La moneda que no imprime el Banco Central

El petróleo desplazó a la soja del podio exportador y con ese movimiento se corrió algo más profundo. La energía se volvió el idioma con el que el Gobierno negocia con Washington, y ese giro está redibujando el mapa del poder en la Argentina.

Hay estadísticas que son economía y hay estadísticas que son política. La que publicó el INDEC sobre mayo pertenece a la segunda categoría. Por primera vez, y en plena temporada de cosecha gruesa, la Argentina exportó más petróleo crudo que maíz y soja. El crudo sin procesar representó el 12,3% del total vendido al exterior y relegó al maíz y a la harina de soja al segundo y tercer puesto. Las ventas de petróleo alcanzaron los 1.172 millones de dólares, un salto interanual del 322%, y la balanza energética cerró con un superávit récord de 1.543 millones. En cualquier otro país sería una curiosidad para analistas de comercio exterior. En la Argentina, donde el campo fue durante un siglo la caja del Estado y el actor con mayor capacidad de veto de la vida pública, es un reordenamiento del tablero.
Conviene recordar la vieja aritmética. Cada gobierno argentino gobernó, en última instancia, con los dólares del agro. Esa dependencia le dio al campo un poder que se midió en rutas cortadas, en la Resolución 125, en cada pulseada por retenciones. Cuando aparece una segunda canilla de divisas, y aparece con este volumen, el precio político de enfrentarse con la primera baja. Nadie lo dice en voz alta en la Casa Rosada, pero el dato de mayo modifica la conversación interna del poder tanto como la externa.
La conversación externa es la más visible y la más novedosa. Desde el salvataje financiero que el Tesoro norteamericano armó para la Argentina a fines de 2025, el Gobierno entendió que necesitaba algo más que afinidad ideológica para sostener el vínculo con Washington. Lo encontró bajo tierra. El acuerdo marco de comercio e inversión firmado con Estados Unidos incluye cooperación en minerales críticos y un compromiso llamativo de trabajar para estabilizar el comercio global de soja, una cláusula que en los hechos funciona como paraguas para el grano argentino en un mercado donde Trump negocia con Xi Jinping la compra china de petróleo y productos agrícolas estadounidenses. A eso se sumó que el EXIM, el banco de exportación e importación norteamericano, reabrió en febrero el financiamiento para operaciones con empresas argentinas del sector público y privado. Y en paralelo avanza la pata nuclear, con la negociación de un nuevo acuerdo de cooperación sobre usos pacíficos de la energía atómica que reemplazará al convenio vigente hasta 2027 y un plan que gira en torno a reactores modulares pequeños, con la construcción del primero en el predio de Atucha. Un reactor, un embarque de gas, un funcionario del Fondo conforme, una tonelada de soja. El patrón se repite toda la semana. La Argentina encontró una moneda de cambio que el Banco Central no imprime.

El giro tiene un mérito que sería injusto negarle al Gobierno. Milei llegó al poder con una política exterior de pizarrón, hecha de gestos ideológicos, y terminó ejerciendo un pragmatismo transaccional que le dio un poder de negociación que la Argentina no tuvo en décadas. Negociar con activos rinde más que negociar con promesas, y por primera vez en mucho tiempo el país se sienta a la mesa con algo que el otro lado necesita.
Pero la trastienda de este poder nuevo tiene también su cuenta de gastos, y ahí es donde el oficialismo prefiere no detenerse. La Comisión Nacional de Energía Atómica atraviesa un desguace con despidos, el proyecto CAREM paralizado y la puesta a disposición de privados de instalaciones, yacimientos y documentación técnica, mientras la oposición en Diputados ensaya una estrategia similar a la que volteó los decretos que desmantelaban el INTI y el INTA, con proyectos de protección del sistema nuclear presentados por distintos bloques. Para el Gobierno se trata de atraer capital a un sector paralizado. Para sus críticos, de ceder a manos privadas norteamericanas un conocimiento que el Estado acumuló durante setenta años. Las dos lecturas merecen ser escuchadas, porque la diferencia entre diplomacia y dependencia se juega precisamente ahí, en quién conserva la llave de lo que se negocia.
Queda un dato final que la euforia oficial tampoco subraya. Tras el acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, el barril retrocedió más de un 40% desde su pico de marzo y perforó los 80 dólares. El poder que se construye sobre un precio internacional hereda la volatilidad de ese precio. Y el que se construye sobre la sintonía con una sola capital extranjera hereda los humores de esa capital.
La moneda nueva existe y es genuina. La pregunta política, la que va a ordenar los próximos años, es quién la administra, con qué controles y a qué costo. Porque en la Argentina las bendiciones exportadoras nunca fracasaron por falta de recursos. Fracasaron por la tentación de gastarlas dos veces.

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