En un arranque de audacia imperial, la administración Trump reafirma su dominio sobre América Latina y extiende sus ambiciones a Groenlandia. Con la doctrina Monroe como bandera y el repaldo de su entorno, el presidente de EE.UU. no oculta su propósito de reafirmar su control sobre lo que considera su «hemisferio».
El segundo gobierno de Donald Trump no tiene misterio, ni reservas. Sus funcionarios hablan con un descaro que refleja el estilo del presidente: directo, provocador, sin filtros. En un mundo cada vez más polarizado, la Casa Blanca parece actuar como un imperio que avanza sin freno. La reciente frase de Marco Rubio, secretario de Estado, que publicó en X: “El hemisferio es nuestro”, no es solo una provocación más, sino una reafirmación de la doctrina Monroe, que ha marcado la política exterior estadounidense desde el siglo XIX. Pero esta vez, la cosa va más allá de la retórica diplomática.
Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, se presenta como el rostro visible de la expansión imperial en América Latina. Con un pie en Caracas, a pesar de los fracasos de la diplomacia estadounidense en Venezuela, Rubio no tiene reparos en mostrar su ambición de «recuperar» lo que considera territorio natural para los EE.UU. Si bien su trayectoria está marcada por decisiones cuestionables, como su implicación en el secuestro de Nicolás Maduro, lo que resulta más claro es su mensaje: «América Latina es nuestra», una declaración que resuena fuerte en la política estadounidense.
El tono desafiante de la administración Trump es inconfundible. Como si se tratara de una suerte de Scarface del mundo real, los funcionarios más cercanos al presidente despliegan una “fiesta” imperial donde las reglas del juego son completamente distintas. Esta vez no se trata de la democracia ni el narcotráfico, sino de la soberanía y el dominio geopolítico. Los EE.UU. han tomado una postura agresiva, sin disimulos, y mientras tanto, los principales actores internacionales como Rusia o China, que deberían ser los contrapesos naturales, se mantienen en silencio, dejando hacer. Se dice que hay una Yalta II en proceso, pero muchos se preguntan si no se debe más a la simple prudencia de no poner freno a un poder que podría resultar incontrolable.
En medio de este clima de tensiones, el Consejo de Seguridad de la ONU se ha mostrado casi como un espectador impotente. La reciente ofensiva militar de EE.UU. en Venezuela, que se saldó con el secuestro de Maduro, no ha hecho más que poner de manifiesto la brecha entre las expectativas internacionales y la política estadounidense. Samuel Moncada, embajador de Venezuela ante la ONU, no dudó en calificar la operación como una violación directa de la soberanía venezolana, pidiendo que se exija respeto por la inmunidad del presidente Maduro y su esposa, Cilia Flores. Sin embargo, Mike Waltz, representante de EE.UU. en la ONU, dejó en claro que para ellos, no se trataba de invasión, sino de una “operación policial”, reafirmando que el hemisferio occidental sigue siendo una extensión del dominio estadounidense.
Mientras la diplomacia se debate entre el rechazo y el silencio, Europa parece mirar desde la distancia. Aunque Pedro Sánchez y otros países latinoamericanos se unieron en un llamado a la paz, el bloque europeo sigue siendo renuente a admitir la creciente expansión de EE.UU. hacia Groenlandia, otra de las próximas piezas en el tablero de ajedrez imperial. Mette Frederiksen, la primera ministra de Dinamarca, reaccionó a las intenciones de Trump con la claridad de quien conoce el peso de la historia: «Si EE.UU. ataca Groenlandia, todo se acabará». Se refería, por supuesto, al mecanismo de seguridad de la OTAN, pero lo que no dijo es que, de concretarse el ataque, la OTAN podría quedar atrapada en una guerra que no podría ganar.
Mientras todo esto sucede, Maduro y su esposa están en medio de un proceso judicial que podría hacer tambalear aún más su gobierno. Los vínculos de Trump con el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico, muestran que la política exterior estadounidense no tiene una moral definida, sino un pragmatismo que se ajusta a sus intereses. Como respuesta a los cuestionamientos sobre el perdón otorgado a Hernández, Trump argumentó que apoyó a un aliado, como lo hizo en Chile y Argentina, dejando claro que la política exterior se mide según las conveniencias electorales.





