camión. Para muchos, la parada pasa a ser “El quiosco de la piba”.

A continuación, la crónica menciona la trágica muerte del pobre Roque bajo las ruedas de un tranvía de vuelta del hipódromo, y se detiene en subrayar la orfandad de la bella e inocente Isabel, con sólo dieciséis años, obligada a vivir sola con su abuela paterna, a dejar el secundario y hacerse cargo de la parada.
“Es el momento en que entra en escena el vigilante de la esquina, Rubén Cuitiño un muchacho de apenas veinte años que hace un turno de vigilancia en el Santa Lucía –de seis de la mañana a doce del mediodía– y que, más allá ayudar a cruzar la calle a los de ojo tapado, se la pasa en el quiosco charlando con la piba y leyendo el Puño Fuerte y El Gráfico de prestado. Cuida la parada cuando Isabel va al baño, e incluso alguna vez trae a su hermano Oscar por unos días, cuando la piba tiene que cuidar a la abuela”.
Al fin, se supone que la quiosquera y el cana se enamoran. Pero Cuitiño es un tipo con un costado oscuro y violento. Se lo dice a Isabel la gente del café e incluso algún novio adolescente resentido. Pero a ella parece que le gusta que sea así, celoso y posesivo, y lo quiere, como él también la quiere a su manera. Así, tras un noviazgo en que Rubén muestra un par de veces la hilacha de los celos, ni bien lo ascienden a sargento, él se deja el bigote y se casan. Van de luna de miel a Córdoba y a la vuelta se quedan a vivir ahí nomás, en la vieja casa familiar de la calle Carlos Calvo, para no dejar sola a la abuela.
“Al principio todo parece seguir igual; pero al poco tiempo Isabel desaparece de la esquina y queda a cargo Oscar, su cuñado. Primero se dice que ella necesita tiempo para estudiar y terminar el secundario. Después, que está embarazada. Nada de eso. La verdad es que cuando a Cuitiño lo trasladan a una comisaría de Floresta y no puede controlar de cerca a su joven mujer, opta por sacarla del quiosco, meterla en casa y confiar a su pesado hermano la vigilancia de un par de langas piropeadores, morosos del café y del quiosco y parte del elenco estable de la unidad básica de la vuelta. A ésos se las tiene jurada desde que se han cruzado mal durante los días de la Libertadora, cuando un par cae en cana y lo acusan a él de haberlos denunciado”.
Yo no fui –se le oye decir entonces, según ASI–. Pero si fuera por mí, no queda ni uno de estos parásitos.
“No hay datos precisos sobre cómo se lleva la pareja en la intimidad. Pero el sargento es un tipo apasionado y extremadamente posesivo, y con el tiempo trascienden algunos morbosos detalles. Es probable que Isabel aceptara –y disfrutara incluso– ciertos excesos al calor de la pasión: la cuestión es que Cuitiño se acostumbra a esposarla. La esposa durante el amor y –detalle feroz– suele dejarla esposada al partir. Ha habido disputas por eso”.

La tragedia ocurre la mañana de un sábado de febrero de 1956. Cuando se despierta, sola en la oscuridad y en la cama revuelta, Isabel siente el humo gris y espeso que se filtra por debajo de la puerta. Viene del cuarto contiguo, donde la abuela suele hacer la sopa en la cocinita a querosén. La otra puerta, la de vidrios que da al pasillo, también está cerrada. Al querer levantarse, no puede. Está, como otras tantas veces, sujeta a la pesada cama por las cromadas esposas del sargento. Grita una vez y no la oyen. Grita otra vez. Sigue gritando hasta desmayarse, ahogada por el humo.
Cuando los bomberos rompen la puerta y alcanzan a tirarle una colcha mojada en la cabeza para apagar las llamas que crecen por el pelo y la almohada, ya es tarde. Ni se entera, hasta despertar en el Ramos Mejía, quemada y vendada, que la abuela ha muerto al pie de la estufa volcada, que la casa es irrecuperable, que su marido sólo apareció una hora después y que ni siquiera está preventivamente demorado. “Con su juramento de revancha”, terminaba la crónica de ASI, tomada como aclaramos de recortes de medios colegas, hoy desaparecidos. “En el próximo número, segunda nota. La venganza de la quiosquera”, se anunciaba.
Según ASI, los recortes de los diarios –que no tienen fotos– tratan todos de una misma trágica historia: “Sin detenidos por el crimen de Cuitiño”, “El sargento incinerado: otro crimen impune”, y así todos. “El hecho ha ocurrido en la noche del 9 y la madrugada del 10 de junio de 1956 en medio de la confusa situación que provocó, en la Capital y en el Gran Buenos Aires, la represión desatada para sofocar “el conato revolucionario encabezado por los generales Valle y Tanco, y otros militares y civiles adictos al régimen depuesto”.
Por lo que se podía leer “el sargento Rubén Cuitiño, tras una de las tantas denuncias anónimas recibidas durante esa movida madrugada en la comisaría de Floresta, encabeza un procedimiento en busca de posibles conjurados adictos al tirano prófugo en un local de la calle Deán Funes, donde había funcionado una unidad básica. Según los dichos de los dos agentes que lo acompañan, una vez en el lugar lo encuentran cerrado, a oscuras y aparentemente vacío. En esas circunstancias, los policías son sorprendidos por un grupo de entre cuatro y cinco personas fuertemente armadas que, saliendo de los dos zaguanes linderos al local, los encañonan y reducen, despojándolos del arma reglamentaria”.
“Según el testimonio posterior de los agentes Molina y Dipaolo, mientras ellos son golpeados e introducidos en un automóvil, uno de los sujetos, en apariencia el que comanda al grupo, le dice a Cuitiño: ‘Vos, Rubén, te quedás’”.
Es la última vez que lo ven. Molina y Dipaolo son encontrados tres horas después, amordazados y en calzoncillos, haciendo dedo en la General Paz a la altura de Villa Soldati. Para entonces –aún falta un poco más de dos horas para amanecer– el resplandor del incendio de la ex unidad básica de la calle Deán Funes ilumina el vehículo policial estacionado en la puerta y agita las sombras de la cuadra. Cuando llegan los ruidosos bomberos, ya no hay mucho que hacer. Los vecinos asomados e insomnes suponen que el local está vacío. Pero no es sí. El cadáver que encuentran en la pequeña cocina está desfigurado por el fuego y sólo lo reconocen por la chapa policial. Estaba esposado a la canilla de la pileta. No hubo detenidos entonces. Nunca los habrá.

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