En el escenario global actual, pocas cuestiones reflejan tan claramente el cambio de poder en el sistema mundial como el renovado interés de Estados Unidos por Groenlandia. A menudo, la política exterior de grandes potencias como la estadounidense se reduce a lo que parecen ser caprichos geopolíticos momentáneos, pero en este caso, lo que está en juego es mucho más profundo y estratégico. El dominio de esta isla del Ártico está directamente relacionado con el calentamiento global y las nuevas rutas de navegación que este fenómeno está abriendo en el Mar Ártico.
No es un secreto que el cambio climático está alterando la geografía del planeta, derritiendo los vastos glaciares de la región polar y, con ello, transformando las rutas marítimas globales. En un futuro cercano, el Ártico será una vía crucial para el comercio internacional, conectando las costas de América del Norte con Asia y Europa. La importancia de Groenlandia no reside únicamente en su ubicación estratégica, sino en su acceso a estas rutas comerciales emergentes, ahora libres de hielo. Para Estados Unidos, con el dominio de la región polar, se abre la oportunidad de asegurar el control de estas nuevas arterias comerciales, vitales para su supremacía económica.
Lo que está en juego, sin embargo, va mucho más allá de una simple cuestión de navegación. La creciente presencia de potencias rivales en la región, especialmente Rusia y China, ha agudizado la competencia por el control del Ártico. En este contexto, Groenlandia, que está bajo soberanía danesa pero con un grado significativo de autonomía, se convierte en un objetivo geopolítico prioritario para Washington. Rusia, con su avanzada militarización del Ártico y sus flotas de navegación en expansión, ya ha señalado su interés en la región, mientras que China, con su «Iniciativa de la Franja y la Ruta», ha comenzado a disputar también la influencia en el Ártico, buscando nuevas rutas comerciales hacia Europa y América del Norte.
Recientemente, el presidente Donald Trump reafirmó su intención de que Estados Unidos adquiera Groenlandia, calificándolo como una «prioridad de seguridad nacional». El secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó ante el Congreso que el gobierno está elaborando un «plan actualizado» para la adquisición. Tanto la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, como el gobierno autónomo de Groenlandia han sido tajantes: «Groenlandia no está en venta». Insisten en que el futuro de la isla solo puede ser decidido por sus propios habitantes. Y en este sentido, la Casa Blanca no ha descartado el uso de la fuerza militar como una «opción disponible», lo que ha generado una fuerte condena de la Unión Europea y otros aliados de la OTAN. La actual postura de la administración estadounidense ha pasado de ser una propuesta económica a una retórica de «seguridad nacional», lo que ha elevado el tono del conflicto con sus aliados europeos.
La necesidad de Estados Unidos de garantizar su dominio en la región es clara, especialmente cuando se considera que estas potencias rivales ya están aprovechando el deshielo del Ártico para sus propios fines estratégicos. La administración estadounidense ha mostrado en repetidas ocasiones su interés en reforzar su presencia militar en la zona, lo que no solo tiene implicaciones económicas, sino también de seguridad nacional. El control de Groenlandia, en este sentido, no sería solo un ejercicio de influencia geopolítica, sino una pieza clave en la disputa por el futuro de las rutas de navegación del Ártico, un punto crucial en la nueva geopolítica global.





