Por Javier J. Pappalardo
Hay palabras que, dichas en determinados contextos, no son ingenuas. Son, en el mejor de los casos, livianas. En el peor, profundamente ofensivas. Hablar de “cerrar la grieta” un 24 de marzo, en el marco del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, no es un llamado a la unidad: es una señal preocupante de incomprensión histórica. Porque aquí no hubo una grieta. Hubo terrorismo de Estado. Hubo desapariciones forzadas, torturas, apropiación de bebés. Hubo un plan sistemático que dejó una herida abierta en la sociedad argentina, una herida que no se sutura con consignas de ocasión ni con apelaciones vacías al “bien común”.
Cuando una dirigente como María José Gentile elige ese lenguaje en una fecha como esta, lo que revela no es vocación de diálogo, sino una preocupante distancia con el significado profundo de lo que se conmemora. No se trata de “divisiones” a superar, sino de hechos que deben ser recordados con claridad moral: hubo víctimas y hubo responsables. La memoria no es un ejercicio cómodo. No está hecha para tranquilizar conciencias ni para suavizar discursos. Está, precisamente, para incomodar. Para recordarnos hasta dónde puede llegar un Estado cuando abandona el derecho y se convierte en maquinaria de horror.Equiparar eso con una “grieta” es banalizar el pasado. Es poner en el mismo plano lo que nunca puede estarlo. Y, peor aún, es correr el eje de lo verdaderamente importante: el compromiso activo con la verdad y la justicia.
No se trata de no dialogar. Se trata de no confundir. La democracia se fortalece con acuerdos, sí, pero también —y sobre todo— con memoria. Una memoria que no relativiza, que no edulcora, que no busca quedar bien. A 50 años, lo que duele no es solo lo que pasó. Duele también cuando quienes tienen responsabilidades públicas parecen no sentir el peso de esa historia. Porque si la memoria se vuelve un trámite discursivo, entonces el riesgo ya no está solo en el pasado. Está, otra vez, en el presente.
Y hay algo más que no puede pasarse por alto. La señora intendente fue oportunamente invitada al Museo Municipal de Nueve de Julio para presenciar la obra «El hijo del puestero», una propuesta que abordaba precisamente estas temáticas, con la profundidad y la sensibilidad que el tema exige. No solo no hubo presencia de la jefa comunal: tampoco asistió ningún representante del gobierno municipal.
Ese dato, lejos de ser menor, expone una contradicción difícil de disimular. Porque cuando la memoria se declama pero no se acompaña, cuando se cede un espacio solo para cumplir y no para comprometerse, lo que queda es una puesta en escena vacía. Y en estos temas, la ausencia también habla.
Por eso, la memoria no es un acto simbólico de calendario. Es una toma de posición. Es decidir, una y otra vez, de qué lado de la historia queremos estar. Y en esa decisión, no hay lugar para eufemismos ni atajos discursivos.





