Lo que comenzó en 1986 como una forma informal de medir el poder adquisitivo entre naciones se ha convertido hoy en una señal de alarma para la economía argentina. Según el último relevamiento del Índice Big Mac elaborado por la revista The Economist, Argentina se ha consolidado como el segundo país más caro del mundo para comprar la icónica hamburguesa de McDonald’s, solo por detrás de Suiza. Este dato, lejos de ser una curiosidad gastronómica, revela una realidad estructural profunda: el fenómeno de la «inflación en dólares» y el creciente retraso cambiario.
Mientras que en Estados Unidos un Big Mac cuesta un promedio de 5,79 dólares, en Argentina el precio escala hasta los 7,37 dólares al tipo de cambio oficial. Esta cifra sitúa al país sudamericano por encima de potencias económicas y naciones con niveles de vida tradicionalmente elevados como Noruega, Italia o el Reino Unido. La comparación con sus vecinos regionales es todavía más drástica, ya que el costo de la hamburguesa en Argentina supera con creces los valores registrados en Uruguay, Brasil o Chile, marcando una brecha de competitividad que preocupa a los analistas de mercado.
La posición de Argentina en este ranking global sugiere que el peso argentino está significativamente sobrevaluado en términos de paridad de poder adquisitivo. Expertos señalan que el mantenimiento de un tipo de cambio estable frente a una inflación que, aunque en descenso, sigue moviéndose a un ritmo superior, ha encarecido los servicios y productos locales en moneda extranjera. Esta dinámica no solo afecta al consumidor que acude a un restaurante de comida rápida, sino que impacta directamente en el turismo receptivo y en la capacidad exportadora de las empresas nacionales, que ven cómo sus costos de producción en dólares se disparan.
El debate sobre el «atraso cambiario» ha vuelto a instalarse en el centro de la escena política y económica. Mientras el gobierno defiende su estrategia de ancla cambiaria para contener los precios internos, los datos del Índice Big Mac subrayan la distorsión de los precios relativos. Para el ciudadano promedio, el resultado es una paradoja cotidiana: habitar una economía con salarios locales, pero enfrentarse a precios que parecen pertenecer a las capitales más lujosas de Europa.
Más allá de la estadística, el fenómeno refleja los límites de un modelo que aún lucha por ordenar sus variables macroeconómicas. El hecho de que Argentina compita con Suiza en el costo de una hamburguesa, pero se encuentre a una distancia abismal en términos de ingresos per cápita, pone de manifiesto el desafío de recuperar la competitividad sin descuidar la frágil estabilidad lograda. Por ahora, el Big Mac argentino sigue siendo un lujo que explica, mejor que muchos tratados financieros, por qué el país se siente hoy más caro que nunca.





