Por Javier Pappalardo
Las democracias no suelen desplomarse con estruendo. Se erosionan en silencio. El desgaste es lento, casi imperceptible, y cuando se advierte ya forma parte del paisaje. Ocurre en la política, ocurre en los medios —que hoy son también política— y ocurre, con menos ruido pero con mayor profundidad, en el sistema educativo. Allí donde antes se ejercitaba el arte de pensar con otros, comienza a imponerse una pedagogía de la ejecución, de la estandarización y del cumplimiento auditado.
El problema no es la tecnología ni la profesionalización docente. Tampoco lo es la legítima aspiración a la eficiencia o la calidad. El dilema aparece cuando esos instrumentos, concebidos como medios, se transforman en fines. Cuando el error molesta, la duda hace perder tiempo y la pregunta incomoda, el aula deja de ser un espacio de búsqueda y se convierte en una línea de montaje cognitiva. El modelo clásico de profesor —errático, apasionado, dispuesto a detener la clase para discutir una hipótesis improbable— es reemplazado por una figura más aséptica: el operador educativo. Gestiona procesos, cumple indicadores, verifica resultados. No duda: certifica. La obediencia epistemológica sustituye al riesgo intelectual. La inteligencia se reduce a estrategia; no se trata de comprender sino de aprobar.
En algunos campus virtuales de la región, cursos idénticos se distribuyen a miles de estudiantes por cuatrimestre. Los docentes eligen entre comentarios preaprobados para asegurar coherencia en la evaluación. Los contenidos vienen empaquetados: video, foro, cuestionario de opción múltiple, plazo, rúbrica cerrada. Equidad garantizada. Consistencia asegurada. Margen de intervención humana, mínimo.
Nada de esto sería alarmante si el diseño permaneciera subordinado al juicio pedagógico. Pero cuando el sistema no permite avanzar al siguiente módulo si el alumno no reproduce palabra por palabra la definición oficial de un concepto, la comprensión deja de ser el objetivo. Se premia la fidelidad literal; se penaliza la formulación personal. La estandarización cumple su promesa de control, pero empobrece la apropiación crítica del saber.

En certificaciones corporativas y cursos masivos en línea —los llamados MOOCs— millones de estudiantes producen trabajos evaluados por otros estudiantes bajo grillas rígidas. El juicio académico se desliza hacia el chequeo automático: encaja o no encaja. Pensar algo nuevo deja de ser central. La ilusión del progreso se confunde con la perfección estadística.
El periodista y ensayista estadounidense Sydney J. Harris advirtió que el peligro no era que las máquinas pensaran como hombres, sino que los hombres comenzaran a pensar como máquinas. El siglo XXI parece confirmar esa intuición. El aula pensada como protocolo —aunque se presente bajo el lenguaje de la innovación— se asemeja cada vez más a un restaurante de comida rápida: consistencia, volumen y velocidad a cambio de sabor y sorpresa. El estudiante aprende a sobrevivir en este ecosistema. Domina el arte de parecer que sabe. Cita autores que no leyó, reproduce conceptos que no asimiló y produce textos que reflejan lo que el sistema espera. Formalmente correctos, esencialmente vacíos. La validación reemplaza al conocimiento.
Los informes de calidad son impecables. Las tasas de aprobación crecen. Las plataformas registran actividad constante. Todo funciona. Pero el pensamiento crítico —ese temblor necesario— se vuelve una rareza estadística. El error, que durante siglos fue el tropiezo fecundo del aprendizaje, desaparece junto con lo humano cuando se lo elimina en nombre de la eficiencia. Hay además una dimensión política que no conviene soslayar. Un sistema educativo que desalienta la duda produce ciudadanos menos inclinados a interpelar el poder. La pedagogía de la repetición —aunque se vista de neutralidad tecnológica— moldea subjetividades funcionales al orden existente. Cuando la evaluación premia la adhesión literal y no la elaboración crítica, el pensamiento deja de ser herramienta de emancipación para convertirse en mecanismo de adaptación.
Por eso la discusión no es técnica sino cultural. No se trata de rechazar plataformas ni métricas, sino de recordar que el conocimiento auténtico siempre contiene un margen de incertidumbre. Educar es exponer a la incomodidad de no saber todavía. Si el aula elimina ese temblor en nombre de la eficiencia, puede que gane en prolijidad, pero pierde en profundidad. Y una sociedad que renuncia a la profundidad intelectual difícilmente pueda sostener, en el tiempo, la vitalidad de su democracia. Porque enseñar nunca fue administrar contenidos. Fue encender preguntas. Y el verdadero riesgo no es que las respuestas estén automatizadas, sino que hayamos olvidado qué preguntas merecían ser formuladas.





