Un aplauso que se firmó en una conferencia de prensa y un embajador que tomó un avión de vuelta. Parecen cuestiones independientes, pero no, son hechos que cuentan cosas distintas sobre el mismo país. El jueves el Gobierno tiene previsto anunciar la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, el movimiento institucional de mayor alcance de la gestión en materia monetaria. Llega en un momento singular, porque todo lo que ocurrió antes empujó en dirección contraria a la calma que una reforma de esa envergadura necesita para asentarse.
El martes la titular del Fondo Monetario Internacional viajó al yacimiento Loma Campana, en Neuquén, y cerró una visita que dejó respaldo explícito al rumbo económico. Ese respaldo vino con letra chica. La meta de acumulación de reservas para diciembre sigue abierta, y el propio ministro de Economía admitió que el margen para recortar gasto es cada vez más limitado, con un nivel equivalente a quince puntos del producto. El superávit, de ahora en más, depende de recaudar. El lunes había sido la llegada, la primera visita de una máxima autoridad del organismo en ocho años. Hubo reunión de gabinete ampliado y la afirmación de que el país se encuentra en una posición más sólida.
El mismo día en que ese respaldo ocupaba las portadas, una medición universitaria dejó el dato que más debería inquietar al oficialismo. El Índice de Confianza en el Gobierno cayó 6,5% y quedó en 1,94 puntos, con un retroceso interanual del 21%. La eficiencia se desplomó 15,4%. Entre los menores de 30 años la baja llegó al 23% y el Gran Buenos Aires concentró la mayor contracción, con 10,9%. El domingo hubo dos movimientos en direcciones opuestas. El Presidente publicó en un matutino porteño los cinco ejes de la reforma monetaria. Mientras tanto, la cancillería brasileña convocaba al embajador argentino en Brasilia para transmitirle el repudio de su gobierno y exigirle explicaciones formales, y llamaba a consultas a su propio embajador en Buenos Aires, la señal diplomática más severa desde 2023.
El sábado, el origen de todo eso. El Presidente viajó a San Pablo a respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro y descalificó desde un escenario partidario al presidente de Brasil y a un ministro de su Corte Suprema. Fue su tercera visita a ese país sin un solo contacto con el gobierno anfitrión. Brasil sigue siendo el principal socio comercial de la Argentina, y hasta el fin de semana la maquinaria bilateral había funcionado a pesar de la mala química entre los mandatarios. Esa distinción se rompió.
El miércoles anterior, la calle. La central obrera abrió su plan de lucha junto a las dos CTA, la UTEP y las organizaciones de jubilados, con una nueva movilización el 7 de agosto y un paro general todavía sin fecha. La aritmética que lo sostiene cabe en un renglón. El salario mínimo quedó en 372.400 pesos frente a una canasta básica total de 1.531.473.
Y antes de todo eso, el 16 de julio. Ese día una consultora cerró el trabajo de campo del sondeo, con mil casos en treinta y nueve localidades. Todo lo que ocurrió después quedó afuera de la medición. El desgaste que muestra el índice se produjo sin San Pablo, sin el llamado a consultas y sin el aplauso del organismo.
Para esta región la cuenta no es diplomática. Los granos, la carne y la industria alimentaria de Nueve de Julio tienen del otro lado de la frontera a un comprador de primera línea, y una relación comercial construida durante cuatro décadas no se administra desde un escenario de campaña ajena.
Queda entonces el saldo del comienzo. Un aplauso que se firmó en una conferencia de prensa y un embajador que tomó un avión de vuelta. El primero se agotará cuando termine la gira. El segundo tarda mucho más en regresar.





