Por Redacción Extra Digital
Lo que comenzó como un cambio de rótulo en la fachada de uno de los monumentos culturales más icónicos de Estados Unidos se ha transformado en una batalla ideológica abierta. El renombrado «Trump-Kennedy Center» enfrenta hoy una fuga masiva de talento, cancelaciones de última hora y una crisis de identidad sin precedentes en sus 50 años de historia.
Desde las escalinatas de mármol del Centro Kennedy, la vista hacia el río Potomac suele transmitir una sensación de permanencia y consenso nacional. Sin embargo, esa calma se rompió el pasado 18 de diciembre, cuando la junta directiva —ahora dominada por aliados del presidente Donald Trump— votó unánimemente para añadir el nombre del actual mandatario al edificio. Lo que para la Casa Blanca es un reconocimiento a las «gestiones de rescate» del inmueble, para gran parte de la comunidad artística es una «profanación» de un espacio que, por ley del Congreso en 1964, fue designado como el memorial vivo del asesinado presidente John F. Kennedy.
La respuesta no se hizo esperar. En las últimas 72 horas, la programación del centro ha sufrido golpes devastadores: El veterano septeto de jazz The Cookers suspendió sus funciones de Año Nuevo, declarando que el jazz es una expresión de «libertad de pensamiento» incompatible con la nueva gestión. A ellos se sumaron la compañía Doug Varone and Dancers y la cantante folk Kristy Lee, quien aseguró que «perder su integridad le costaría más que cualquier salario».
También hubo renuncias en la cúpula: Figuras de la talla de la soprano Renée Fleming, el músico Ben Folds, la productora Shonda Rhimes y la actriz Issa Rae han abandonado sus puestos como asesores o directivos en señal de protesta. Informes internos sugieren una caída de hasta el 50% en la venta de entradas. Lo que antes era un centro de encuentro bipartidista, hoy muestra filas de butacas vacías en espectáculos que solían agotarse con meses de antelación.
Los motivos: ¿Guerra cultural o gestión eficiente?
El epicentro del conflicto radica en el giro editorial del centro. Bajo la dirección de Richard Grenell, aliado cercano de Trump, se han eliminado espectáculos de temática LGBT+ y funciones de drag queens, sustituyéndolos por conferencias de la derecha religiosa y eventos de música cristiana. «Los artistas que cancelan son activistas de extrema izquierda», afirmó Grenell en la red social X. «El arte es para todos, y a la izquierda le enfurece que hayamos recuperado este espacio del ‘wokismo’ para devolverlo a los ciudadanos comunes».
Por su parte, la familia Kennedy ha calificado la medida de ilegal. Joe Kennedy III fue tajante: «No se puede renombrar un monumento conmemorativo del mismo modo que no se puede cambiar el nombre del Lincoln Memorial».
Analistas culturales advierten que el Kennedy Center se enfrenta a un «espiral de silencio». Si las instituciones culturales más importantes del país pierden su neutralidad política, corren el riesgo de convertirse en meros órganos de propaganda, perdiendo el apoyo de los grandes donantes filantrópicos que históricamente han sostenido la operación.
Mientras el nombre de Trump brilla ahora en la fachada, el vacío dejado por los artistas que se niegan a subir al escenario plantea una pregunta incómoda para Washington: ¿puede una institución artística sobrevivir cuando se convierte en el frente de batalla de una guerra política?





