La confianza también se devalúa

Los aliados históricos de Washington redistribuyen en silencio sus dependencias en defensa, energía y tecnología. El debate sobre si el orden que rigió durante ochenta años se está reordenando dejó de ser académico, y para los países proveedores de alimentos y recursos la respuesta importa tanto como en las capitales que lo discuten.

Hay monedas que no cotizan en ninguna pantalla y sin embargo mueven más que todas las que cotizan. La confianza entre naciones es una de ellas. Se acumula despacio, a lo largo de décadas de tratados cumplidos y paraguas sostenidos, y puede perder valor en mucho menos tiempo del que costó juntarla. Esa es la discusión que hoy atraviesa a las cancillerías del mundo, y que un exfuncionario de la Casa Blanca acaba de plantear con crudeza en las páginas del New York Times.
Jon Finer, que fue asesor adjunto de seguridad nacional del gobierno anterior al actual, sostiene que los socios históricos de Estados Unidos han empezado a tratarlo con la misma lógica de precaución que hasta hace poco reservaban para sus rivales. Recuerda que en 2023 Europa diseñó toda una estrategia para reducir su dependencia de China, y observa que tres años después ese mismo manual se está aplicando, con discreción y sin anuncios, al aliado de toda la vida. Mientras los gobiernos europeos moderan el tono en público, escribe, por debajo fortalecen sus propias industrias de defensa, de energía y de tecnología, y diversifican sus relaciones con otras naciones. Y añade que el movimiento no se limita a Europa, porque los socios de Washington en Asia y en Medio Oriente estarían recorriendo el mismo camino sin decirlo en voz alta. El costo de ese repliegue ajeno, advierte desde el propio título de su columna, lo terminarán pagando los estadounidenses.

El diagnóstico tiene una lógica difícil de descartar. Durante ocho décadas, el orden internacional funcionó sobre una premisa sencilla que casi nadie se molestaba en enunciar porque parecía obvia. La protección militar americana y el acceso a su mercado y a su tecnología eran bienes estables, y sobre esa estabilidad los demás países construyeron sus presupuestos de defensa, sus matrices energéticas y sus cadenas de suministro. Cuando la premisa se vuelve incierta, cada gobierno hace lo que haría cualquier administrador prudente con un proveedor que se volvió imprevisible. No rompe el contrato, pero empieza a cotizar alternativas. Nadie firma el divorcio; todos abren cuentas separadas.
La tesis contraria también tiene sus argumentos, y conviene escucharlos antes de dar nada por consumado. Los pronósticos sobre el declive americano acumulan medio siglo de fracasos, desde los años en que Japón iba a comprarse el mundo hasta los que le adjudicaron a la eurozona un futuro que nunca llegó. El dólar sigue siendo la moneda en la que el planeta ahorra y comercia, sin sustituto a la vista. Las tecnologías que definirán la próxima década siguen naciendo mayoritariamente en laboratorios y empresas de Estados Unidos. Y buena parte del distanciamiento que se proclama en las cumbres es todavía más retórica que presupuesto, porque construir una industria de defensa o una matriz energética autónoma lleva décadas, no comunicados. Quienes sostienen esta lectura no niegan el malestar de los aliados, dudan de que el malestar alcance para torcer inercias de ochenta años.

Entre ambas lecturas hay un punto en el que casi nadie disiente, y es el que importa retener. Se haya iniciado o no un reordenamiento profundo, los países que pueden elegir están eligiendo depender un poco menos de cualquier socio único, sea cual fuere. La lección que las capitales extrajeron de la pandemia, de las guerras recientes y de la volatilidad arancelaria es la misma que cualquier productor agropecuario conoce desde siempre. No se le venden todos los terneros al mismo comprador, por bueno que haya sido el precio del año pasado.
Para la Argentina, y para las regiones que producen lo que el mundo compra, ese reacomodamiento silencioso tiene dos caras. Un mundo que redistribuye confianza es un mundo que busca proveedores nuevos de alimentos, de energía y de minerales, y esa búsqueda favorece a quien esté en condiciones de ofrecer previsibilidad, que es exactamente el bien que está escaseando. Pero es también un mundo más áspero, donde las potencias exigen definiciones y castigan ambigüedades, y donde alinearse por completo con un solo polo puede salir tan caro como no alinearse con ninguno. La ventana existe y la vara subió al mismo tiempo.
La columna de Finer termina siendo, más que un pronóstico, una advertencia sobre el activo más difícil de reconstruir. Las flotas se reponen, los aranceles se derogan, los tratados se renegocian. La confianza, en cambio, tiene la misma propiedad entre naciones que entre personas. El que la perdió puede volver a merecerla, pero ya no puede exigirla. Y mientras esa cuenta se salda en las capitales del mundo, a los países como el nuestro les toca la parte más antigua del oficio de ser confiables, que es serlo cuando nadie lo mira y sostenerlo cuando cambia el clima.

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