La tasa que no se publica

Por Javier Pappalardo

Hay una variable que no aparece en ningún cuadro y que sin embargo se paga puntualmente. Aparece cuando un productor firma un alquiler por una campaña en lugar de por tres. Aparece cuando un contratista posterga la máquina que ya necesita y arregla la vieja una vez más. Aparece cuando un banco arma la línea a doce meses en lugar de a treinta y seis y el que la toma acepta sin discutir, porque piensa lo mismo. Nadie la publica y todo el mundo la conoce. Es lo que cuesta un calendario político que todavía no cerró.
La economía descuenta el futuro, y para descontarlo necesita ponerle un número a lo que podría pasar. Cuando eso es posible se llama riesgo, se calcula y hasta se asegura. Cuando el futuro admite dos o tres versiones tan distintas que no hay forma razonable de asignarles probabilidad, deja de ser riesgo y pasa a ser incertidumbre, que no se asegura y por lo tanto se cubre del único modo disponible, acortando plazos y pidiendo más margen. Esa protección se cobra por adelantado aunque el escenario malo nunca llegue. La incertidumbre se paga igual, en las tres versiones del futuro.
De dónde viene hoy esa incertidumbre se ubica sin mucho esfuerzo. Sacada del tablero la economía mundial, que va a seguir con sus tasas y sus precios varios meses más, y sacados los cisnes negros, que por definición no entran en ningún cálculo, quedan tres personas construyendo escenarios. Todos los demás esperan que alguna de ellas mueva.
La primera es Milei. La jugada declarada es la reforma del sistema electoral, con un objetivo que nadie disimula, ganar en primera vuelta y evitar el balotaje, donde se ordena todo lo que hasta ese momento estaba disperso en contra. Hasta ahí la claridad. Después empieza lo que en el oficialismo nadie tiene resuelto, la suspensión de las primarias, que ordena la oferta propia y a la vez le regala al adversario una fecha para medirse sin costo, y la provocación a los de adentro, que se paga en la misma moneda en que se cobra. Van y vienen. Y mueven primero igual.
Después está Cristina, y acá alcanza con poco. Tiene un objetivo y lo digo sin adornos. Que Kicillof no sea presidente. Lo demás que se le atribuye está subordinado a eso. Y está Kicillof, que hace la plancha. Ese es el plan completo. No confrontar, no adelantar posición, y dejar que el desgaste haga el trabajo que la confrontación haría peor.

Queda una cuarta hipótesis, el acuerdo. Que las dos piezas del peronismo terminen convergiendo es posible y hay precedente, porque en 2019 Cristina resolvió un problema idéntico eligiendo ella misma al candidato que la encabezaba. Aquello funcionó un tiempo y después dejó de funcionar de un modo que todavía se está pagando. Si llega, va a llegar en los términos que fije quien tiene la iniciativa.
Acá corresponde una objeción honesta. Todo año electoral produce indefinición, en la Argentina y en cualquier democracia, y llamar anomalía a eso sería exagerar. Puede sostenerse incluso que una reforma que asegure resultado en primera vuelta acortaría el período de incertidumbre en lugar de estirarlo. El argumento es válido y hay un dato que lo respalda, porque el riesgo país cerró julio en torno a los cuatrocientos diez puntos, cerca de sus valores más bajos desde 2018, y a fines de mes Moody’s mejoró la calificación soberana de Caa1 a B3. Para el financiamiento externo la Argentina está mejor que en años.
Y sin embargo, adentro pasaba otra cosa. Los patentamientos de tractores, cosechadoras y pulverizadoras cerraron el primer semestre en 3.303 unidades, un 1,9 por ciento menos que el año pasado, y en junio se registraron 480 máquinas, un 32,4 por ciento menos que en mayo, según ACARA. La producción del sector había caído más del treinta por ciento en el primer trimestre, y la Bolsa de Comercio de Rosario atribuye el comportamiento a la cautela en las compras, a la espera de definiciones. En los arrendamientos de Córdoba para la campaña 2026/27, el pago semestral ya explica el 28 por ciento de los contratos y el mensual el 21. La brecha es la que interesa. El costo de fondearse afuera bajó y el horizonte de decidir adentro se acortó igual.

La explicación es que el riesgo país mide una sola cosa, la probabilidad de que el Estado no le pague a sus acreedores. No mide si va a haber primarias, ni con qué reglas se vota el año que viene, ni quién gobierna la provincia en 2028. Esa segunda incertidumbre no cotiza en ninguna pantalla y se paga en otra moneda, la del plazo. Un año de siembra, cinco de maquinaria, diez de una mejora en un campo o en una planta. Cada fecha nueva que la política agrega en el medio corre esas tres decisiones un casillero, y la inversión que se posterga no se anuncia en ninguna parte, no ocurre, y por eso no aparece en las estadísticas de los martes.
Acá la cuenta se hace todos los días y con nombre propio. El productor que decide si renueva la sembradora. El acopiador que calcula cuánto adelanta contra entrega. La fábrica de alimentos que evalúa un turno más. El comercio de la avenida que mira el movimiento de agosto para saber si toma un empleado. Ninguno participa en la discusión sobre las primarias abiertas y todos ajustan sus decisiones al resultado de esa discusión. Los tres que hoy parecen dueños de la partida son los únicos que están pensando escenarios, y por eso tienen la iniciativa. Lo que no tienen es la factura. La espera la pagan los que no están sentados a la mesa, en una tasa que ningún organismo publica y que en esta zona se conoce bastante bien.

Últimas noticias

El gobierno tiene miedo

Por Carlos Graziolo Sin que resulte necesario justificar a nadie, cierto grupo de funcionarios detenta una evidente dependencia económica al...

Noticias relacionadas