Derrotas locales, encuestas en retroceso y fisuras internas: el liderazgo de Donald Trump enfrenta su primer test serio rubo a las legislativas de noviembre. Y la pregunta inevitable es cuánto impacta esa fragilidad en los gobiernos que orbitan su influencia.
Lo que ocurrió en el Distrito 9 del condado texano de Fort Worth podría leerse como un episodio menor dentro del vasto mapa electoral estadounidense. Sin embargo, el resultado excede su geografía. Allí, una candidata republicana perdió por 14 puntos frente a un demócrata sin proyección nacional: un ex militar de bajo rango convertido en dirigente sindical, con un discurso centrado en la defensa de la salud pública, la educación laica y la creación de empleo.
La clave no está en el nombre propio, sino en el contexto. El distrito había sido bastión republicano durante 36 años. Hace apenas 15 meses, en las presidenciales de 2024, Donald Trump había ganado allí por 17 puntos. La reversión no es un simple giro estadístico: sugiere una erosión significativa en un territorio considerado seguro.
Y Fort Worth no es un caso aislado. A las derrotas en Texas se suman reveses en Virginia, Pensilvania y Nueva Jersey, además de elecciones especiales en Iowa y Kentucky y disputas municipales en plazas simbólicas como Miami y Nueva York. La acumulación empieza a configurar una tendencia.
El factor Minnesota
Uno de los episodios más sensibles fue Minnesota, donde operativos migratorios y protestas sociales escalaron hasta episodios de violencia con víctimas civiles. El impacto político fue inmediato: presión pública, cuestionamientos internos y finalmente la retirada de operativos federales. Aunque la Casa Blanca evitó admitirlo, el repliegue fue leído como una concesión forzada por el clima adverso.
En paralelo, se filtraron audios del senador Ted Cruz advirtiendo al presidente sobre el costo electoral de su política arancelaria y su estilo confrontativo. El mensaje era directo: sin moderación, el Partido Republicano podría perder la Cámara de Representantes y el Senado en noviembre.
Incluso en enclaves tradicionalmente alineados con el trumpismo —como el sur de Florida, territorio político del canciller Marco Rubio— comenzaron a circular advertencias sobre el desgaste del liderazgo presidencial. La Asociación Nacional de Gobernadores canceló una reunión prevista con la Casa Blanca tras conocerse que el encuentro excluiría a mandatarios demócratas. El gesto institucional no pasó desapercibido.
El termómetro de las encuestas
Las consultoras más influyentes —Gallup, Pew Research Center, Reuters junto a Ipsos, y Associated Press-NORC— coinciden en un dato: la aprobación presidencial cayó del rango inicial de 47-50% a menos del 40% al iniciar 2026. El fenómeno tiene una característica particular. Trump parece haber consolidado un “suelo de roca” y un “techo de cristal”: conserva un núcleo duro inalterable, pero enfrenta grandes dificultades para ampliar su base. La opinión pública ya no se mueve con elasticidad. Quien lo apoya, lo hace sin fisuras; quien lo rechaza, difícilmente cambie de posición. Ese estancamiento se vuelve problemático en un sistema donde las elecciones legislativas dependen del votante independiente y del margen en distritos competitivos.
Cultura, movilización y clima social
En el terreno simbólico, el rechazo a ciertas políticas migratorias encontró amplificación cultural. La intervención pública del artista puertorriqueño Bad Bunny, en el show de medio tiempo del Super Bowl, con un mensaje explícito contra el silencio frente a los abusos de poder, resonó con fuerza en redes y medios. No define elecciones, pero sí modela clima social.
Las preguntas que comienzan a circular en el debate académico y mediático no son menores: ¿aceptaría Trump una eventual derrota legislativa? ¿Cómo reaccionaría ante un proceso de juicio político impulsado por una oposición fortalecida? ¿Qué margen tiene para tensar nuevamente la institucionalidad, como ocurrió tras el 6 de enero de 2021?
Impacto regional
El interrogante trasciende Washington. El liderazgo de Trump funciona como referencia ideológica y estratégica para diversos gobiernos y fuerzas políticas en América Latina. Un debilitamiento estructural en Estados Unidos podría alterar alianzas, respaldos y equilibrios discursivos en la región. No se trata solo de sondeos ni de una elección distrital. La acumulación de señales —derrotas locales, fisuras partidarias, desgaste en encuestas y contestación social— dibuja un escenario incierto rumbo al 3 de noviembre. El “emperador” mantiene su núcleo fiel. Pero el castillo muestra grietas. Y en política, las grietas rara vez se cierran solas.




