7 Ene 2026
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Nueve de Julio

Una tumba en Venezuela o una cárcel en EEUU

Por Redacción Extra Digital

Del poder absoluto al encierro sin épica: el final más cruel para un líder que gobernó en nombre de la soberanía.

El traslado de Nicolás Maduro al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, una de las cárceles federales más duras y cuestionadas de Estados Unidos, expone un desenlace político que va más allá de lo judicial y plantea un dilema incómodo: frente a ese encierro, incluso morir en el propio país habría preservado algo de poder y relato.

No todos los finales son iguales. Algunos líderes caen en su tierra, rodeados de símbolos, funerales de Estado y relatos épicos que intentan fijar una versión de la historia. Otros terminan lejos, sin control del discurso y bajo custodia extranjera. El destino de Nicolás Maduro pertenece a esta última categoría, la más devastadora desde el punto de vista político.

El traslado del mandatario venezolano al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn no es solo un paso procesal dentro del sistema judicial estadounidense. Es, ante todo, una escena cargada de simbolismo. El MDC no es una prisión más: se trata de un penal federal de detención preventiva señalado desde hace años por sus duras condiciones de reclusión, por reiteradas denuncias de organismos de derechos civiles y por una lista de internos que incluye a algunos de los nombres más notorios del crimen organizado, la corrupción internacional y el espectáculo global.

Por sus celdas pasaron Joaquín “El Chapo” Guzmán, Ismael “El Mayo” Zambada y otras figuras que conocieron el poder o la fama antes de caer en desgracia. Allí no hay privilegios, no hay excepciones ni atenuantes simbólicos. El régimen es estricto y la lógica es clara: todos los detenidos son iguales frente a las normas internas.

Para un dirigente que construyó su identidad política sobre el discurso de la soberanía, el antiimperialismo y la confrontación permanente con Estados Unidos, el desenlace resulta demoledor. Maduro no terminó su ciclo en Caracas ni rodeado de los rituales del poder que durante años monopolizó. Terminó en una celda federal, bajo jurisdicción extranjera y sin margen para administrar su propio final.

De ahí que la comparación resulte inevitable y profundamente política. Frente a una cárcel como la de Brooklyn —asociada al encierro extremo, a la pérdida total de estatus y a la erosión de cualquier épica—, la historia latinoamericana ofrece una lección incómoda: incluso una tumba en el propio país puede preservar algo del mito, del relato y de la soberanía simbólica. El cautiverio en una prisión extranjera, en cambio, los pulveriza.

Para el chavismo, el golpe no es solo judicial. Es cultural, simbólico y definitivo. El poder que se presentó como eterno terminó lejos, en silencio y sin épica. Entre una tumba en Venezuela y una cárcel en Estados Unidos, la historia eligió el final más despiadado.

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