24 Mar 2026
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Nueve de Julio

La huella inborrable


Por Redacción Extra Digital

Existe una huella que no se disuelve con el paso del tiempo ni con los cambios de época. No es un recuerdo en el sentido convencional, sino una inscripción más profunda, casi física, que permanece alojada en el cuerpo y se manifiesta aun cuando la conciencia parece ausente. Esa marca, que algunos especialistas denominan huella mnémica, reaparece de manera inesperada en quienes atravesaron experiencias límite, especialmente durante los años más oscuros de la historia argentina reciente.
Un episodio ocurrido hace poco más de dos años en el Hospital Italiano resulta elocuente. Durante una intervención quirúrgica de columna, y en el momento de la salida de la anestesia, un paciente —todavía inconsciente— comenzó a gritar con intensidad, evocando escenas de tortura vinculadas a su paso por el centro clandestino de detención conocido como El Olimpo. La reacción, involuntaria y ajena a cualquier elaboración racional, expuso con crudeza hasta qué punto el pasado puede irrumpir sin mediaciones en el presente. Ese tipo de manifestaciones no constituye una excepción, sino más bien un síntoma persistente. Durante la última dictadura militar, centenares de detenidos pasaron por ese lugar y la mayoría no sobrevivió. Quienes lograron hacerlo, arrastran desde entonces una memoria que no siempre encuentra palabras, pero que permanece activa como una señal indeleble.
Lejos de las simplificaciones, los testimonios coinciden en un rasgo singular: no predomina en ellos el odio, sino una conciencia aguda del carácter excepcional de la supervivencia. Esa percepción, en muchos casos, derivó en una transformación íntima, como si la experiencia extrema hubiera modificado no solo la memoria, sino también la relación con el sentido de la propia existencia.

A cincuenta años del golpe del 24 de marzo de 1976, abundan los análisis históricos, las revisiones académicas y las disputas interpretativas. Sin embargo, el testimonio directo conserva un valor insustituible. No reemplaza al análisis, pero lo completa con una dimensión que escapa a las categorías tradicionales: la vivencia. En ese marco reaparecen nombres que remiten a la estructura de poder de entonces, como Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera o Ramón Camps. Figuras que encarnaron un sistema represivo cuya lógica combinaba brutalidad, arbitrariedad y, en no pocos casos, una notable precariedad conceptual. La distancia histórica permite advertir no solo la dimensión criminal de sus actos, sino también las inconsistencias que atravesaban muchas de sus decisiones.
Esa combinación de violencia y desvarío tuvo consecuencias concretas. Desde la censura de publicaciones periodísticas por motivos triviales hasta la formulación de hipótesis de conflicto sin sustento real, el régimen fue acumulando errores que contribuyeron a su progresivo deterioro. El desenlace quedó expuesto tras la Guerra de Malvinas, que selló el fracaso político y militar de la dictadura. A diferencia de otros procesos autoritarios en la región, el caso argentino concluyó con una deslegitimación profunda. Esa condición hizo posible que, con el retorno democrático, el gobierno de Raúl Alfonsín impulsara el juicio a las juntas militares, un hecho singular en la historia contemporánea. No fue solo una decisión institucional, sino la respuesta a una demanda social que exigía establecer responsabilidades.

Sin embargo, la clausura formal de una etapa no implica la desaparición de sus efectos. Las huellas permanecen, a veces visibles, otras latentes. La memoria no es un ejercicio estático ni un patrimonio exclusivo del pasado; es una dimensión activa que interpela al presente.
En ese contexto, el periodismo crítico continúa ocupando un lugar incómodo. No por vocación de confrontación, sino porque su naturaleza consiste en cuestionar las certezas absolutas y resistir las verdades únicas. Esa función, esencial para la vida democrática, suele generar resistencias en quienes conciben el poder como un espacio exento de escrutinio.
La Argentina contemporánea es sustancialmente distinta de la de aquellos años, pero algunas tensiones persisten bajo nuevas formas. La descalificación del disenso, la dificultad para el diálogo y la tendencia a simplificar la complejidad en consignas revelan que ciertos reflejos no han desaparecido del todo. La diferencia es que hoy esas tensiones se expresan dentro de un sistema democrático que, con todas sus limitaciones, ofrece herramientas para procesarlas.
La huella mnémica, en definitiva, trasciende lo individual. Es también una advertencia colectiva. Recuerda que la historia deja marcas, que el pasado no se evapora y que, incluso cuando parece lejano, puede irrumpir con una intensidad inesperada. Comprender esa persistencia no implica quedar atrapado en ella, pero sí reconocer que ninguna sociedad puede proyectarse hacia el futuro sin asumir, con lucidez, las señales que provienen de su propia memoria.

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