10 Abr 2026
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Nueve de Julio

¿Estabilizar o asfixiar?

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Por Javier Pappalardo

Hay momentos en los que una economía deja de ser un conjunto de variables y pasa a convertirse en una pregunta incómoda. Argentina está ahí. En ese punto donde la discusión ya no es técnica, sino existencial: ¿se puede estabilizar sin destruir el propio sistema productivo en el intento?
Los últimos informes de bancos internacionales como BBVA y Citigroup encendieron una señal que el mercado ya venía insinuando. La desinflación es más lenta de lo previsto y el dólar comienza a recuperar terreno. A eso se suma un dato imposible de ignorar: el consumo masivo acumula varios meses de caída en términos reales, confirmando que el ajuste ya no es una hipótesis, sino una realidad palpable en la economía cotidiana. No es un desvío menor. Es el indicio de que el programa económico entró en una zona crítica: aquella en la que los instrumentos diseñados para estabilizar empiezan a tensionar la propia estabilidad.
Hoy el dilema es brutal. Con tasas de interés reales positivas —sostenidas por el equipo económico como ancla para contener la inflación y evitar la dolarización— el crédito se encarece, el consumo se retrae y la actividad económica pierde dinamismo. Pero si esas tasas bajan para reactivar, el riesgo es inmediato: presión cambiaria, salto del dólar y traslado a precios. No hay salida limpia. Es una lógica circular: menos actividad implica menor recaudación, menos recaudación exige más ajuste, más ajuste enfría aún más la economía. El resultado es un sistema que empieza a mostrar signos de fatiga estructural.
Pero el problema de fondo no está en las tasas, ni en el dólar, ni siquiera en la inflación. Está en la confianza.
Ningún programa de estabilización se sostiene si no logra algo esencial: que los actores económicos crean en él. Y la confianza no nace del ajuste por sí solo. Nace de una expectativa concreta de crecimiento, de inversión y de futuro.
Porque hay una diferencia decisiva —y muchas veces ignorada— entre estabilizar y estancar. Una economía puede ordenar sus cuentas y, al mismo tiempo, vaciarse. Puede mostrar una inflación descendente mientras el consumo cae, la inversión desaparece y el aparato productivo se contrae. Ese tipo de estabilidad no es equilibrio. Es silencio.
Un silencio inquietante. El de una economía que no estalla, pero tampoco respira.
La verdadera estabilidad es otra cosa: es movimiento. Es crecimiento sostenido, generación de valor, expansión de la actividad. Es la única forma de que el orden macroeconómico no dependa exclusivamente del ajuste permanente.
Argentina ya recorrió este camino. Programas que lograron ordenar variables en el corto plazo, pero que terminaron colapsando por la misma razón: confundieron equilibrio con contracción. Hoy el riesgo es repetir esa historia. Pero con una diferencia: el margen de maniobra es cada vez más estrecho y el desgaste social, mucho más profundo. Porque estabilizar sin crecimiento no es estabilizar: es postergar. Y postergar, en la Argentina, nunca fue gratis.
El verdadero desafío no es bajar la inflación. Es hacerlo sin romper el sistema que tiene que sostenerla en el tiempo. Porque cuando la economía deja de responder, no hay tasa de interés, ancla cambiaria ni programa que alcance: lo que se pierde no es un indicador, es la capacidad misma de crecer.

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