26 Ene 2026
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Nueve de Julio

La refacción de la casa, ese drama

Por Carlos Graziolo



Dicen que es una cosa sencilla. Pero no. Como a usted no le alcanzó la plata para cambiar de casa y a veces ni quiere, porque se encariño con SU casa, encara la gloriosa, deseada, pero también temida refacción.La que puede consistir en cambiar los artefactos del baño, hacerla cocina nueva, reformar el garaje para que entre no solo el auto y las bicicletas de los chicos, sino el negocio de su señora; tirar paredes abajo para agrandar el living y el comedor o hacer una piecita en el fondo. Pero para que la refacción sea, se necesita de un Pacto Social o sea varios gremios que harán y deshacerán la cosa (o la casa). Y también se necesitará de un propietario -que podría ser usted- que pondrá la casa, la plata, su teléfono para pedir materiales, el auto para ir a buscar algunos materiales -que siempre le faltan a los albañiles- la úlcera y muchas veces pondrá también la mediación personal (esa suerte de Cardenal Samoré) que se necesita para laudar entre su mujer (o su marido si prefiere) y el arquitecto; o entre su mujer (o su marido) y los albañiles y el plomero y el electricista y el que pone los pisos o pule y el que pinta o entre todos ellos y el arquitecto o entre ellos entre sí, porque para sacarse el cuero, vea, como mandados a hacer; o también entre los integrantes del Pacto Social, que le decía y el vecino. Porque en toda refacción siempre hay un porcentaje de problemas en los que se involucra al vecino: “que la medianera, que el polvillo, que los escombros, que ¿Cómo entramos el material hasta el fondo si en el living nuestro no hay espacio para pasar? Etc. etc. etc.

Mire lector/ra, cuando uno encara la refacción de la casa, también debería prever contratar a un abogado porque pueden ocurrir dos cosas: 1) divorcio con su mujer o marido o 2) pleito con refaccionadores y vecino o 3) ambas cosas a la vez. Claro que si le ocurren estas dos cosas juntas usted habrá aquilatado la suficiente experiencia como para escribir un libro sobre “Como encarar o no encarar una refacción”.
Famoso es el consejo de aquel arquitecto que ante la consulta de un amigo sobre la refacción de su casa le propuso que se divorciara, porque era mejor ahora que andaban bien con su esposa y no después cuando estuvieran en medio de los escombros tirándose cascotazos.

Y es así, porque uno piensa y cree a pie juntillas que la cosa es fácil: “bajamos la ventana, sacamos la mesada, quitamos los azulejos viejos, levantamos el piso y ponemos la cerámica esmaltada y chau…” Entonces viene la parte donde usted, que se cree vivo para todo y que se las sabe todas, se deja convencer. Junta la plata y comienza su relación con el albañil, primero y principal funesto personaje, que seguro le recomendó alguien que no lo quiere mucho (a usted).

Sacando los azulejos

el albañil -ya contratado- lo primero que le dirá será que lo que usted quiere hacer es una pavada; que él hizo muchísimas cosas, no como esas, sino más importantes que esa, como para achicarlo y le pasará un presupuesto como si usted construyera una represa de itaipú en el fondo de su casa. Si usted intentara reclamar, él se excusará: “el presupuesto que yo le pase es por un trabajo bien hecho, pero si quiere algo más económico, le mando a otro que cobra más barato” y aquí usted se acuerda de aquel antiguo refrán ‘lo barato sale caro’. Y accede. Y pierde la primera batalla en la guerra de la refacción.

Removiendo el piso

el albañil, ‘toco’ en mano -adelanto que le llaman- se va avisando que comenzará el lunes.
Y antes del lunes siempre estará el domingo. Día en que su mujer y usted de colaborador inmediato vaciará las alacenas de la cocina, descubriendo cacerolas y artefactos que no usa desde los primeros meses del matrimonio, cosas que ocuparán un enorme volumen sobre la mesa del comedor, donde se ubicarán “provisoriamente” cubiertas por un lienzo. Cerca de la medianoche del domingo -sin poder ver los goles del domingo, se irán a dormir soñando con la cerámica esmaltada en una cocina nueva, donde ahora solo quedan a la espera de la refacción algún mueble condenado y un par de cucarachas muertas.

El lunes, por supuesto, el albañil no aparecerá ni tampoco aparecerá la palita de la basura, ni la espumadera, que usted y su mujer/marido buscarán como locos debajo de un montón de cosas sueltas. La situación se repetirá a lo largo del día, haciendo pico a la noche, a la hora de cenar, motivando en usted y su familia un humor muy diferente al de la noche anterior. El martes o el miércoles el albañil aparecerá por fin y cuando le pregunten porque no vino dirá algunas de estas explicaciones: a) le tuvo que arreglar el horno de la cocina a la señora; b) no le arrancó la chatita; c) porque perdió Agustín Álvarez; 4) porque tenía otro compromiso.

Pero por fin, cortafierro y maza en mano y con ayudante mediante, la cocina desaparecerá sepultada por una montaña de escombros y usted comenzará a convivir con el señor “polvillo”.
El “polvillo” o polvo habitará en su guardarropas, sus libros, paseará por su casa cuando el albañil transite rumbo al patio a hablar por teléfono o cuando vaya a charlar con la vecina interesada en una changa, pero a la que el albañil prestará tanta atención como si se tratara de levantar un edificio de 30 pisos.

Primera noche

La primera noche de la refacción, cerca de su cama habrá cajas con vajilla, juegos varios y cacerolas. Saltando por sobre ellas llegarán a acostarse. ’Paciencia y pan criollo’ como decía Víctor Sueiro, la cosa recién empieza.

Al día siguiente, el albañil le dirá que la cañería está hecha bolsa y que habrá que buscar un plomero para que le cambie toda la instalación antes de colocar el revestimiento. Acto seguido recogerá sus baldes y reglas, le dejará otras herramientas y partirá más allá de Fauzón a terminar un trabajo que dejó inconcluso a fin del año pasado. Usted iniciará la búsqueda del plomero, señor especialista que pasará un presupuesto dos semanas después, con lo que la refacción -recién iniciada- en los hechos tiene ya más de 15 días. Los escombros siguen tal cual y el ‘polvillo’ ya es como de la familia. La casa está patas para arriba. Porque una cosa es cocinar 2 o 3 días en el lavadero o en el living y otra pasarse dos semanas calentando cosas en un calentadorcito, lavando ollas en la bañera, comiendo pizza seguido y saltando cajas por todos lados.
Después empiezan los reproches: “que la cocina no estaba tan mal”, “que hubieras consultado a otro”, “mirá al que te recomendaron”, “claro, porque vos te borrás y te vas a trabajar” …

Pasarán los días y en alguno de ellos, el plomero terminará; pero claro, el carpintero no le habrá entregado todavía los bajo mesadas y el marmolero le habrá errado en el corte de la mesada.
Entre tanto ir y venir y tanta herramienta dando vuelta se romperán 2 o 3 cerámicas que habrá que cambiar por otras que no serán -por supuesto- del mismo tono. A esta altura del partido usted no querrá saber nada con los chicos durmiendo en el suelo y saltando por todos lados. Su esposa no querrá saber nada con usted ni usted con su esposa ni con el perro y el perro con ninguno. El caos total. Después de varios meses, la cocina estará terminada. También su relación matrimonial. Por eso es bueno contratar a un abogado si piensa encarar la refacción.

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