24 Mar 2026
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Nueve de Julio

Cuidar, como acto político

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Hay vidas que, aun atravesadas por la tragedia, conservan una claridad capaz de interpelar al presente. En un nuevo 24 de marzo, cuando la memoria vuelve a ocupar el centro de la escena pública, la figura de Irma Carrica emerge con una vigencia que desborda la evocación histórica. No se trata de un ejercicio nostálgico ni de una reconstrucción museística, sino de una pregunta incómoda: qué lugar ocupa hoy el cuidado en una sociedad que parece haber naturalizado la indiferencia.

La historia de Carrica condensa, en buena medida, las tensiones de un país que nunca termina de resolverse. Nacida en Sampacho en 1926, criada en un hogar atravesado por el trabajo y la temprana ausencia materna, encontró en la enfermería no solo una profesión, sino una forma de estar en el mundo. Se formó en la escuela Cecilia Grierson y desarrolló una trayectoria marcada por la combinación de vocación, capacidad organizativa y compromiso pedagógico. No fue solo una trabajadora de la salud: fue también formadora, gestora y militante.
Como tantos otros, su recorrido político no fue lineal. De origen socialista y con posiciones inicialmente antiperonistas, su mirada se transformó a partir de la experiencia directa del horror. Los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955 no fueron para ella un episodio lejano, sino una escena vivida en carne propia, asistiendo a víctimas de una violencia que redefinió sus convicciones. A partir de allí, su participación en la resistencia peronista y en la organización sindical adquirió un sentido distinto, más ligado a la defensa concreta de la vida que a la abstracción ideológica.

Durante los años de proscripción y conflicto político, Carrica sostuvo una militancia silenciosa pero persistente. Desde su trabajo en el Hospital Rivadavia y su participación en ATE, articuló redes de solidaridad que incluían la localización de presos políticos, el acompañamiento frente a la represión y la construcción de dispositivos comunitarios de salud. En ese entramado, el cuidado no era una consigna: era una práctica cotidiana que desbordaba los límites del sistema sanitario.
Su figura permite, además, iluminar una dimensión frecuentemente relegada: el rol de las profesiones no médicas en el entramado de la salud pública. La enfermería, históricamente atravesada por desigualdades y por una mirada que la reduce a lo vocacional, encuentra en Carrica un ejemplo de jerarquización desde la acción. Su insistencia en la formación, en la organización del trabajo y en la centralidad del paciente anticipa debates que aún hoy permanecen abiertos.

Pero su historia también está atravesada por el desenlace más oscuro de la Argentina reciente. La escalada de violencia política, las fracturas internas y, finalmente, el golpe de Estado de 1976 configuraron un escenario en el que el compromiso se volvió peligro. El 18 de abril de 1977, un grupo de tareas la secuestró en su casa. Desde entonces, permanece desaparecida. Su decisión de quedarse, aun cuando existía la posibilidad del exilio, sintetiza una ética exigente que hoy interpela más de lo que tranquiliza.
Esa interpelación no es sencilla de procesar en el presente. La idea de que “el que no da todo, no da nada” puede resultar ajena a una época más inclinada a la negociación que al sacrificio absoluto. Sin embargo, el núcleo de esa afirmación —la disposición a poner el cuerpo por una causa colectiva— conserva una potencia que excede su formulación literal. Tal vez, en un contexto donde la fragmentación y el desencanto son moneda corriente, la pregunta no sea cuánto estamos dispuestos a dar en términos heroicos, sino cuánto estamos dispuestos a comprometernos de manera sostenida.
En ese punto, el cuidado reaparece como categoría central. No solo en el ámbito sanitario, sino como principio organizador de la vida social. Cuidar implica reconocer al otro, otorgarle valor, asumir una responsabilidad que no se agota en lo individual. Cuando ese principio se debilita, lo que se resiente no es únicamente la calidad de los servicios, sino el tejido mismo de la comunidad.
La Argentina contemporánea ofrece múltiples señales en esa dirección: niveles persistentes de pobreza infantil, dificultades en el sistema educativo, retrocesos en políticas de salud pública. En ese contexto, la evocación de figuras como la de Carrica no debería derivar en una idealización paralizante, sino en una revisión crítica de las prácticas actuales. ¿Qué lugar ocupa el otro en nuestras decisiones? ¿Cuánto hay de compromiso real y cuánto de gesto superficial?
Recuperar su legado, entonces, no es repetir consignas ni congelar una biografía en el bronce. Es asumir que el cuidado puede ser, todavía, una forma de intervención política. Una que no necesita grandilocuencia, pero sí constancia. Una que no promete soluciones inmediatas, pero construye sentido en el tiempo. Porque, en definitiva, la solidez de una sociedad no se mide solo por sus indicadores económicos ni por la eficacia de sus instituciones, sino por la manera en que trata a quienes más necesitan.

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