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El Editorial del Lobo

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Del consenso al trámite: una forma de ejercer el poder

 Lo que el lunes fue una lectura política, el jueves quedó escrito en un carta. Intentos de cambios de autoridades, acuerdos revisados y decisiones tomadas antes de explicarse confirman una forma de ejercer el poder donde los hechos consumados pesan más que la palabra empeñada.

El lunes pasado, esta columna describió una dinámica que no resulta extraña en la historia política local, pero que vuelve a manifestarse con nuevos nombres y viejas prácticas: acuerdos frágiles, compromisos que se sostienen mientras convienen y una lógica de poder más enfocada en garantizar mayorías circunstanciales que en fortalecer la institucionalidad del Concejo Deliberante. No fue una denuncia ni una provocación. Fue una lectura política.
Tres días después, esa lectura quedó confirmada por un documento oficial. El 8 de enero ingresó formalmente al Concejo Deliberante una nota informando el cambio de autoridades internas del bloque peronista y su nueva denominación: “Fuerza Patria”. El texto, breve y protocolar, con al firma de tres de los cinco miembros del mismo, buscaba oficializar lo que ya se había decidido puertas adentro: una reconfiguración del poder consumada antes de ser explicada. En la sesión del viernes esa nota no fue de la partida.

Lo relevante no es el cambio de nombres ni de cargos. En política, esas mutaciones son habituales. Lo que interpela es el método. Los acuerdos que habían permitido la elección de autoridades del cuerpo quedaron rápidamente desdibujados una vez consolidada la presidencia del Concejo. Las promesas de control institucional y representación amplia dieron paso a una reorganización interna orientada a asegurar gobernabilidad, aun a costa de revisar compromisos asumidos apenas días antes.

El episodio vuelve a poner en discusión una práctica conocida: las decisiones centrales se toman fuera del recinto y el debate público aparece después, cuando ya no hay margen para discutir. Las sesiones funcionan como instancias de ratificación y los documentos administrativos terminan explicando lo que nunca se explicó políticamente.

La carta ingresada el jueves no inaugura una crisis: la certifica. Deja constancia escrita de que la llamada “ancha calle del medio” se angostó con rapidez y que el equilibrio prometido era, en realidad, transitorio. Lo que se presentó como consenso terminó siendo una mayoría armada a velocidad táctica.

En ese contexto, la expresión popular citada en la nota del lunes adquiere una dimensión menos metafórica y más descriptiva: al indio le pones chancletas y te quiere correr carreras. No como insulto ni como exceso retórico, sino como síntesis de una forma de ejercer el poder.

Quien llega gracias al acompañamiento de otros siempre tiene dos opciones: honrar el proyecto compartido o redefinir el rumbo una vez asegurado el poder. Cuando eso ocurre, no solo se tensionan las relaciones políticas internas. Se erosiona algo más profundo: la confianza en el funcionamiento del órgano deliberativo. El Concejo Deliberante no es una mesa de negociaciones privada, sino el ámbito donde deberían discutirse públicamente las decisiones que afectan a los vecinos.

Los documentos no opinan. Certifican. Y cuando un expediente ordena lo que ya fue decidido en silencio, la política deja de ser deliberación para convertirse en trámite.

No se trata de una interna más ni de un reacomodamiento inevitable. Se trata de una forma de ejercer el poder que prioriza la conveniencia sobre la palabra y el control sobre la representación. Las mayorías se construyen rápido, pero sin explicaciones; los acuerdos se sellan, pero duran poco; y el Concejo Deliberante queda reducido a un escenario donde se ratifica lo que ya no se discute.

La llamada “ancha calle del medio” terminó siendo un corredor angosto, útil para avanzar sin mirar a los costados. Lo que se prometió como equilibrio se tradujo en concentración, y lo que se presentó como consenso derivó en un intento de reparto de poder sin debate.
Cuando gobernar consiste en firmar primero y explicar después, el problema deja de ser político y pasa a ser institucional. Porque el costo no lo pagan los dirigentes desplazados ni los bloques reordenados: lo paga la credibilidad del cuerpo deliberativo.

Las chancletas no eran una exageración ni una metáfora pintoresca. Eran la advertencia.
Y cuando el oportunismo corre, la democracia no avanza: se vacía.

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