En la era algorítmica

Por Javier Pappalardo

Hay algo extraño en este tiempo: nunca tuvimos tanta información al alcance de la mano y, sin embargo, nunca fue tan necesario aprender a mirar al otro. Podemos consultar una máquina a cualquier hora, pedirle que explique una teoría, traduzca un idioma, resuma un libro o resuelva una ecuación. Los algoritmos ordenan información, reconocen patrones y empiezan a intervenir en decisiones que hasta hace poco eran exclusivamente humanas.
Pero quizá la pregunta más importante no sea qué podrá hacer una máquina, sino qué tendremos que hacer nosotros mejor. Porque una máquina puede procesar información y encontrar una respuesta en segundos, pero no puede reemplazar aquello que ocurre cuando una persona mira a otra y comprende que detrás de una respuesta hay una historia, detrás de un silencio hay una preocupación o detrás de una conducta difícil puede haber alguien que está pidiendo ayuda. Y ahí la educación vuelve a ocupar un lugar central. Un alumno no llega a la escuela solamente con una mochila, un cuaderno y determinados conocimientos. Llega con una historia, con sus alegrías, sus problemas, sus miedos, sus expectativas y sus sueños. Algunas cosas las cuenta y otras no.

Hace un tiempo, algunos alumnos me contaron algo que parece una anécdota pequeña, pero que dice mucho. Me dijeron que habían pasado del mate al café. Cuando trabajaban en la nave de una fábrica tomaban mate. Después comenzaron a estudiar y, con el tiempo, algunos pasaron a trabajar en una oficina. Los gerentes se enteraron de que estaban estudiando y entonces apareció el café. No era simplemente un cambio de bebida. Habían cambiado de lugar. Entre el mate de la nave y el café de la oficina había una decisión: estudiar. Había esfuerzo, expectativas y alguien que había empezado a imaginarse en otro lugar. La educación no solamente había agregado conocimientos. Había modificado la mirada que esos trabajadores tenían sobre sí mismos y también la mirada que los demás tenían sobre ellos. Ahí está una de las cuestiones más profundas de la enseñanza. No se trata solamente de incorporar información, aprobar una materia o conseguir un título. Se trata también de ampliar el horizonte de una persona, de hacerle descubrir que puede ocupar un lugar que antes no imaginaba para sí misma.
Por eso la enseñanza efectiva debe ser afectiva. No porque el conocimiento haya perdido importancia, sino porque para aprender hace falta algo más que información. Hace falta confianza, vínculo y, muchas veces, que alguien nos haga sentir que podemos. Hay alumnos que necesitan una explicación más. Otros necesitan paciencia. Algunos necesitan que alguien confíe en ellos. Y hay quienes necesitan, simplemente, que alguien los mire y les haga saber que importan. Eso no se descarga ni se programa. La escuela del futuro tendrá tecnología. Seguramente tendrá inteligencia artificial y será bueno que la tenga. La cuestión no es rechazarla, sino decidir para qué la utilizamos. Una herramienta puede ayudarnos a enseñar mejor, pero no debería reemplazar el vínculo que hace posible enseñar.
Porque podemos estar conectados con miles de personas y no saber qué le pasa al que tenemos sentado al lado. Podemos tener millones de respuestas al alcance de la mano y seguir sin encontrar una respuesta para alguien que necesita que lo escuchen. Por eso quizá el desafío de nuestro tiempo no sea principalmente intelectual. Sea sentimental.
No se trata solamente de saber más, sino de comprender al otro, reconocerlo y acompañarlo. La inteligencia artificial podrá ayudarnos a aprender una fórmula, una lengua, una profesión o una teoría. Pero no debería hacernos olvidar que antes de aprender, una persona necesita sentirse capaz de hacerlo. Y muchas veces empieza a sentirse capaz cuando alguien confía en ella. Por eso aquella frase sobre el mate y el café me quedó dando vueltas. Porque entre una bebida y otra había mucho más que un cambio de lugar de trabajo. Había una persona que había decidido estudiar y una nueva mirada sobre lo que podía llegar a ser.
En la era algorítmica, las máquinas serán cada vez más inteligentes. Nosotros tendremos que ocuparnos de seguir siendo humanos. El futuro no necesitará solamente personas que sepan mucho. Necesitará personas que sepan qué hacer con aquello que saben. Y para eso habrá que enseñar algo que ninguna máquina puede enseñar por nosotros: mirar al otro, reconocerlo y hacerle sentir que importa. La enseñanza efectiva, en definitiva, tendrá que ser afectiva.

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